29 de enero, 2026
Nota de Portada

La natalidad en Argentina cayó drásticamente, con una disminución cercana al 40% alcanzando mínimos históricos. Este descenso revela una transformación profunda en la estructura social y demográfica del país. En este escenario, Santiago del Estero no es ajeno al fenómeno y muestra cambios significativos en la composición de los hogares y el envejecimiento poblacional.

Argentina atraviesa una transformación demográfica profunda que se manifiesta en una reducción significativa de la natalidad, un envejecimiento acelerado de la población y cambios estructurales en la composición de los hogares. El informe elaborado por el Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral presenta una radiografía exhaustiva de estos fenómenos, con datos oficiales que permiten comprender su magnitud, evolución y desafíos futuros.
Uno de los hallazgos centrales del informe es que la tasa de natalidad en Argentina ha disminuido más de un 40% desde 2014, una de las caídas más abruptas en América Latina en las últimas décadas. Este descenso se observa claramente en las estadísticas de nacimientos registrados y se refleja en la composición etaria de la población. (Ver cuadro 1)
En términos concretos, el promedio de hijos por mujer se ubicó en 1,4 a nivel nacional al cierre de 2025. En algunas jurisdicciones, como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la tasa fue aún más baja, con un promedio de 0,9 hijos por mujer. Este desplazamiento demográfico marca un cambio decisivo frente a décadas anteriores, cuando la tasa de fertilidad era más alta y los hogares con niños menores de 18 años eran mayoría.
Los datos censales muestran que la participación de niños y adolescentes en la población total ha descendido de manera sostenida, con una base demográfica más estrecha de personas jóvenes y una mayor proporción de adultos mayores, lo que constituye una transición demográfica que ya está modificando la estructura social del país.
 
EVOLUCIÓN DE LA ESTRUCTURA FAMILIAR
El descenso de los nacimientos tiene un impacto directo en la composición de los hogares argentinos. El informe compara cifras de los censos entre 1991 y 2022, y las transformaciones son claras:
En 1991, el 56% de los hogares tenía al menos un menor de 18 años.
Para 2022, ese porcentaje se redujo a 43%, mientras que los hogares sin niños pasaron a ser mayoría con 57%. 
 
Asimismo, la cantidad promedio de miembros por hogar se redujo de 3,6 personas en 1991 a 2,9 en 2022, reflejando una tendencia hacia familias más pequeñas y hogares unipersonales. (Ver Cuadro 2)
 
HOGARES UNIPERSONALES Y MONOPARENTALES
El informe también destaca la expansión de hogares con configuraciones menos tradicionales:
-Los hogares unipersonales aumentaron del 13% en 1991 al 25% en 2022, indicando una fuerte tendencia hacia la vida en soledad, particularmente entre adultos.
-Por otra parte, los hogares monoparentales -en su mayoría encabezados por mujeres- también crecieron considerablemente, con un avance superior al del crecimiento poblacional y contribuyendo a la complejidad de las dinámicas familiares actuales. 
Estos cambios reflejan no solo preferencias y decisiones personales, sino también transformaciones sociales más amplias, relacionadas con la participación laboral, las trayectorias educativas y la reorganización de roles de cuidado dentro de la familia.
 
ENVEJECIMIENTO POBLACIONAL 
La caída de la natalidad se combina con un incremento sostenido en la esperanza de vida y el crecimiento de la población adulta mayor. El informe señala que:
En 1991, apenas el 1,5% de la población tenía más de 85 años.
Para 2022, ese porcentaje escaló al 11,8%, lo que indica una importante transformación demográfica hacia una población más longeva. (Ver Cuadro 3)
 
Este crecimiento de la población mayor eleva el índice de envejecimiento, o sea la proporción de adultos mayores respecto a los más jóvenes. Esto tiene implicancias para las políticas públicas en salud, seguridad social y servicios de cuidado.
Este fenómeno no solo redistribuye la pirámide poblacional, sino que genera desafíos para los sistemas de salud, protección social y políticas públicas integrales.
En este sentido, informes de la ONU señalan que la esperanza de vida de las personas alcanzó los 72,8 años, lo que supone una mejora de unos nueve años con respecto a 1990, estimándose que, en 2030, casi el 12% de la población mundial tendrá 65 años o más y la longevidad media mundial en 2050 se situaría en torno a los 77,2 años.
Este proceso se expresa en un aumento del envejecimiento poblacional, por lo que Argentina no es una excepción. 
El primer censo nacional, realizado en 1869, mostraba una población mayormente joven: aproximadamente el 40% tenía menos de 15 años y la población de 65 años y más, solo representaba el 2,2% del total. De hecho, las pirámides de los censos de 1869, 1895 y 1914 presentaban una base ancha, indicativa de la alta natalidad, y una cúspide angosta, como consecuencia de la alta mortalidad. 
Sin embargo, a partir del censo de 1947 se comienzan a observar los primeros indicios del proceso de envejecimiento poblacional, obteniendo pirámides demográficas con bases cada vez más angostas y cúspides más anchas y elevadas, producto del descenso en los niveles de natalidad y mortalidad respectivamente que continuaron intensificándose en las décadas siguientes.
Uno de los efectos de la transición demográfica y el proceso de envejecimiento que se está observando está relacionado con la presión que ejerce el aumento de la morbilidad entre las personas mayores sobre los sistemas de salud. Esta situación se manifiesta en una mayor prevalencia de enfermedades que aumentan el riesgo de discapacidad y la demanda de cuidados a largo plazo, lo que reafirma la necesidad de fortalecer los sistemas de protección social de la región. De acuerdo con los datos ofrecidos por la Organización Internacional del Trabajo, durante 2023 la proporción de la población que contaba con, al menos, una prestación de protección social en América Latina y el Caribe llegó al 61,2%, por lo que casi cuatro de cada diez personas corrían el riesgo de no tener cobertura de salud en la vejez.
 
EDAD DE LAS MADRES
El informe señala que, según los datos de los últimos censos: 
En la franja de edad entre 30 y 34 años las mujeres con hijos nacidos vivos crecieron 10 puntos porcentuales entre 2001 y 2022. 
Mientras que la misma proporción disminuyó en las mujeres entre 20 y 24 años.
 
Este dato coincide con los cambios que podemos observar en cuanto a la edad de las madres en el momento de producirse los nacimientos. Según informa el Ministerio de Salud de la Nación, hace menos de diez años atrás, los nacimientos se producían en mayor proporción en la franja etaria entre 20 y 24 años y, en segundo lugar, en las mujeres entre 25 y 29 años. Hoy la tasa mayoritaria de nacimientos se produce en mujeres de 25 a 29 años y el segundo lugar lo ocupa la franja etaria entre 30 y 34 años. En el mismo período es posible observar un aumento en la maternidad de mujeres en el rango 35-39 y 40-44 años. 
 
NIVEL EDUCATIVO DE LAS MADRES
Teniendo en cuenta el máximo nivel educativo alcanzado por las mujeres en viviendas particulares entre 14 y 49 años con hijas e hijos nacidos vivos censadas en 2022:
El 40,6‰ no tienen secundario completo.
El 37,9‰ finalizaron ese nivel educativo.
El 25,5 ‰ tienen estudios superiores o universitarios completos o incompletos.
Estos datos reflejan que  a mayor nivel educativo, menor cantidad de hijos.
 
Por su parte, los centros urbanos presentan valores relativamente estables en cuanto a los hogares con hijos y sin hijos durante los últimos 9 años. Sin embargo, en ellos podemos observar el crecimiento de hogares con un solo niño por sobre los hogares con dos o más menores de 18 años (INDEC-EPH, 2024)
A nivel nacional estos datos también acreditan familias cada vez más pequeñas, con menos hijos. Así, pasamos de 1,533,421 de mujeres con más de 5 hijos en 2001
a 608,617 mujeres con la misma cantidad de hijos en 2022.
 
DISTRIBUCIÓN POR PROVINCIAS
El informe también incorpora datos desagregados por jurisdicción. En el análisis del Censo 2022:
* El promedio de hijos por mujer en Argentina fue de 1,4.
* En regiones como Santiago del Estero, Misiones y Formosa, el promedio de hijos por mujer fue de 1,7, ligeramente por encima de la media nacional, aunque también muestra descenso respecto a períodos anteriores.
Estos datos sugieren que, si bien la caída de la natalidad es generalizada, existen variaciones regionales que pueden estar asociadas a factores culturales, socioeconómicos y demográficos propios de cada provincia.
 
SANTIAGO DEL ESTERO
A partir del informe del Observatorio del Desarrollo Humano de la Universidad Austral, se puede hacer una lectura específica y muy interesante sobre Santiago del Estero dentro del proceso general de descenso de la natalidad en la Argentina.
En términos generales, la provincia no está ajena a la tendencia nacional de caída de nacimientos, aunque presenta algunos matices propios. Mientras que la tasa de natalidad promedio del país se ubica en torno a los 9,9 nacimientos por cada mil habitantes, Santiago del Estero todavía mantiene un valor algo superior, cercano a los 11,8. Esto indica que, comparativamente, la provincia sigue teniendo una natalidad más alta que el promedio nacional, pero en descenso sostenido.
El dato más significativo aparece al observar la evolución reciente. Entre 2021 y 2022, los nacimientos en Santiago del Estero pasaron de aproximadamente 13.600 a 11.700, lo que implica una caída cercana al 14% en apenas un año. Este descenso abrupto confirma que el proceso de transición demográfica se está acelerando también en provincias tradicionalmente más jóvenes, como Santiago del Estero.
El informe sugiere que esta baja responde a una combinación de factores estructurales. Por un lado, cuestiones económicas: ingresos inestables, informalidad laboral y dificultades para proyectar a largo plazo influyen directamente en las decisiones reproductivas. Por otro lado, se observan cambios culturales profundos, como la postergación de la maternidad, una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral y educativo, y nuevas formas de organización familiar.
En el caso santiagueño, estos factores se combinan con una fuerte migración de jóvenes hacia otras provincias o grandes centros urbanos en busca de oportunidades laborales o educativas. Esta salida de población en edad reproductiva impacta directamente en la cantidad de nacimientos y acelera el envejecimiento relativo de la población.
Otro punto relevante es la transformación de los hogares. Al igual que en el resto del país, en Santiago del Estero crecen los hogares sin hijos menores y los hogares monoparentales, mayormente encabezados por mujeres. Esto incrementa la carga de tareas de cuidado y refuerza situaciones de vulnerabilidad social, especialmente en contextos donde los servicios de apoyo son limitados.
Si bien Santiago del Estero todavía conserva indicadores de natalidad más altos que el promedio nacional, pero el informe deja en claro que la tendencia descendente es firme y rápida. El desafío hacia adelante será anticipar los efectos de este cambio demográfico en áreas clave como educación, salud, empleo y políticas de cuidado, diseñando estrategias que contemplen tanto el envejecimiento de la población como el acompañamiento a las nuevas configuraciones familiares.
 
TRANSICIÓN
Si bien Santiago del Estero históricamente presentó tasas de natalidad más altas que el promedio nacional, los datos recientes muestran que la provincia no es ajena a esta tendencia descendente. Tal como señala el informe, las brechas regionales comienzan a acortarse: incluso en provincias del NOA, tradicionalmente más jóvenes, los nacimientos disminuyen de manera sostenida. 
El gráfico comparativo de tasa de natalidad (Ver Cuadro 4) muestra que Santiago del Estero aún mantiene un nivel superior al promedio nacional, pero la distancia se reduce año tras año. Esto sugiere que la provincia se encuentra en una fase intermedia de la transición demográfica: conserva rasgos de una población joven, aunque avanza hacia un escenario de menor fecundidad.
Por otro lado, teniendo en cuenta la evolución reciente de los nacimientos en la provincia, se evidencia una caída clara en un corto período. Detrás de estos números confluyen múltiples factores: condiciones económicas inestables, mayores dificultades para sostener ingresos familiares, postergación de la maternidad y cambios culturales que redefinen el proyecto de vida de las nuevas generaciones.
IMPLICANCIAS SOCIALES Y ECONÓMICAS
El descenso de la natalidad en Santiago del Estero plantea desafíos específicos. Por un lado, impacta en el sistema educativo, que a futuro podría registrar una menor matrícula. Por otro, tensiona el mercado laboral y los sistemas de protección social, en un contexto donde crecerá la proporción de adultos mayores y se reducirá la población en edad activa.
Al mismo tiempo, el informe subraya una dimensión clave: el peso de las tareas de cuidado continúa recayendo mayoritariamente sobre las mujeres, especialmente en hogares monoparentales. En provincias con altos niveles de informalidad laboral y menores ingresos promedio, esta realidad puede profundizar situaciones de vulnerabilidad.
Hablar de natalidad, entonces, no es solo hablar de cuántos nacen, sino de cómo se organiza la vida social, económica y familiar. En Santiago del Estero, la transición demográfica abre el debate sobre políticas públicas orientadas a acompañar a las familias, fortalecer redes de cuidado, generar condiciones para la crianza y anticipar las demandas de una población que, lentamente, comienza a envejecer.
 
MÁS ALLÁ DE LAS CIFRAS
El descenso de la natalidad en Argentina -reflejado en informes recientes y explicitado en datos del INDEC y la Universidad Austral- es un fenómeno que ya está transformando la sociedad. Aunque provincias como Santiago del Estero mantienen promedios de hijos por mujer relativamente más altos que grandes centros urbanos, la tendencia general es clara: menos nacimientos, hogares más pequeños y una población que envejece. 
Este cambio demográfico plantea desafíos para la planificación social, educativa y económica, y subraya la necesidad de políticas públicas que acompañen a las familias, impulsen el desarrollo y atiendan las consecuencias de una sociedad con menos jóvenes y más adultos mayores.
Aunque la tendencia es observable ya desde hace años, la magnitud del descenso -más del 40% en menos de una década- invita a repensar las estrategias de política pública, considerando no solo la dimensión demográfica, sino también sus implicancias culturales, económicas y sociales para el futuro del país.
Más allá de cifras, se trata de tendencias que impactan en la vida cotidiana de las familias argentinas y que, para ser abordadas de manera efectiva, necesitan respuestas integrales que acompañen los cambios estructurales de la sociedad, protejan el bienestar de todas las generaciones y aseguren un desarrollo demográfico sostenible en las próximas décadas.
 
 
 
Lic. Eugenia Bravo: “Este proceso forma parte de una tendencia global”

La tasa de natalidad en la Argentina atraviesa uno de los niveles más bajos de las últimas décadas, un fenómeno que abre interrogantes sociales, económicos y políticos de alcance estructural. Sobre esta problemática reflexionó la socióloga Eugenia Bravo, investigadora del Instituto de Estudios para el Desarrollo Social (Indes - UNSE/Conicet), a partir de datos oficiales y tendencias demográficas recientes.
De acuerdo con estadísticas nacionales, la natalidad descendió de 18,2 nacimientos por cada mil habitantes en 2014 a 10,7 en 2022, mientras que el número total de nacimientos anuales cayó de 770 mil a 460 mil en 2023, alcanzando un mínimo histórico. A su vez, el último informe de la Dirección Nacional de Población indica que los nacimientos se redujeron casi a la mitad en la última década.
Bravo explicó que este proceso no es exclusivo del país, sino que forma parte de una tendencia global observable en distintas regiones del mundo, como América Latina, Europa y Asia. “La baja de la natalidad está asociada a profundas transformaciones económicas, laborales y sociales que inciden directamente en las condiciones materiales y simbólicas para la crianza”, señaló.
El Censo Nacional 2022 también da cuenta de este cambio estructural: la tasa de fecundidad cayó un 57% entre 1980 y 2022, pasando de 3,3 hijos por mujer a 1,4. Este dato refleja una modificación sostenida en las decisiones reproductivas y en la forma en que se conciben la maternidad y los proyectos de vida.
Si bien la disminución de los nacimientos se registra en todas las provincias, el fenómeno presenta diferencias territoriales. Provincias como Buenos Aires y Tierra del Fuego exhiben las caídas más pronunciadas, mientras que Santiago del Estero y San Juan muestran una reducción menor, ubicándose por debajo del promedio nacional. Estas variaciones, explicó la investigadora, responden a dinámicas socioeconómicas y condiciones locales específicas.
Desde la UNSE, el aporte de investigaciones como las que desarrolla el Indes permite contribuir al análisis crítico de los cambios demográficos y sociales, aportando herramientas para el debate público y la formulación de políticas que contemplen las nuevas realidades familiares y poblacionales del país.
 
 
 
Factores que explican la caída de la natalidad
Los expertos coinciden en que la caída de la natalidad no tiene una sola causa, sino múltiples determinantes que se entrelazan:
 
1. Condiciones económicas y expectativas de futuro
La incertidumbre económica afecta decisiones de planificación familiar. En contextos de inflación elevada, empleo precarizado o inestabilidad laboral, muchas parejas postergan o deciden no tener hijos.
 
2. Cambios culturales y educativos
La postergación de la maternidad y paternidad en favor de estudios y desarrollo profesional es cada vez más común, con edades promedio del primer hijo desplazándose hacia los 30–34 años.
 
3. Movilidad y migración
La migración de jóvenes hacia el exterior, en busca de oportunidades laborales o educativas, también incide en la menor tasa de nacimientos.
 
4. Nuevas prioridades en estilos de vida
Las transformaciones sociales en torno al rol de género, la autonomía y las expectativas personales impactan en las decisiones reproductivas, reflejando patrones similares a los observados en otras sociedades desarrolladas.
 
 
 
 
IMPLICANCIAS SOCIALES
La transición demográfica presente en Argentina plantea desafíos importantes para las políticas públicas:
• El aumento de hogares sin niños y unipersonales puede requerir estrategias específicas de asistencia social y de servicios comunitarios.
• El envejecimiento poblacional demanda respuestas sostenibles en salud, pensiones y cuidado de larga duración.
• La disminución de la natalidad y el menor número de personas en edad de trabajar pueden impactar en la fuerza laboral disponible y en la proyección de crecimiento económico futuro.
Se requiere, por tanto, un enfoque integral que combine políticas de apoyo a las familias, incentivos a la conciliación entre trabajo y cuidado, y mecanismos de protección social adaptados a la nueva realidad demográfica del país.
 
 
 
IMPLICANCIAS PARA EL FUTURO

Los datos demográficos sugieren un escenario con importantes desafíos para Argentina:
• Envejecimiento poblacional: cada vez hay más personas mayores y menos jóvenes, lo que puede tensar los sistemas de salud, pensiones y cuidados. 
• Impacto en educación y mercado laboral: con menos niños, la matrícula escolar y futura fuerza laboral tiende a disminuir, lo que obliga a replantear políticas educativas, de vivienda y empleo. 
• Redefinición de políticas familiares: el cambio en estructuras familiares —como el aumento de hogares sin hijos y monoparentales— exige nuevas estrategias públicas de apoyo a la crianza, cuidado y conciliar vida laboral y familiar. 
 
 
Natalidad en retroceso, futuro en debate
La Argentina atraviesa un descenso sostenido y acelerado de la natalidad y la fecundidad, un fenómeno que ya no puede leerse como un dato aislado sino como parte de una profunda transformación social y demográfica. Así lo explicó la socióloga e investigadora Dra. Noelia Gurmendi, en una entrevista brindada a Radio Nacional, donde advirtió sobre los desafíos estructurales que este proceso plantea para el país.
Gurmendi contextualizó la situación dentro de lo que la demografía denomina “transición demográfica”: el pasaje de sociedades tradicionales, rurales y jóvenes hacia sociedades modernas, urbanas y envejecidas. Este proceso –remarcó- no es exclusivo de la Argentina ni de América Latina, sino que se registra a nivel global, con estadios más avanzados en regiones como Europa y Asia.
En el caso argentino, las últimas mediciones muestran una caída inédita de la fecundidad en la última década, superior al 40%, lo que implica que el promedio de hijos por mujer se redujo drásticamente. Sin embargo, la investigadora señaló que este fenómeno no comenzó recientemente, sino que se gestó a lo largo de más de medio siglo, acompañado por procesos de urbanización, cambios en el mercado laboral y transformaciones culturales profundas.
“La tasa de natalidad y la tasa de fecundidad no pueden analizarse de manera aislada”, explicó. Ambas forman parte del crecimiento vegetativo de la población y anticipan cómo será la estructura social del futuro. Según advirtió, la Argentina dejará de ser una sociedad joven para convertirse, en las próximas dos décadas, en una sociedad con mayor peso relativo de adultos y adultos mayores, con menos jóvenes en edad activa.
Entre las causas del descenso, la socióloga identificó múltiples factores. Por un lado, los cambios culturales: nuevas formas de concebir la pareja, el matrimonio, los hogares y los proyectos de vida; mayor participación de las mujeres en el ámbito educativo y laboral; ampliación de los derechos reproductivos y acceso a métodos anticonceptivos. Por otro, factores económicos persistentes: precarización laboral, dificultades para acceder a la vivienda, altos costos de crianza y una marcada incertidumbre respecto del futuro.
“La planificación familiar hoy está fuertemente condicionada por el contexto económico y social”, señaló. Tener hijos implica costos materiales y simbólicos elevados, especialmente para las mujeres, que enfrentan tensiones entre maternidad y desarrollo profesional, en un país donde las licencias parentales siguen siendo limitadas y desiguales.
Lejos de un enfoque fatalista, Gurmendi sostuvo que estos indicadores deben leerse como señales de alerta que requieren respuestas anticipadas. En ese sentido, subrayó la ausencia de una política demográfica de largo plazo en la Argentina, capaz de equilibrar los derechos individuales con los objetivos colectivos de la sociedad.
La investigadora citó experiencias internacionales donde los Estados han implementado políticas activas frente al envejecimiento poblacional: licencias parentales extendidas, sistemas de cuidado infantil, incentivos a la vivienda, apoyos económicos a las familias y programas de repoblamiento. “Otros países ya están actuando; nosotros todavía estamos discutiendo el diagnóstico”, afirmó.
Finalmente, Gurmendi remarcó que el descenso de la natalidad no solo impactará en la cantidad de nacimientos, sino también en el sistema educativo, el mercado laboral, el sistema previsional y las redes de cuidado de los adultos mayores. “La pregunta no es solo cuántos hijos nacen, sino cómo se organiza una sociedad que envejece”, concluyó.
La entrevista dejó en claro que el debate sobre natalidad excede lo demográfico y se inscribe en una discusión más amplia sobre el modelo de desarrollo, la calidad de vida y el futuro social de la Argentina.
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