Hay momentos en la política en los que las convicciones dejan de ser el motor principal de las decisiones y aparece una fuerza bastante menos noble, pero mucho más eficaz: el instinto de supervivencia.
No es la ideología la que ordena entonces el tablero, ni siquiera los programas de gobierno, es el miedo a perder.
Durante estos años, los dos grandes campos políticos que disputan el poder se presentaron como enemigos irreconciliables. De un lado, el universo peronista, kirchnerista, massista y sus diferentes desprendimientos. Del otro, la derecha liberal, el macrismo, los libertarios y aquellos sectores que encontraron en Javier Milei una herramienta para terminar con el ciclo político anterior.
Todos construyeron sus identidades alrededor de la diferencia, necesitaron un adversario para consolidarse y alimentaron la idea de que el otro representaba aquello que debía ser derrotado.
Pero la política tiene una característica que suele imponerse sobre las declaraciones, cuando llega la hora de contar votos, los enemigos descubren que pueden necesitarse y entonces comienzan los abrazos.
El fenómeno más llamativo se produce dentro del peronismo, Sergio Massa, que después de la derrota presidencial de 2023 parecía destinado a ocupar un lugar secundario en la política argentina, comenzó a recuperar centralidad.
No necesariamente porque haya recuperado el caudal electoral que alguna vez imaginó tener, sino porque adquirió algo que en determinados momentos vale más que los votos propios, la capacidad de conversar con los adversarios internos. Massa entendió antes que otros que una nueva ruptura del peronismo podía resultar suicida, y así su posición actual es peculiar, no necesita ser necesariamente el candidato para convertirse en una pieza central.
Puede ser el articulador, el mediador, el hombre capaz de hablar con Axel Kicillof, con Máximo Kirchner, con los gobernadores y con sectores que no necesariamente se sienten representados por el kirchnerismo.
El dato verdaderamente significativo no es, entonces, la resurrección de Massa como eventual candidato, es su resurrección como pieza necesaria para que otros puedan ser candidatos.
En política, a veces el poder no consiste en ocupar el primer lugar de la lista, consiste en tener la capacidad de decidir quién puede llegar a ocuparlo. El acercamiento entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner tiene todavía más dificultades, no se trata simplemente de dos dirigentes con diferencias tácticas, detrás de ellos existen dos concepciones diferentes sobre quién debe conducir el peronismo y cómo debe organizarse el poder.
Kicillof necesita construir autonomía respecto de Cristina Kirchner y del kirchnerismo tradicional si pretende convertirse en una alternativa nacional, Máximo, en cambio, necesita conservar la centralidad política de un apellido que continúa siendo decisivo dentro de una parte del peronismo.
Y existe un tercer actor, el mencionado Massa, y los tres saben que separados pueden hacerse daño, lo que todavía no está claro es si juntos pueden construir una alternativa ganadora.
Estamos ante una negociación atravesada por la urgencia electoral y el riesgo de una fractura, la cuestión ya no parece ser si se quieren, sino si pueden ganar separados. Y la respuesta que parece emerger es que no.
Hay además una paradoja, Cristina Kirchner continúa siendo una referencia central, aun cuando su situación judicial y política modificó sustancialmente su capacidad de intervención directa, por eso la presencia de Máximo en esta mesa tiene un significado que excede su propia figura.

Máximo no llega únicamente como dirigente del PJ bonaerense, llega como representante de una identidad política que todavía conserva una estructura, una militancia y una capacidad de veto considerable.
Pero hay una diferencia entre conservar capacidad de veto y conservar capacidad de conducción y esa puede ser una de las grandes discusiones que atraviesen al peronismo durante los próximos meses.
La política electoral suele ser cruel con quienes confunden fidelidad con eficacia. El kirchnerismo puede conservar identidad, pero necesita votos más allá de su núcleo duro. Kicillof puede aportar territorio y una imagen menos asociada al pasado, pero necesita una estructura política más amplia. Massa puede aportar diálogo y sectores electorales que exceden al kirchnerismo, pero necesita reconstruir credibilidad. Ninguno tiene todo, por eso se necesitan.
La fotografía de unidad suele ser la parte sencilla, lo difícil viene después. Porque una coalición electoral puede construirse con un documento, una conferencia de prensa y una fotografía y una coalición de poder requieren repartir y allí aparecen las verdaderas diferencias.
¿Quién encabezará las listas? ¿Cuántos lugares corresponderán a cada sector? ¿Quién controlará el PJ? ¿Quién decidirá las candidaturas? ¿Cuánto tendrá Kicillof? ¿Cuánto Massa? ¿Cuánto Máximo? ¿Cuánto los gobernadores? ¿Cuánto los intendentes? Y, sobre todo, ¿quién tendrá la lapicera?
Porque la unidad no elimina los egos, los administra, por eso la próxima etapa del peronismo no será la de la unidad, será la del reparto de la unidad y esa suele ser bastante más complicada.
Del otro lado, el mismo descubrimiento, en el campamento libertario está ocurriendo algo parecido. Milei llegó al poder denunciando a la política tradicional, Macri representaba buena parte de aquello que el nuevo presidente decía venir a reemplazar, el PRO fue, durante un tiempo, adversario y aliado simultáneamente.
Pero el calendario electoral tiene la virtud de transformar los principios en aritmética. El Gobierno necesita ampliar su base, el PRO necesita conservar representación y territorio, Milei necesita evitar que el voto opositor a su gobierno encuentre una vía competitiva, Macri necesita evitar que su partido sea absorbido completamente por La Libertad Avanza y Karina Milei necesita construir una maquinaria electoral que no dependa exclusivamente de la figura de su hermano.
Es una contradicción perfecta, ambos necesitan al otro y ambos desconfían del otro. No hay amor, hay necesidad y, en política, muchas veces alcanza. Karina Milei representa quizá el ejemplo más claro de esta transformación.
Durante mucho tiempo el oficialismo creyó que podía competir prácticamente solo, confiando en el poder electoral de Javier Milei y en la capacidad de La Libertad Avanza para absorber a buena parte del electorado opositor al peronismo.
Pero gobernar no es ganar una elección y construir una reelección presidencial requiere algo más que una figura carismática, requiere gobernadores aliados, intendentes, legisladores, fiscales, estructuras territoriales, candidatos competitivos y acuerdos provinciales.
La propia estrategia de Karina parece haber comenzado a desplazarse hacia una posición más pragmática. Es decir, descubrió algo que su hermano probablemente preferiría no reconocer, para vencer a la política tradicional hay que aprender a hacer política tradicional.
Macri tampoco tiene demasiado margen, enfrenta el problema inverso. El PRO conserva dirigentes, intendentes y estructuras, pero su espacio nacional ya no ocupa el lugar que ocupaba durante los años de Juntos por el Cambio, el crecimiento libertario lo dejó atrapado entre dos alternativas igualmente incómodas.
Puede enfrentarse a Milei y correr el riesgo de perder una parte de su electorado o puede aliarse con Milei y correr el riesgo de que el PRO termine convertido en una franquicia territorial del oficialismo.
La negociación, entonces, no consiste solamente en decidir si habrá alianza, consiste en determinar quién absorbe a quién, por eso Macri no regalará la ciudad y tampoco debería hacerlo. La Ciudad de Buenos Aires es probablemente el último gran territorio simbólico donde el macrismo puede demostrar que continúa teniendo identidad propia.
Patricia Bullrich es otra pieza de este rompecabezas, su situación muestra hasta qué punto las candidaturas pueden transformarse en monedas de cambio. Durante meses apareció como una eventual candidata para la Ciudad, pero comprendió que su mejor utilidad electoral puede no estar necesariamente en disputar la jefatura de Gobierno porteña, su capital político es otro, su imagen, su identidad antikirchnerista y su capacidad de conectar con un electorado de derecha la convierten en una pieza nacional.
Por eso la posibilidad de que vuelva a ocupar un lugar relevante en una fórmula presidencial no puede descartarse.
Y en la provincia de Buenos Aires aparece Diego Santilli, aquí sí hay una enseñanza electoral que nadie dentro de la derecha parece dispuesto a olvidar, la fragmentación de las fuerzas no peronistas puede ser letal.
La experiencia de 2023 quedó grabada en la memoria política, mientras Grindetti y Píparo dividían el voto opositor, Axel Kicillof consiguió conservar la gobernación, nadie quiere repetir aquella película, por eso Santilli aparece hoy como una pieza especialmente atractiva para el oficialismo.
Existe una frase que resume este proceso mejor que cualquier análisis sofisticado, el miedo no es tonto, el peronismo teme dividirse y regalarle a Milei una elección. El mileísmo teme competir dividido y facilitar el regreso de una oposición que considera derrotada y el PRO teme ser absorbido, la Libertad Avanza teme no tener estructura suficiente.
Los gobernadores temen quedarse sin recursos, los intendentes temen perder territorio. Y todos temen lo mismo, perder.
Por eso las diferencias ideológicas, los agravios personales, los resentimientos y las viejas facturas comienzan a ocupar un segundo plano, no desaparecen, simplemente dejan de ser prioritarios.
Julio César Coronel