17 de septiembre, 2026
Actualidad

Las propuestas que combinan viajes y voluntariado ganan espacio entre quienes buscan conocer nuevos destinos mientras colaboran a cambio de alojamiento, comida u otros beneficios. Pero también abren un debate sobre los límites entre solidaridad, turismo y trabajo.

Las propuestas de voluntariado suelen presentarse de una manera atractiva: conocer un destino, convivir con sus habitantes, aprender nuevas habilidades y, a cambio de algunas horas de trabajo, obtener alojamiento, comida o incluso una experiencia que difícilmente podría conseguirse como turista convencional.

El volunturismo nació de la combinación entre turismo y voluntariado, pero con el crecimiento de las plataformas digitales también se convirtió en un mercado. Hostels, emprendimientos, granjas, proyectos sociales y organizaciones pueden publicar convocatorias para recibir viajeros que trabajan durante parte de su estadía a cambio de determinados beneficios.

El problema aparece cuando aquello que se presenta como solidaridad termina funcionando como mano de obra gratuita o de muy bajo costo. Publicaciones y anuncios periodísticos como “Buscan voluntarios para vivir en la Patagonia con alojamiento y comida gratis”, son un claro ejmplo.

Una de las principales críticas al volunturismo está relacionada con sus consecuencias sobre las comunidades que reciben a los viajeros. Si un hostel necesita una persona para limpiar, atender huéspedes, cocinar o realizar tareas de mantenimiento, puede contratar a un trabajador local y pagarle por esas horas. Pero también puede recurrir a un viajero dispuesto a realizar esas mismas tareas a cambio de alojamiento y comida.

El negocio obtiene un servicio que tendría un costo laboral, mientras que el viajero consigue reducir sus gastos de viaje. El intercambio puede parecer voluntario entre las partes, pero deja afuera una pregunta: ¿qué ocurre con quienes necesitan ese trabajo como fuente de ingresos?

No se trata solamente de cuánto recibe el viajero a cambio de su trabajo. También importa qué puesto está ocupando y qué costo tiene para la comunidad que ese puesto sea cubierto mediante un intercambio en lugar de una relación laboral.

Cuando la pobreza forma parte del atractivo

El volunturismo suele desarrollarse en comunidades atravesadas por situaciones de pobreza o vulnerabilidad. En esos casos, la desigualdad puede convertirse en parte de la experiencia que consume el visitante. El viajero llega, observa una realidad social diferente, participa durante unos días o semanas y luego regresa a su lugar de origen.

La publicación Variación XXI advierte precisamente sobre esta transformación del voluntariado en un negocio turístico y sobre el riesgo de convertir las necesidades de determinadas comunidades en una experiencia para quienes tienen los recursos necesarios para viajar.

El fenómeno también fue cuestionado por La Vanguardia, que utilizó el concepto de “postureo” para referirse a determinadas formas de voluntariado en las que la experiencia personal del viajero puede terminar ocupando un lugar central por encima de las necesidades reales de quienes reciben la supuesta ayuda.

Así, la pobreza deja de ser únicamente una condición que requiere respuestas sociales y pasa a formar parte del paisaje que el turista busca conocer.

Welcome to the Jungle plantea una cuestión similar al analizar esta modalidad: no toda actividad denominada voluntariado produce necesariamente un impacto positivo. La buena intención del viajero no alcanza para garantizar que su presencia sea beneficiosa para la comunidad.

Cuando una persona puede viajar a un destino porque existe pobreza suficiente como para ofrecerle una experiencia “solidaria”, algo se modifica en la relación entre turismo y desigualdad. El paisaje, la cultura y las personas dejan de ser solamente aquello que el visitante conoce. También pueden convertirse en parte de un producto turístico.

 

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