05 de febrero, 2026
Actualidad

El 2025 quedó registrado como uno de los años más cálidos de la historia a nivel mundial, confirmando la aceleración del cambio climático. Las altas temperaturas, la sequía, las pérdidas en el agro y los problemas hídricos expusieron con crudeza las consecuencias ambientales, sociales y productivas de un clima cada vez más extremo.

El 2025 quedará marcado como uno de los años más cálidos jamás registrados a nivel global. Los principales organismos internacionales de monitoreo climático y distintos análisis coinciden en que la temperatura media del planeta se ubicó entre las más altas desde que existen mediciones sistemáticas, confirmando una tendencia que ya no admite dudas: el calentamiento global dejó de ser una advertencia futura para convertirse en una realidad cotidiana.
Este escenario global tuvo expresiones concretas en la Argentina y, de manera particularmente intensa, en Santiago del Estero, una de las provincias más expuestas a los efectos del cambio climático por su ubicación geográfica, su matriz productiva y sus condiciones socioambientales.
De acuerdo con los balances climáticos internacionales, el 2025 se ubicó entre los tres años más cálidos registrados en la historia moderna, y en algunos análisis aparece como el segundo más caluroso desde mediados del siglo XIX. 
La temperatura media global  los valores de referencia del período preindustrial, un dato clave porque es ese límite el que los acuerdos internacionales, como el Acuerdo de París, buscan no sobrepasar para evitar consecuencias irreversibles.
Lejos de ser de un fenómeno excepcional o pasajero, el récord de 2025 trata de un hecho alarmante: los últimos once años han sido, de forma consecutiva, los más cálidos desde que se tienen registros. Esta persistencia del calor extremo refuerza la evidencia científica sobre el rol central de las emisiones de gases de efecto invernadero, producto principalmente de la quema de combustibles fósiles, la deforestación y los modelos productivos intensivos.

ARGENTINA BAJO TEMPERATURAS EXTREMAS
En el plano nacional, el año estuvo marcado por olas de calor prolongadas, temperaturas máximas récord y noches tropicales¸ unos fenómenos meteorológicos en los que la temperatura mínima no desciende de los 20 °C durante la noche, cada vez más frecuentes, incluso en regiones donde históricamente no eran habituales.
La crisis climática de 2025 también golpeó los ecosistemas naturales. La sequía extrema y las temperaturas por encima de los 40 grados sometieron al bosque nativo a un estrés hídrico sin precedentes, aumentando el riesgo de incendios forestales y afectando la fauna local. 
La pérdida de cobertura vegetal no solo representa una tragedia ecológica, sino que elimina la protección natural contra la erosión del suelo y la regulación térmica, creando un círculo vicioso que acelera la desertificación en las zonas más áridas del territorio.
De misma forma, mostró una alarmante variabilidad territorial en el manejo de los recursos hídricos. En la región de Cuyo, el retroceso de los glaciares y la escasez de nieve en la cordillera profundizaron un estado de estrés hídrico extremo, mientras que en la Patagonia se registraron déficits de nevadas superiores al 60%, lo que incrementó drásticamente el riesgo de incendios forestales hacia el cierre del año. 
En contraste, la región central y la provincia de Buenos Aires debieron enfrentar eventos de precipitación extrema, con récords de lluvia caída en cortos períodos de tiempo que provocaron inundaciones y daños severos en la infraestructura urbana.
El norte argentino fue una de las regiones más afectadas. Provincias como Santiago del Estero, Chaco y Formosa atravesaron períodos críticos con temperaturas que superaron los 40 grados durante varios días consecutivos, afectando la salud de la población, el acceso al agua y el funcionamiento de los sistemas productivos.
En Santiago del Estero, el 2025 confirmó una tendencia que los datos climáticos locales ya venían mostrando desde hace décadas: el aumento sostenido de la temperatura media anual y la intensificación de los eventos extremos. Las series históricas indican que los años más recientes concentran cada vez más días con calor extremo y menos jornadas con temperaturas moderadas.
A este contexto térmico se sumó un régimen de precipitaciones irregular, con largos períodos de sequía interrumpidos por lluvias intensas y concentradas en cortos lapsos de tiempo. Esta combinación resulta especialmente problemática para una provincia con fuerte dependencia de la actividad agropecuaria.

EL IMPACTO EN EL CAMPO: PÉRDIDAS Y ESTRÉS PRODUCTIVO
Uno de los sectores más golpeados por el clima extremo de 2025 fue el agropecuario. La sequía prolongada y las altas temperaturas afectaron de manera directa a los principales cultivos estivales. En el caso del sorgo y el maíz, productores e informes técnicos confirmaron caídas significativas en los rendimientos, con lotes que directamente no pudieron ser cosechados.
El estrés térmico durante etapas clave del desarrollo de los cultivos, sumado a la falta de lluvias en momentos críticos, provocó pérdidas económicas importantes, especialmente entre pequeños y medianos productores. 
Aunque la soja logró resistir mejor en algunas zonas gracias a precipitaciones tardías, el balance general de la campaña fue negativo y dejó en evidencia la fragilidad del sistema productivo frente a un clima cada vez más extremo.
El año también dejó en evidencia otro de los grandes desafíos del cambio climático: la gestión del agua. Mientras zonas rurales padecieron la escasez hídrica durante meses, otras regiones debieron enfrentar el riesgo de inundaciones.
La crecida del Río Dulce en enero generó preocupación en comunidades ribereñas y obligó a monitorear de cerca la situación en zonas urbanas y productivas. Estos eventos, cada vez más frecuentes, reflejan un patrón climático caracterizado por una mayor variabilidad: sequías más largas y lluvias más intensas en períodos más cortos.

CONSECUENCIAS SOCIALES Y SANITARIAS
El calor extremo no solo impacta en la economía y el ambiente, sino también en la salud pública. Durante 2025 se registraron múltiples alertas por altas temperaturas, con especial riesgo para niños, personas mayores y quienes padecen enfermedades crónicas cardiovasculares, respiratorias (EPOC), renales y diabetes.
La población se expone a golpes y agotamiento de calor, que producen taquicardia, mareos, debilidad, cefalea y sed. Los casos de deshidratación, que pueden causar fallo renal y problemas cardiovasculares, se incrementan, así como también la presencia de calambres y salpullidos.
El aumento del consumo eléctrico, las dificultades en el acceso al agua potable en algunas zonas y el deterioro de las condiciones de vida en sectores vulnerables profundizaron desigualdades preexistentes.
En zonas rurales y periurbanas, la combinación de calor, sequía y pobreza estructural expuso a muchas familias a situaciones críticas, reforzando la necesidad de políticas públicas integrales que contemplen el cambio climático como un factor central.
El año más caluroso no fue solo una cifra récord: fue una señal de alerta que interpela a sobre la necesidad de repensar el vínculo con el ambiente en un contexto de crisis climática cada vez más profunda.

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