El cuidado de la piel cumple un rol fundamental en la salud general. Sin embargo, el auge del skincare y la circulación de productos sin control sanitario plantean nuevos desafíos, donde la prevención, la información y el respaldo médico se vuelven claves para un cuidado seguro.
El día empieza frente al espejo. A veces con apuro, otras con más tiempo, pero casi siempre con la piel como primera frontera entre el cuerpo y el mundo. Lavarse la cara, aplicar una crema, elegir un protector solar parecen gestos menores, automáticos, casi mecánicos.
Sin embargo, detrás de esas acciones cotidianas hay una verdad que muchas veces se subestima: la piel no es solo una cuestión estética, es un órgano vital que necesita cuidados constantes y responsables.
La piel es el órgano más grande del cuerpo humano. Actúa como barrera protectora frente a agentes externos, regula la temperatura corporal, permite la sensibilidad y participa activamente del sistema inmunológico. Cuidarla no es un lujo ni una moda impulsada por redes sociales: es una práctica de salud.
La piel no es una capa inerte, sino un ecosistema complejo donde habitan microorganismos beneficiosos que forman el microbioma cutáneo. Mantener la integridad de este órgano es vital porque participa activamente en el sistema inmunológico, actuando como la primera línea de defensa del cuerpo contra patógenos. Cuando la barrera se debilita por falta de hidratación o agresiones externas, el cuerpo queda vulnerable a infecciones y reacciones alérgicas que trascienden lo cosmético.
Distintas instituciones médicas coinciden en que una piel sana cumple mejor su función protectora, envejece de manera más equilibrada y reduce el riesgo de infecciones, alergias y enfermedades dermatológicas.
Mantener una rutina básica de cuidado, limpieza, hidratación y protección, permite preservar el equilibrio natural de la piel. La limpieza elimina impurezas, sudor y restos de contaminación; la hidratación refuerza la barrera cutánea; y la protección solar previene daños acumulativos que, con el tiempo, pueden derivar en manchas, envejecimiento prematuro e incluso cáncer de piel.
Especialistas en dermatología remarcan que el cuidado de la piel debe adaptarse a cada persona, según su edad, tipo de piel, clima y hábitos de vida. No existe una rutina universal, pero sí principios básicos que atraviesan todas las recomendaciones médicas: usar productos adecuados, evitar la agresión excesiva y sostener la constancia en el tiempo.
VERANO: CUANDO LA PIEL QUEDA MÁS EXPUESTA
Durante el verano, la piel enfrenta condiciones particularmente exigentes. La exposición prolongada al sol, las altas temperaturas, el sudor, el cloro de las piletas y la sal del mar alteran su equilibrio natural. En este contexto, el cuidado deja de ser opcional y se vuelve imprescindible.
El uso diario de protector solar de amplio espectro, incluso en días nublados, es una de las principales recomendaciones de los organismos de salud. Aplicarlo en cantidad suficiente, reaplicarlo cada dos horas y complementar con medidas físicas, como gorras, anteojos y ropa adecuada, reduce significativamente el riesgo de quemaduras solares y lesiones a largo plazo.
Además, en verano es clave reforzar la hidratación, optar por texturas livianas, evitar la exposición solar en horarios críticos y prestar atención a señales de alerta como enrojecimiento persistente, ardor, picazón o aparición de manchas.
Aun así, la protección solar no debe entenderse como un hábito estacional de vacaciones, sino como una medida de medicina preventiva diaria. El daño por radiación es acumulativo: la piel “guarda memoria” de cada quemadura y exposición excesiva desde la infancia. Este daño silencioso es el principal precursor de manchas, envejecimiento prematuro y, en casos más graves, de carcinomas o melanomas que podrían evitarse con el uso correcto de protectores de amplio espectro.
El RIESGO DEL SKINCARE “PIRATA”
Hace algunos años, la palabra skincare no formaba parte del vocabulario cotidiano. Hoy aparece en videos, en rutinas compartidas en redes sociales, en estanterías repletas de frascos y en conversaciones que mezclan cuidado personal, estética y bienestar. El término, que en inglés significa literalmente “cuidado de la piel”, se volvió una tendencia global impulsada, en gran parte, por plataformas como Instagram, TikTok y YouTube.
El skincare refiere al conjunto de prácticas, hábitos y productos destinados a mantener la piel sana: limpieza, hidratación, protección solar y tratamientos específicos según cada necesidad. Aunque muchas veces se lo asocia únicamente con la apariencia o con rutinas complejas, en su base se trata de una práctica de cuidado de la salud, recomendada por profesionales y sostenida en conocimientos dermatológicos.
Las redes sociales jugaron un rol central en su popularización. Influencers, creadores de contenido y marcas instalaron la idea de rutinas extensas, productos “milagro” y resultados inmediatos. En ese proceso, el cuidado de la piel ganó visibilidad, pero también se volvió un terreno fértil para la desinformación, el consumo impulsivo y la circulación de productos sin control sanitario.
Cremas, serums, protectores solares y maquillajes que se venden a precios bajos, muchas veces importados de manera irregular o falsificados, prometen resultados rápidos sin respaldo científico.
El problema no es solo la falta de eficacia. El verdadero riesgo está en lo que esos productos pueden contener: ingredientes no declarados, concentraciones inadecuadas, sustancias prohibidas o contaminantes que pueden provocar irritaciones severas, dermatitis, reacciones alérgicas e incluso daños irreversibles en la piel.
Dermatólogos advierten que el uso de skincare “pirata” puede alterar la barrera cutánea, sensibilizar la piel y generar efectos adversos que, lejos de resolverse con una crema más, terminan requiriendo tratamientos médicos prolongados.
La circulación de productos piratas o falsificados en plataformas digitales no solo representa una estafa económica, sino un peligro sanitario inminente. Al utilizar cosméticos que no pasa por un control, el consumidor se expone a ingredientes prohibidos o concentraciones químicas que pueden causar daños irreversibles en el tejido, favorece la aparición de dermatitis de contacto, quemaduras químicas, brotes de acné severo, manchas persistentes y reacciones alérgicas.
En situaciones más complejas, el daño a la barrera cutánea puede generar infecciones, hipersensibilidad crónica y empeoramiento de patologías preexistentes, obligando a tratamientos dermatológicos prolongados y a la suspensión total del uso de cosméticos durante meses.
ARGENTINA Y EL ROL DE LA ANMAT
En Argentina, la regulación y control de productos de cuidado personal, incluidos los cosméticos y artículos de skincare, ha atravesado cambios importantes en el último tiempo que impactan directamente en cómo esos productos llegan al país y en la seguridad que tienen para quienes los usan.
Tradicionalmente, la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) exigía una autorización sanitaria previa para la importación de cosméticos y productos similares, como mecanismo para garantizar que cumplan con estándares de calidad, composición, rotulado y seguridad.
Sin embargo, desde mediados de 2025 ese escenario cambió: a través de la Disposición N.º 3562/2025, publicada en el Boletín Oficial, la ANMAT dejó de intervenir en los trámites de importación de productos cosméticos, de higiene personal y domisanitarios para uso personal, de modo que estos pueden ingresar al país vía servicios de courier directamente, sin pasar por el proceso previo de evaluación sanitaria tradicional.
Esta medida, impulsada como parte de una política de simplificación administrativa, significa que la responsabilidad sobre la seguridad y eficacia de esos productos recae en quienes los compran y utilizan. A su vez, para importaciones comerciales de estos mismos productos, normativas como la Disposición 4033/2025 eliminaron también la autorización previa, reemplazándola por una declaración jurada posterior al ingreso, con el argumento oficial de agilizar trámites y concentrar los esfuerzos de la ANMAT en la vigilancia después de la comercialización.
En la práctica, esto abrió puertas para que crezcan canales de ingreso de productos cuya trazabilidad, composición y condiciones de fabricación no siempre pueden ser verificadas de forma inmediata por las autoridades sanitarias, lo que intensifica los riesgos asociados al uso de skincare sin respaldo sanitario.
Cuidar la piel no es opcional e implica algo más que elegir una rutina o seguir una tendencia: implica tomar decisiones informadas. En un escenario donde circulan productos sin controles, donde las redes sociales aceleran el consumo y donde los mecanismos de regulación se han flexibilizado, el riesgo deja de ser abstracto y se vuelve cotidiano.
Verificar que un cosmético cuente con autorización sanitaria, desconfiar de precios demasiado bajos y consultar con profesionales ante cualquier reacción adversa no es exageración, es prevención. La piel no distingue entre una compra impulsiva y una elección consciente: todo lo que se aplica deja huella. Por eso, en tiempos de sobreinformación y acceso irrestricto, el verdadero cuidado empieza por entender que la salud no admite atajos.