23 de julio, 2026
Salud

Con la llegada del invierno aumentan los factores que favorecen las enfermedades cardiovasculares. El frío, los cambios en los hábitos y el incremento del colesterol pueden elevar el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares, especialmente en personas con antecedentes.

La llegada del invierno obliga a cambiar la rutina daría. El frio invita a pemanecer mas tiempo en casa o lugares cerrados, las defensas bajan, disminuye la actividad física, cambia la alimentación y hay mayor exposición a enfermedades virósicas. A esto se suma también la incidencia de enfermedades cardiovasculas, que aumenta durante los meses fríos según un estudio del North American Journal of Medical Sciences.

Los niveles de colesterol total y colesterol malo (LDL) tienden a ser más elevados durante los meses fríos según diversos estudios. Esto se debe por una combinación de factores hormonales, metabólicos e inflamatorios que se intensifican en invierno.

Diversas investigaciones indican que, durante el invierno, los niveles de colesterol total y de colesterol LDL, conocido como "colesterol malo", tienden a elevarse. Este fenómeno responde a una combinación de factores hormonales metabólicos e inflamatorios que se intensifican con las bajas temperaturas.  De acuerdo con datos de NexIn Health, el colesterol LDL puede aumentar entre un 3 % y un 4 %, mientras que el colesterol HDL o "colesterol bueno" suele disminuir.

El colesterol no es perjudicial por sí mismo. Se trata de un componente esencial de las membranas celulares y constituye la base para la producción de hormonas esteroideas, vitamina D y ácidos biliares, indispensables para el correcto funcionamiento del organismo.

El problema aparece cuando se altera el equilibrio entre el colesterol LDL y HDL. En ese contexto, el LDL puede oxidarse y provocar una respuesta inflamatoria en las paredes de las arterias. Con el tiempo, se forman depósitos de grasa que son recubiertos por una cápsula fibrosa como respuesta del sistema inmunológico. Este proceso favorece el desarrollo de la aterosclerosis, un endurecimiento y estrechamiento de las arterias que dificulta el flujo normal de la sangre.

Esto se debe a que las bajas temperaturas activan el sistema simpático nervioso y aumentan la secreción de la catecolamina, hormona responsable del incremento de la frecuencia cardiaca, por lo tanto, del gasto cardiaco. Esto provoca cambios en la composición sanguínea, aumentando la presión arterial, el colesterol y el fibrinógeno en sangre, proteína responsable de formación de coágulos.

El aumento del colesterol y de la presión arterial, sumado al estrechamiento de los vasos sanguíneos de las arterias coronarias y de los vasos del cerebro, provocado por el frío, puede desencadenar en un infarto según la zona obstruida. La disminución de vitamina D causada por menores exposiciones al sol, no solo debilita el sistema inmune, sino que diversos estudios la asocian con un mayor riesgo de hipertensión y disfunción endotelial, es decir, daño en las paredes internas de los vasos sanguíneos.

Las bajas defensas del organismo por el frío reducen la capacidad de respuesta ante cualquier complicación. La revista BMC Cardiovascular Disorders concluyó en un trabajo que los pacientes hospitalizados por causa cardiovascular que, además, presentan algunas enfermedades respiratorias como gripe o neumonía, empeoran su pronóstico y aumenta el 20% el riesgo de fallecimiento por causa cardiovascular.

Cómo cuidar el corazón durante el invierno

El descenso de la temperatura no puede evitarse, pero adoptar hábitos saludables permite disminuir el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares. Los especialistas coinciden en que pequeñas modificaciones en la rutina pueden marcar una gran diferencia, especialmente en personas con hipertensión, colesterol elevado, diabetes o antecedentes cardíacos.

Se recomienda mantener una alimentación equilibrada basada en verduras, frutas, legumbres, cereales integrales y proteínas magras, como pollo, pescado y cortes de carne con poca grasa. También es importante limitar el consumo de alimentos ultraprocesados, embutidos, fiambres, manteca, crema, frituras y productos de panificación industrial, ya que contienen grasas saturadas, grasas trans y sodio, componentes asociados al aumento del colesterol y la presión arterial.

Asimismo, incorporar alimentos ricos en fibra, como avena, frutas, verduras y legumbres, favorece la disminución del colesterol LDL. Los pescados ricos en ácidos grasos omega-3, como el salmón, la caballa y las sardinas, también contribuyen a cuidar la salud del corazón.

Aunque durante el invierno la sensación de sed disminuye, mantener una adecuada hidratación continúa siendo fundamental. Beber agua de forma regular favorece la circulación sanguínea, el correcto funcionamiento del metabolismo y contribuye al equilibrio general del organismo.

Los especialistas también recomiendan no abandonar la actividad física durante los meses fríos. Caminar, realizar ejercicios en el hogar o practicar alguna actividad adaptada a las condiciones climáticas ayuda a controlar el colesterol, la presión arterial y el peso corporal.

Además, utilizar ropa adecuada, cubrir las extremidades y evitar cambios bruscos de temperatura reduce el esfuerzo que realiza el organismo para conservar el calor corporal, especialmente en adultos mayores.

Las personas con antecedentes cardiovasculares, hipertensión, diabetes o colesterol elevado deben realizar controles médicos periódicos y cumplir con el tratamiento indicado. Suspender la medicación por cuenta propia o postergar las consultas puede favorecer la aparición de complicaciones.

Debido a que las infecciones respiratorias pueden aumentar el riesgo de complicaciones cardíacas, también se recomienda mantener al día las vacunas, en especial la antigripal y la antineumocócica, de acuerdo con la indicación médica.

 

Prevención y cuidados

Aunque el colesterol elevado generalmente no produce síntomas, existen señales de cuando se requiere atención médica urgente porque podrían indicar un infarto o un accidente cerebrovascular.

Entre ellas se encuentran:

  • Dolor intenso, presión u opresión en el pecho.
  • Dolor que se irradia hacia el brazo izquierdo, la espalda, el cuello o la mandíbula.
  • Dificultad para respirar o sensación de falta de aire.
  • Sudor frío acompañado de náuseas o mareos.
  • Pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en un brazo, una pierna o un lado del cuerpo.
  • Dificultad para hablar o comprender el lenguaje.
  • Alteraciones repentinas en la visión o pérdida del equilibrio.

Ante cualquiera de estos síntomas, es fundamental acudir de inmediato a un centro de salud o solicitar asistencia médica. La rapidez en la atención puede influye entre la recuperación y la aparición de secuelas permanentes.

 

Fuentes: Fundación Española del Corazón.

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