26 de febrero, 2026
Actualidad

La escena es conocida y casi automática. Entramos a un bar, a un aeropuerto, a un shopping o a un hotel. Pedimos un café, buscamos una mesa, sacamos el celular y antes de pensar demasiado ya estamos conectados a una red Wi Fi gratuita. A veces ni siquiera recordamos haber aceptado nada: el teléfono se conecta solo porque ya estuvimos ahí antes. Todo parece normal, cómodo y hasta necesario. Después de todo, ¿quién quiere gastar datos móviles si hay internet gratis?

Lo que casi nadie se pregunta en ese momento es qué pasa realmente cuando usamos ese Wi Fi abierto. No desde un punto de vista técnico, sino desde algo mucho más concreto y cotidiano: qué puede pasar con nuestro dinero, con nuestras cuentas y con nuestra información personal. En 2026, conectarse a Wi Fi gratis sigue siendo una práctica común, pero los riesgos asociados son más reales y más silenciosos que nunca. No hablamos de películas de hackers ni de ataques espectaculares. Hablamos de situaciones simples, pequeñas y muy humanas, que terminan en problemas grandes.

 

Durante mucho tiempo, la idea de “peligro en internet” estuvo asociada a virus raros o a correos extraños. Hoy el escenario cambió. Muchas estafas y robos digitales empiezan en algo tan cotidiano como una red Wi Fi abierta. Y lo peor es que, en la mayoría de los casos, la persona afectada no se da cuenta en el momento. El Wi Fi gratis tiene algo irresistible. Es práctico, inmediato y parece inofensivo. Nadie nos pide una contraseña, nadie nos pregunta quiénes somos. Simplemente entramos y navegamos. Esa falta de barreras es justamente parte del problema.

 

Cuando usamos una red abierta, compartimos el espacio digital con desconocidos. Personas sentadas a pocos metros, en otra mesa o incluso en otro piso del edificio. No sabemos quiénes son, qué hacen ni qué intenciones tienen. En la vida real, no le prestaríamos nuestra billetera a alguien desconocido solo porque está cerca. En el mundo digital, muchas veces hacemos algo muy parecido sin darnos cuenta.

 

El riesgo no es solo que alguien “vea” lo que hacemos. El riesgo real es que esa información pueda ser usada más tarde. Contraseñas, accesos, datos bancarios, correos electrónicos. No todo se roba en el momento. Muchas veces se guarda para usar después. Uno de los errores más comunes es pensar que el problema aparece solo si entramos al banco o hacemos una transferencia. La realidad es más compleja. Muchas aplicaciones que usamos a diario están vinculadas a nuestro dinero de forma indirecta. Redes sociales, correos electrónicos, plataformas de compras, servicios de transporte. Todo está conectado.

 

Si alguien logra acceder a nuestro correo, por ejemplo, puede resetear contraseñas de otras cuentas. Si entra a una red social, puede hacerse pasar por nosotros. Si accede a una app de compras, puede usar medios de pago guardados. El daño no siempre es inmediato ni evidente. En 2026, muchos robos de dinero no ocurren en el momento de la conexión, sino días o semanas después. La persona se conecta a un Wi Fi abierto, sigue con su vida normal y más adelante aparece un movimiento extraño, una compra que no reconoce o una cuenta bloqueada.

 

Otro punto importante es que no todas las redes Wi Fi gratis son lo que parecen. A veces vemos varias redes con nombres similares: “WiFi Café”, “WiFi Gratis”, “Aeropuerto Free”. Elegimos una sin pensar demasiado. El problema es que cualquiera puede crear una red con un nombre atractivo. No hay una señal clara que nos diga cuál es legítima y cuál no. Conectarse a una red falsa es como entrar a un local que imita a otro, pero sin cartel oficial. Todo parece igual, pero alguien más está mirando. Incluso cuando la red es real, eso no garantiza seguridad. Muchas redes públicas no tienen protecciones adecuadas. No porque haya mala intención del lugar, sino porque ofrecer seguridad cuesta dinero y mantenimiento. El resultado es una red abierta donde la información circula sin demasiados controles.

En este contexto, el riesgo para el dinero es concreto. No porque alguien vaya a vaciar una cuenta delante nuestro, sino porque puede obtener las llaves digitales que abren muchas puertas. Otro aspecto poco conocido es el de las páginas falsas que aparecen solo cuando estamos conectados a Wi Fi público. A veces, al intentar entrar a un sitio conocido, somos redirigidos a una página que se ve igual, pero no lo es. Ingresamos usuario y contraseña sin notar nada raro. El acceso falla o la página se “cuelga”. Pensamos que fue un error de conexión y seguimos adelante. Pero los datos ya quedaron expuestos.

También están las actualizaciones falsas. Mensajes que dicen que una aplicación necesita actualizarse para funcionar correctamente en esa red. Aceptamos sin pensar, porque parece lógico. En realidad, estamos autorizando algo que no entendemos del todo.

 

El problema de fondo es que el Wi Fi gratis genera una falsa sensación de seguridad. Como no vemos nada extraño, asumimos que todo está bien. Pero muchos riesgos digitales no se sienten ni se ven en el momento.

Con el paso del tiempo, las personas se volvieron más cuidadosas con los enlaces y los mensajes sospechosos. Sin embargo, la conexión sigue siendo un punto débil. Nos cuidamos de lo que hacemos, pero no siempre de dónde lo hacemos. Usar una red pública para revisar redes sociales parece inofensivo. El problema es que muchas de esas aplicaciones están conectadas a correos, tarjetas, billeteras digitales y otros servicios sensibles. Todo está más integrado de lo que creemos.

 

En el caso de las compras online, el riesgo es aún mayor. Ingresar datos de pago en una red abierta es una práctica común, sobre todo cuando estamos de viaje. Necesitamos reservar algo rápido, comprar un pasaje o pedir un servicio. El apuro juega en contra. Viajar implica estar conectado todo el tiempo. Mapas, reservas, pagos, check ins. El Wi Fi del aeropuerto o del hotel se vuelve una herramienta esencial. Justamente por eso es uno de los lugares favoritos para quienes buscan aprovecharse.

 

Otra creencia común es que “si uso el celular no pasa nada”. La realidad es que los riesgos existen tanto en computadoras como en teléfonos. De hecho, muchas personas se confían más con el celular y bajan la guardia.

El daño económico no siempre es directo. A veces empieza con pequeños cargos que pasan desapercibidos. O con accesos que se usan para pedir préstamos, hacer compras a nombre de la víctima o estafar a otros.

Además del dinero, está el tiempo y el desgaste emocional. Recuperar una cuenta, hacer reclamos, demostrar que no fuimos nosotros. Todo eso tiene un costo que no siempre se mide en plata.

 

La buena noticia es que no se trata de dejar de usar Wi Fi gratis para siempre. Se trata de entender los riesgos y actuar con un poco más de criterio. No desde el miedo, sino desde la información. Una regla simple es evitar operaciones sensibles en redes abiertas. Si implica dinero, contraseñas o datos personales, conviene esperar o usar una conexión más segura. A veces son solo unos minutos de diferencia. También es importante prestar atención a comportamientos extraños. Páginas que tardan más de lo normal, mensajes inesperados, pedidos de volver a iniciar sesión. No siempre significa que algo anda mal, pero vale la pena desconfiar.

 

En casa, solemos cerrar la puerta con llave. En la calle, cuidamos la billetera. En el mundo digital, la conexión es esa puerta. Y el Wi Fi gratis, muchas veces, queda abierta. Hablar de estos temas ayuda a normalizar la precaución. No es exageración ni paranoia. Es adaptación. Así como aprendimos a no dejar bolsos solos o a desconfiar de ciertos llamados, también podemos aprender a usar internet con más atención. Las estafas y robos digitales no siempre tienen un culpable visible. Por eso generan tanta frustración. Pero entender cómo ocurren es el primer paso para reducir el riesgo.

 

En definitiva, conectarse a Wi Fi gratis no es gratis en todos los sentidos. A veces el precio no se paga en el momento, sino después. Con un poco más de conciencia, muchas de estas situaciones se pueden evitar. La próxima vez que tu teléfono encuentre una red abierta y te invite a conectarte, vale la pena hacer una pausa. Preguntarse qué vamos a hacer, qué información vamos a usar y si realmente es necesario hacerlo ahí. En un mundo cada vez más digital, cuidar el dinero también implica cuidar la conexión. No se trata de desconfiar de todo, sino de elegir mejor cuándo y dónde conectarse. Porque al final del día, el Wi Fi gratis puede ser cómodo, pero nuestra tranquilidad y nuestro dinero valen mucho más.

 

(Por el Lic. Maximiliano Ripani, Cybersecurity Solution Architect & Pre-Sales Specialist en ZMA IT Solutions)

 

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