Se cumplieron más de cuatro décadas de aquel episodio ocurrido en febrero de 1984 en la iglesia Cristo Rey de La Banda, un hecho que marcó la religiosidad local. El sacerdote que llevó a cabo el exorcismo fue un carismático haitiano que llegó a la provincia en el año 1960. Una historia para no olvidar y preguntarse: ¿por qué en la actualidad no sucede?
En febrero de 1984 el calor en La Banda no era solamente meteorológico. Había una densidad especial en el aire, una vibración que recorría las veredas polvorientas, los patios con aljibes, las radios prendidas desde temprano. Argentina transitaba su primer verano completo en democracia tras la dictadura. Las instituciones buscaban estabilidad, la sociedad intentaba recomponerse y en el interior profundo la fe seguía siendo una estructura silenciosa de contención. En ese escenario, la parroquia Iglesia Cristo Rey se convirtió durante varios días en el epicentro de un acontecimiento que, más de cuatro décadas después, continúa latiendo en la memoria colectiva: el exorcismo realizado por el sacerdote Pedro Fils Pierre.
No fue un hecho planificado para el escándalo ni para la exposición pública. Tampoco fue concebido como un espectáculo religioso. Sin embargo, la noticia se filtró con velocidad de rumor provincial y se convirtió en conversación obligada en almacenes, peluquerías, escuelas y redacciones. Una joven de 21 años, oriunda de Clodomira, habría manifestado comportamientos que su familia interpretó como signos de posesión. Convulsiones, cambios abruptos de voz, rechazo a símbolos religiosos, gritos durante la oración. En una provincia donde la religiosidad popular forma parte del entramado cultural, la interpretación espiritual no resultó extraña.
Para comprender la dimensión del episodio es necesario entender el contexto santiagueño. Santiago del Estero es una de las provincias con mayor tradición de religiosidad popular del país. Peregrinaciones, promesas, santos patronos, devociones intensas, prácticas de curanderismo rural y una convivencia histórica entre el catolicismo institucional y creencias ancestrales. En ese territorio simbólico, el mal no es una abstracción filosófica sino una presencia posible. La noción de “daño”, “maleficio” o “trabajo” convive con la misa dominical.
Pedro Fils Pierre no era un sacerdote convencional en el imaginario local. Haitiano de nacimiento, ingeniero civil antes de abrazar la vocación religiosa, había sido ordenado en 1974 y asumió en Cristo Rey en 1979. Su figura imponía. Tenía una prédica vehemente, una presencia física contundente y una espiritualidad intensa. Quienes lo conocieron lo describen como carismático, firme y profundamente convencido de la dimensión espiritual del ministerio. Su historia personal, atravesada por migraciones y decisiones radicales, también alimentaba una imagen singular dentro del clero local.
La Iglesia Católica reconoce el exorcismo como un sacramental regulado estrictamente. No es un rito cotidiano ni una práctica abierta. Requiere discernimiento previo y autorización episcopal. El ritual incluye lecturas bíblicas, invocaciones específicas, agua bendita, imposición del crucifijo y oraciones de liberación. La normativa eclesiástica establece que antes deben descartarse causas médicas o psiquiátricas. En la década del ochenta esos protocolos existían, aunque la articulación con la salud mental no tenía la sistematicidad actual.
Los testimonios publicados años después por medios provinciales coinciden en describir escenas de tensión. La joven habría reaccionado con violencia ante la cercanía del crucifijo, habría cambiado el tono de voz durante las oraciones y habría requerido ser sostenida por varias personas. Los relatos varían en matices, pero repiten una estructura narrativa similar: resistencia, enfrentamiento espiritual, agotamiento y finalmente calma.

Ese desenlace es central en la construcción de la memoria. Después de horas –según algunos, jornadas– de oración intensa, la joven habría recuperado un tono normal y pudo rezar el Padre Nuestro sin dificultad. Para los creyentes presentes, ese momento significó la liberación. Para miradas más escépticas, pudo tratarse del cierre natural de una crisis psicológica extrema en un contexto de alta sugestión colectiva.
Lo que sí está fuera de discusión es el impacto social. Durante semanas, la ciudad habló del tema. La parroquia recibió visitas de curiosos y fieles. La figura del padre Pierre quedó asociada de manera indeleble al episodio. Sin embargo, no se convirtió en santuario ni en polo de peregrinación permanente. La vida parroquial continuó. El sacerdote siguió su labor hasta su fallecimiento en 1995. La historia, en cambio, comenzó a sedimentarse como relato identitario.
La tensión entre fe y ciencia atraviesa inevitablemente el análisis. Desde la psiquiatría contemporánea, síntomas como convulsiones, cambios de voz o conductas agresivas pueden vincularse con trastornos disociativos, episodios psicóticos o crisis conversivas. En contextos culturales profundamente religiosos, la expresión sintomática suele adoptar el lenguaje simbólico disponible. En Santiago del Estero de los años ochenta, ese lenguaje estaba atravesado por categorías espirituales. No se trata de negar la experiencia vivida por quienes estuvieron allí, sino de comprenderla en su entramado sociocultural.
El caso de La Banda no fue el único episodio vinculado a exorcismos en la provincia, aunque sí el más emblemático dentro de la Iglesia Católica. En 2014, por ejemplo, un video grabado en Añatuya y difundido por medios nacionales como Infobae mostró a un pastor evangélico realizando una práctica de liberación a una joven. La escena generó conmoción y reavivó debates sobre la delgada línea entre fe, sugestión y salud mental. La Iglesia Católica local se mostró prudente y recordó que los exorcismos formales son excepcionales y requieren autorización específica.
En la actualidad, la diócesis santiagueña aplica protocolos más rigurosos que hace cuarenta años. Las consultas por supuestas influencias espirituales suelen derivarse primero a evaluación médica y psicológica. Solo en casos muy puntuales, y con autorización episcopal, se contempla el rito formal. No existe exposición mediática de estos procesos. La discreción es norma. La Iglesia busca evitar espectacularizaciones y subraya la necesidad de discernimiento.
Sin embargo, en el imaginario popular la palabra exorcismo conserva potencia narrativa. En barrios y parajes rurales persisten relatos de “casos raros”, de jóvenes que hablan distinto, de familias que acuden primero al sacerdote y luego al médico, o viceversa. El fenómeno no puede leerse únicamente como superstición ni exclusivamente como patología. Es parte de una cultura donde la dimensión espiritual estructura la experiencia cotidiana.
Cuando se consulta hoy a vecinos mayores de La Banda sobre lo ocurrido en 1984, la reacción suele ser una mezcla de reserva y convicción. Algunos afirman haber estado presentes. Otros dicen haber escuchado los gritos desde la vereda. Otros reconocen que no saben exactamente qué ocurrió, pero aseguran que algo extraordinario pasó. El relato se transmite con detalles reiterados: la fuerza inusual, la voz grave, el rechazo al agua bendita, el silencio final.
La memoria colectiva no es archivo clínico ni acta notarial. Es construcción simbólica. Y en esa construcción, el exorcismo del padre Pierre ocupa un lugar singular. No como anécdota pintoresca, sino como episodio que condensó miedos, creencias y tensiones de una sociedad en transición.
A más de cuarenta años, el debate continúa abierto. La Iglesia sostiene la existencia del mal como realidad espiritual. La ciencia explora explicaciones psicológicas y neurológicas. La comunidad recuerda. Entre esas tres dimensiones –doctrina, análisis y memoria– se mueve la historia de los exorcismos en Santiago del Estero, una provincia donde la fe no es accesorio cultural sino columna vertebral de identidad.
AÑATUYA, OTRO CASO
El 26 de mayo de 2014 un video comenzó a circular con fuerza en redes sociales y medios locales de Santiago del Estero, mostrando a una joven sometida a lo que se describió como un exorcismo en la ciudad de Añatuya. A diferencia del caso histórico de La Banda, el rito no fue realizado por un sacerdote de la Iglesia Católica sino por un pastor evangélico que afirmaba actuar en nombre de la fe y la liberación espiritual. La grabación, difundida por medios, mostraba una serie de oraciones, movimientos de la joven y reacciones físicas que fueron interpretadas por testigos como resistencias de carácter sobrenatural. La noticia generó conmoción en la provincia y reavivó el debate sobre la práctica de exorcismos en la actualidad.
Los testimonios recogidos en aquel entonces por periodistas locales describen escenas similares a las que ocurrieron en La Banda treinta años antes: la joven gritaba, alteraba su voz, manifestaba conductas inusuales frente a símbolos religiosos y requería la intervención de varias personas para mantenerla en el ritual. Los vecinos que presenciaron la situación desde la distancia relataron una mezcla de temor, curiosidad y respeto, destacando que el episodio no solo involucraba la dimensión espiritual sino también la atención de la comunidad frente a un hecho extraordinario. La repercusión mediática fue inmediata: radios, portales y diarios recogieron declaraciones de testigos, familiares y autoridades locales.

La cobertura periodística mostró la polarización de opiniones. Algunos consideraban que el acto era una expresión legítima de fe y liberación espiritual; otros lo calificaban de peligroso, señalando riesgos físicos y psicológicos para la persona implicada. El debate mediático reflejaba la tensión entre la tradición religiosa profundamente arraigada en Santiago del Estero y las perspectivas contemporáneas sobre salud y bienestar. Por otra parte, la Iglesia Católica local, consultada por varios medios, reiteró que los exorcismos oficiales requieren autorización episcopal y la evaluación previa de profesionales de la salud, lo que en este caso no se cumplía, marcando diferencias entre prácticas institucionales y populares.
Este episodio de 2014 evidenció que, aunque los rituales de liberación ya no son frecuentes ni ampliamente difundidos, la creencia en la intervención espiritual frente a situaciones percibidas como posesión sigue vigente en la provincia. En localidades rurales y semiurbanas, el exorcismo continúa siendo parte de la vida comunitaria de manera discreta, mientras los medios registran los casos excepcionales que trascienden al público general. La historia del padre Pedro Fils Pierre sirve de referencia constante para los periodistas que cubren estos sucesos, estableciendo un punto de comparación entre la formalidad eclesiástica de los años ochenta y las prácticas actuales, muchas veces realizadas al margen de la estructura institucional.
Además, la prensa local recuerda que otros hechos de características similares han sido reportados en diferentes barrios de La Banda y de ciudades cercanas, aunque con menor notoriedad. La transmisión de estos relatos genera un registro histórico informal que documenta cómo la comunidad interpreta y da sentido a fenómenos que combinan lo espiritual, lo emocional y lo social. Cada caso se convierte en un espejo de la relación que los santiagueños mantienen con la fe, el miedo, la curiosidad y la atención mediática.
En síntesis, los registros periodísticos muestran que los exorcismos en Santiago del Estero no son eventos frecuentes, pero cuando ocurren capturan la atención de los medios y la opinión pública debido a su carga simbólica y su potencial para generar debate sobre límites de la práctica religiosa y la protección de quienes participan. El contraste entre La Banda en 1984 y Añatuya en 2014 evidencia cambios en la visibilidad, la regulación y la interpretación social de estos hechos, ofreciendo una perspectiva sobre cómo la provincia mantiene viva la memoria de sus rituales espirituales mientras enfrenta la modernidad y los estándares contemporáneos de cuidado y ética
MEMORIA EN EL TIEMPO
A más de cuatro décadas del episodio de La Banda y con la difusión de casos aislados como el de Añatuya en 2014, la memoria colectiva santiagueña ha transformado estas historias en relatos que cruzan fe, miedo y fascinación mediática. Quienes vivieron aquel verano de 1984 recuerdan con detalles casi rituales los gritos, la resistencia de la joven, el enfrentamiento físico y espiritual con el padre Pedro Fils Pierre y la calma final que marcó el cierre del exorcismo. Para ellos, la narración no es un mito ni una exageración: es testimonio de un acontecimiento extraordinario que alteró la rutina de la parroquia y de toda la comunidad.
En los barrios de La Banda, en mercados, veredas y escuelas, los relatos del padre Pierre se combinan con historias más recientes de liberaciones espirituales realizadas por pastores o sacerdotes locales, que no siempre siguen los protocolos eclesiásticos. La prensa ha documentado estos episodios como curiosidades noticiosas, pero también como símbolos de la persistente religiosidad provincial. Así, el exorcismo deja de ser únicamente un acto religioso formal para transformarse en un espejo de la cultura santiagueña: la mezcla de devoción, tradición oral y atención comunitaria a fenómenos extraordinarios.
La Iglesia Católica local, en sintonía con la normativa universal, mantiene hoy una política de estricta discreción. Los exorcismos formales solo pueden realizarse con autorización episcopal, tras evaluación médica y psicológica de la persona involucrada. No existe un exorcista designado permanentemente en la diócesis, y los casos que requieren intervención espiritual se manejan de manera privada. Esta prudencia refleja un cambio respecto a los años ochenta, cuando la notoriedad mediática del caso del padre Pierre no tuvo precedentes en la provincia. Sin embargo, la autoridad eclesiástica sigue reconociendo que la experiencia espiritual puede ser profunda y que la fe de los fieles no debe ser menospreciada.
Los relatos contemporáneos confirman que, aunque el ritual se mantiene discreto, el impacto de la historia del padre Pierre sigue vivo. En entrevistas a vecinos mayores, la narración se mantiene estructurada: resistencia inicial, gritos y agitación, enfrentamiento con símbolos religiosos y un silencio final que marca el “desenlace”. Esta estructura se repite casi de forma natural en los testimonios de casos más recientes, lo que demuestra la fuerza de la memoria colectiva como transmisora de patrones narrativos.
Los medios que han cubierto episodios posteriores destacan la coexistencia de perspectivas: la visión de los creyentes que interpretan estos hechos como intervenciones del mal o liberación espiritual, y la mirada escéptica que observa síntomas psicológicos o efectos de sugestión social. En ambos casos, la noticia genera atención porque combina lo extraordinario con la vida cotidiana. La crónica periodística se convierte así en un testimonio del tiempo presente y del pasado, una especie de registro sociocultural que articula historia, devoción y comunicación.
En localidades rurales, los relatos sobre posesiones o manifestaciones sobrenaturales continúan circulando de boca en boca, alimentando la expectativa sobre la presencia de exorcismos. Algunos jóvenes afirman haber visto fenómenos extraños; otras familias consultan primero a curanderos o pastores, luego a profesionales de la salud, en un flujo que mezcla tradición y modernidad. La prensa local y digital, en este sentido, cumple una función de archivo y amplificador: conserva los hechos y los difunde sin necesariamente legitimar una interpretación única.
El contraste entre el pasado y la actualidad evidencia cambios en la forma y el contexto. En 1984, la difusión mediática fue orgánica: rumores, radios locales y testimonios de primera mano. Hoy, la difusión incluye videos virales, redes sociales y medios digitales, lo que transforma la experiencia de lo extraordinario en fenómeno público inmediato. La Iglesia, consciente de esto, mantiene protocolos de privacidad estrictos para preservar la seguridad de las personas y evitar la espectacularización.
En definitiva, los exorcismos en Santiago del Estero se mantienen como un territorio donde convergen historia, cultura, fe y atención mediática. La historia del padre Pedro Fils Pierre funciona como referente histórico y simbólico: un punto de comparación, un mito moderno y una narrativa que sigue viva en la crónica local. Los episodios recientes, aunque menos notorios, muestran que la provincia no ha perdido su fascinación por la dimensión espiritual de la existencia, ni la necesidad de los medios de documentar estos acontecimientos excepcionales.
Así, desde las calles polvorientas de La Banda hasta los barrios de Añatuya y otras localidades, el exorcismo sigue siendo un acontecimiento que trasciende la simple práctica religiosa. Es historia viva, memoria compartida y fenómeno periodístico. La mezcla de observación directa, crónica oral y cobertura mediática permite reconstruir un relato que atraviesa generaciones y refleja la complejidad de una provincia donde lo sagrado, lo cotidiano y lo extraordinario se entrelazan en la experiencia colectiva.
En conclusión, el caso de La Banda y los episodios posteriores constituyen un mapa de la relación entre fe, cultura y sociedad en Santiago del Estero. Permiten entender cómo la memoria colectiva, la prensa y la institución religiosa dialogan para conservar, interpretar y transmitir experiencias que, aunque excepcionales, forman parte del tejido social. Desde la crónica periodística, la historia adquiere dimensión narrativa y analítica: no solo se cuenta lo sucedido, sino que se explica, se contextualiza y se articula con la realidad presente, ofreciendo una mirada profunda sobre la persistencia de los exorcismos como fenómeno cultural en la provincia.