Denuncias de abuso, acusaciones de encubrimiento, posibles nuevas víctimas y una defensa que habla de una condena social. En menos de una semana, un club de hockey quedó atrapado en una crisis que ya no se juega solamente en una cancha: también se libra en los tribunales, en los medios y en las redes sociales.
Todavía faltaba más de una hora para que el partido comenzara. Ella sabía que llegaba temprano, pero no le importó. Había aprovechado que su papá iba a trabajar para pedirle que la dejara en el club donde se realizaría el partido. No tenía miedo. Por qué habría de temer. Siempre se sentía segura cuando el motivo de algún encuentro era el hockey, el deporte que había elegido desde niña y que se había convertido en una parte fundamental de su vida.
Cargando su equipo, en el que llevaba el palo, la herramienta fundamental para la práctica, se dirigió hacia el sitio donde se realizaría el encuentro. Se sentó en una de las gradas. Estaba sola, pero no tanto. En el lugar había personas, pocas, que andaban por el sector, realizando tareas de mantenimiento. Se sentó en una de las gradas y sacó su teléfono. Sus compañeras le decían que ya estaban en camino e incluso se burlaban de ella porque había “madrugado” demasiado.
Estaba tan ensimismada en sus redes sociales que no se dio cuenta de que su entrenador había llegado. Notó su presencia recién cuando él la saludó. Comenzaron a charlar mientras esperaban al resto del equipo. Él se sentó muy cerca. A ella no le llamó la atención porque era su DT, el hombre de confianza del equipo, con el que habían compartido horas y horas de prácticas deportivas. Tampoco se inquietó cuando le preguntó por qué no la llevó su novio al entreno, riendo, ella le dijo que no lo tenía.
Él aprovechó para decirle que una jovencita hermosa como ella debería tener decenas de muchachos a su alrededor. Ella se rió, negando esa versión. Fue entonces cuando el hombre se habría acercado más. Sin demora, le habría pasado la mano por la espalda, llegando incluso a sus partes íntimas.
Sobresaltada, ella se paró de inmediato. No sabía qué decir, qué hacer. Nunca imaginó lo que estaba pasando y, para su propia sorpresa, se quedó en silencio. Quieta. No salió corriendo. No gritó. No hizo un escándalo. En realidad, no hizo nada. Mientras tanto, él la habría invitado a salir a un lugar más íntimo.
La escena se hizo añicos cuando llegaron dos compañeras riendo. Luego vino el partido. Ella no jugó bien. No podía. En su mente, el momento se repetía una y mil veces. La culpa se apoderó de ella, mientras las preguntas se multiplicaban en su cabeza: ¿Por qué se lo permití? ¿Por qué no hice algo? ¿Por qué no reaccioné? ¿A quién le cuento?
El partido terminó y se marchó rápidamente, sin decir nada. A partir de ese día habría recibido insistentes mensajes del hombre.
VERBALIZAR LA CULPA
Escondió la situación en un rincón de su alma. Nunca más fue temprano a un entreno, ni mucho menos sola. No sabía defender lo que sentía, aunque la culpa calaba hondo en su interior.
De pronto, un día cualquiera llegó un psicólogo al equipo. La idea era entrenar la mente, gestionar las emociones y mejorar la convivencia grupal, ayudando a que tanto los deportistas como el cuerpo técnico alcancen su máximo rendimiento bajo presión.
Luego de la primera charla grupal, llegó el momento de los encuentros personales. Cuando llegó su turno, ella habló del equipo, de sus aspiraciones, hasta que el profesional de la salud mental le preguntó acerca de su relación con el entrenador. No quiso hablar de ello, pero el especialista intuyó que había algo e insistió en el tema. Fue entonces cuando le relató lo sucedido y, por primera vez, convirtió su culpa en palabras.
El psicólogo se encargó de explicarle que ella no era culpable de nada y le dijo que aquella experiencia era un abuso.
Cuando le pidió denunciar el hecho, la joven se negó en absoluto. Fue entonces que el profesional le sugirió armar una red de apoyo con sus pares. Cuando se reunieron, entre lágrimas, repitió lo que había vivido. Mientras las chicas la abrazaban y se solidarizaban, una de ellas contó que le había pasado lo mismo, con el mismo entrenador.
Días después, esta otra joven le relató su propia vivencia al mismo psicólogo.

“ESTO NO OCURRIÓ”
Ante estos dos testimonios, el profesional entendió que estaba frente a una situación reiterada. No era un hecho aislado. Sin embargo, tampoco sabía qué hacer, pues el entrenador cuestionado era el mismo que presidía la institución deportiva.
A la vez, lo ocurrido con las jugadoras salió de los vestuarios y comenzó a circular en el club. Cuando el hombre señalado fue confrontado por los hechos, decidió renunciar a su cargo como DT del equipo de hockey femenino; sin embargo, continuó ejerciendo la presidencia del club.
El cargo vacante quedó en manos de un entrenador que, hasta ese momento, oficiaba casi como su mano derecha. En la primera reunión con las chicas, les habría ordenado no hablar más del asunto, ni siquiera mencionar la palabra abuso. “Esto no ocurrió”, habría dicho. A la vez, las habría amenazado con echarlas del club.
Asimismo, decidió prescindir de los servicios del psicólogo. Frente a ello, el profesional decidió que era el momento de asesorarse legalmente y presentar una denuncia formal.
“Yo no sé si hubo abusos o no, habrá que investigarlo. Sí sé, y ya no hablo en potencial, es que aquí hay, hubo y sigue existiendo el delito de amenaza y de encubrimiento. Las amenazas las hizo públicas y en grupo, y el encubrimiento al prohibir hablar de abusos es clarito”, aseguró el abogado Carlos Ríos López.
ESTRELLA ROJA
De pronto, el relato confidencial dentro de un equipo de hockey terminó en uno de los episodios más sensibles que atraviesa al hockey santiagueño. El Club Estrella Roja, una institución arraigada en el barrio Autonomía y vinculada durante años a la formación deportiva de jóvenes, quedó en el centro de una investigación judicial a partir de denuncias por presuntos abusos sexuales y de acusaciones vinculadas con un supuesto intento de silenciar o condicionar a las jugadoras.
Pero a medida que el caso tomó estado público, también comenzaron a aparecer nuevas versiones, contradicciones y cuestionamientos sobre la manera en que se originó la denuncia y, especialmente, sobre la identificación de algunas de las personas que quedaron asociadas públicamente al expediente.
En apenas unos días, el caso pasó de un ámbito reservado a las páginas de los diarios, las redes sociales y las conversaciones de toda una comunidad deportiva.
LA DECISIÓN DEL CLUB
Ante la repercusión pública, la Comisión Directiva de Estrella Roja anunció el apartamiento tanto del presidente como del entrenador de la primera división femenina. El comunicado institucional expresó un rechazo general a cualquier forma de violencia y puso a disposición de la Justicia los recursos que fueran necesarios para colaborar con la investigación.
La decisión tuvo una particular relevancia porque implicó que el conflicto deja de ser exclusivamente personal entre denunciantes y denunciados y pasa a comprometer institucionalmente al club.
Una entidad deportiva no es solamente su comisión directiva. Está integrada por deportistas, familias, entrenadores, profesionales, dirigentes y socios. Y en el caso de un club que trabaja con adolescentes y jóvenes, la responsabilidad institucional adquiere una dimensión todavía mayor.
Por eso, mientras la justicia intenta establecer responsabilidades individuales, el club enfrenta otro desafío: recuperar la confianza de quienes continúan entrenando allí y garantizar que las actividades puedan desarrollarse en un ámbito seguro.
La nueva conducción habría mantenido reuniones con representantes legales y padres de jugadoras para explicar el escenario y las posibles consecuencias de la investigación.
Esas reuniones también muestran la dimensión social que adquirió el caso.
Las familias ya no discuten solamente qué ocurrió. También necesitan saber qué va a ocurrir con el club.
Si bien la respuesta del club fue inmediata, también fue inevitablemente tardía respecto de las preguntas que ahora comienzan a surgir sobre lo que sucedió antes: ¿Qué sabía la institución? ¿Cuándo lo supo? ¿Quién recibió los primeros relatos? ¿A quién fueron comunicados? ¿Qué medidas se tomaron? ¿Quién decidió el cambio de entrenador? ¿Por qué se apartó al psicólogo? ¿Hubo realmente amenazas hacia las jugadoras? ¿Existió presión para que el tema no trascendiera?
Todas esas preguntas forman parte del universo que la investigación deberá reconstruir.

POSIBLES VÍCTIMAS
ADICIONALES
El caso no quedó circunscripto a las personas inicialmente involucradas. Según declaraciones públicas de Ríos López, a través de las redes sociales comenzaron a aparecer otros testimonios de jóvenes que aseguraban haber atravesado situaciones similares durante la etapa en la que el principal señalado se desempeñó como entrenador en otras instituciones deportivas.
El abogado habló de al menos tres posibles víctimas adicionales y mencionó relatos de distinta gravedad, incluyendo uno que describiría una supuesta privación de la libertad.
Esas manifestaciones, sin embargo, presentan un problema fundamental para cualquier investigación: una publicación en redes sociales no equivale automáticamente a una denuncia judicial. Puede constituir un punto de partida, un elemento que motive una investigación o una vía mediante la cual una persona decida hacer público un relato. Pero para que ese relato pueda ser incorporado formalmente a una causa necesita atravesar los mecanismos correspondientes.
La propia velocidad con la que circula la información digital plantea una dificultad adicional. Las redes pueden poner en conocimiento de la sociedad un hecho mucho antes de que una fiscalía pueda recibir formalmente una denuncia, entrevistar a una persona, preservar pruebas y determinar si existe un delito.
En ese desfasaje entre la velocidad de internet y los tiempos de la Justicia se encuentra una de las mayores tensiones del caso Estrella Roja.
DECLARACIONES
EN FISCALÍA
El lunes 10 de agosto, tres jóvenes habrían formalizado presentaciones ante el Ministerio Público Fiscal. El abogado Ríos López confirmó que se habían producido esas presentaciones y anticipó que podrían incorporarse nuevos elementos a la investigación.
Sin embargo, como el caso está en plena etapa de investigación y las autoridades no se refieren al tema, comenzó a escucharse una versión diferente. La misma indicaba solo dos jóvenes habían concurrido a la Fiscalía y que una de ellas habría manifestado que no le había ocurrido nada, mientras otra habría señalado un presunto abuso simple y apuntado al expresidente de la institución. La otra, en cambio, habría relatado un episodio que calificó como abuso simple y habría señalado al ex presidente y ex entrenador de la institución.
La investigación tendrá que establecer qué fue efectivamente manifestado por cada joven, qué denuncias fueron realizadas, cuáles fueron ratificadas y qué elementos objetivos pueden respaldar cada uno de los relatos. También deberá determinarse en qué circunstancias fueron recibidas esas declaraciones y si existieron influencias externas sobre las personas que concurrieron a la Fiscalía.
Todo esto deberá hacerse preservando un aspecto esencial: la identidad y la intimidad de quienes pudieran ser víctimas. En investigaciones de esta naturaleza, la exposición pública puede convertirse en un daño adicional.
LA RESPUESTA DE LA DEFENSA
En paralelo con las nuevas declaraciones apareció la respuesta del abogado Horacio Aníbal Patto, defensor de Diego Rolando Luna, una de las personas señaladas en las redes sociales como una de las personas involucradas en los hechos denunciados. El profesional rechazó que su defendido pueda ser presentado públicamente como responsable de los hechos denunciados y sostuvo que la exposición mediática produjo consecuencias laborales y personales antes de que existiera una definición judicial sobre su situación.
Según la defensa, Luna perdió dos fuentes de trabajo como consecuencia de la repercusión del caso. Sostiene, además, que ninguna de las dos jóvenes que fueron mencionadas públicamente en relación con la denuncia habría atribuido a su representado una conducta ilícita. Ese punto constituye uno de los ejes de la estrategia defensiva.
Patto afirma que una de las jóvenes no habría ratificado la denuncia y que la otra habría manifestado que no conocía a Luna. También sostiene que ninguna lo habría señalado como autor de un abuso ni le habría atribuido conductas vinculadas con una supuesta maniobra de encubrimiento.
La defensa agrega un cuestionamiento todavía más profundo: sostiene que una de las jóvenes habría manifestado haber recibido presiones del psicólogo para efectuar una denuncia.
Todas esas afirmaciones corresponden, por ahora, a la versión de la defensa y deberán ser confrontadas con las actuaciones judiciales. Precisamente por eso, el próximo paso relevante será conocer qué dice oficialmente el expediente.

CONDENA ALOGARÍTMICA
Patto llevó el reclamo un paso más allá. Además de cuestionar públicamente la forma en que se difundió el nombre de su defendido, anunció una acción judicial preventiva contra plataformas digitales y motores de búsqueda.
El objetivo, según el escrito difundido, no sería borrar la existencia del caso Estrella Roja ni impedir que los medios informen sobre la investigación. La pretensión sería más específica: evitar que Google, Bing, Meta, YouTube y otras plataformas presenten a Luna como imputado, investigado, acusado o responsable penal si esa condición procesal no existe.
La defensa habla incluso de una “condena algorítmica”. La expresión puede sonar novedosa, pero describe un problema cada vez más habitual: una noticia original contiene una determinada versión; luego es replicada por otros medios, compartida en redes, indexada por buscadores y resumida automáticamente; finalmente, el nombre de una persona puede quedar asociado de manera permanente a una acusación, aun cuando el contenido original tuviera matices que se fueron perdiendo en cada reproducción.
En el caso Estrella Roja, la defensa pretende que esa asociación sea revisada. No pide, según el escrito, que desaparezca la información sobre el caso. Pide que no se transforme una referencia periodística o una versión de terceros en una afirmación falsa acerca de la situación procesal de una persona.
La diferencia es jurídicamente relevante y también periodísticamente saludable. Informar que una persona fue mencionada en una denuncia no es lo mismo que afirmar que fue imputada. Decir que alguien fue señalado públicamente no significa que haya sido formalmente acusado por la Justicia. Y estar vinculado periodísticamente con una investigación no equivale a ser penalmente responsable. La defensa pretende que esa frontera se mantenga visible.
EL ROL DEL PSICÓLOGO
La discusión sobre la presunción de inocencia no puede convertirse en una herramienta para deslegitimar automáticamente las denuncias. Una persona que denuncia un abuso tampoco tiene que demostrar públicamente, antes de ser escuchada por la Justicia, que su relato merece credibilidad.
En los casos de violencia sexual, además, muchas veces la primera expresión de una víctima aparece, justamente, en un ámbito de confianza: una amiga, un profesional, un familiar, un compañero. Eso no convierte automáticamente el relato en prueba judicial, pero tampoco lo vuelve irrelevante.
Por eso el papel del psicólogo ocupa un lugar tan delicado en esta historia. Según la denuncia inicial, fue él quien recibió los relatos de las jóvenes y quien posteriormente buscó asesoramiento jurídico.
En cambio, según la defensa de Luna, una de las jóvenes habría manifestado que el profesional ejerció presión para que denunciara y que además habría compartido información que le había sido confiada en el marco de su actividad.
El psicólogo puede haber sido quien permitió que un relato que permanecía dentro del ámbito privado llegara a la justicia. O puede haber existido alguna conducta que deba ser revisada. Eso tendrá que determinarlo la investigación.
El psicólogo no debería ser convertido ni en héroe ni en villano. Su actuación, sus comunicaciones y el alcance de sus obligaciones profesionales deberán ser evaluados a partir de elementos concretos.
DOS RELATOS
Estrella Roja se encuentra hoy atrapado entre dos relatos. Por un lado, está la versión de quienes sostienen que existieron abusos y que, posteriormente, se intentó silenciar a las jóvenes que habrían hablado. Por otro, aparece la defensa de una de las personas públicamente vinculadas con el supuesto encubrimiento, que afirma que su representado fue condenado socialmente sin haber sido siquiera mencionado por las jóvenes y sin que exista una imputación judicial en su contra.
Ambas posiciones tienen un punto en común, aunque parezca paradójico: reclaman que se conozca la verdad. La diferencia está en cómo entiende cada parte el camino para llegar a ella. Para quienes impulsaron la denuncia, el problema central es que los relatos de las jóvenes sean escuchados y que cualquier intento de presión o silenciamiento sea investigado.
Para la defensa, el problema central es que una denuncia o una versión transmitida por terceros no se transforme en una acusación penal contra alguien que no fue formalmente imputado. La Justicia deberá determinar qué elementos tienen sustento y cuáles no.
VÍNCULO DE
CONFIANZA
Mientras la investigación judicial avanza, en Estrella Roja queda una pregunta que excede los nombres propios: ¿Qué mecanismos existen dentro de las instituciones deportivas para que una joven pueda contar que atravesó una situación de abuso y sentirse protegida después de hacerlo?
El deporte genera vínculos de confianza muy particulares. Un entrenador puede ser, al mismo tiempo, una autoridad, una referencia deportiva y una persona con capacidad de influencia sobre la continuidad de una jugadora dentro de un equipo.
Esa relación de poder obliga a que los clubes cuenten con protocolos claros. No alcanza con reaccionar cuando una denuncia llega a los medios. Debe existir un mecanismo previo para escuchar, proteger, separar preventivamente cuando corresponda, preservar pruebas, evitar represalias y comunicar adecuadamente. Y también debe existir otro principio igualmente importante: ninguna persona puede ser convertida en culpable por una publicación en redes sociales.
La protección de posibles víctimas y la presunción de inocencia no son derechos incompatibles. Son dos obligaciones que una sociedad democrática debe poder sostener al mismo tiempo.
FINAL ABIERTO
A esta altura, el caso Estrella Roja parece lejos de haber llegado a una conclusión.
Hay una denuncia penal inicial. Hay relatos atribuidos a jóvenes. Hay una acusación por presuntos abusos. Hay otra línea referida a un supuesto encubrimiento y amenazas. Hay testimonios que podrían ampliar el expediente hacia otros clubes. Hay versiones sobre presiones a las jóvenes. Hay, también, declaraciones posteriores que introdujeron contradicciones respecto de la manera en que se había presentado inicialmente el caso.
Existe una defensa que reclama que se precise públicamente cuál es la verdadera situación procesal de su representado. La justicia tiene ahora la tarea más difícil: separar el ruido de la prueba. Determinar qué ocurrió, cuándo ocurrió, quiénes participaron, qué se dijo, qué se hizo después, qué elementos pueden ser acreditados y cuáles pertenecen todavía al terreno de las versiones.
Mientras tanto, la sociedad ya produjo su propio juicio. Las redes sociales ya eligieron culpables y defensores. Los nombres ya fueron asociados a palabras de enorme gravedad. Los vínculos laborales y personales ya sufrieron consecuencias.
Por su parte, las jóvenes involucradas, cualquiera sea el resultado final de la investigación, tendrán que convivir con una exposición que difícilmente pueda deshacerse por completo.
Por eso, quizás el desafío más importante de este caso no sea solamente establecer responsabilidades penales.También será necesario establecer responsabilidades institucionales, profesionales y periodísticas.
Si hubo abusos, la sociedad deberá preguntarse por qué no fueron detectados antes y qué mecanismos fallaron para proteger a quienes los denunciaron. Si hubo encubrimiento o amenazas, habrá que determinar quiénes participaron y con qué propósito. Si hubo presiones sobre las denunciantes, deberá investigarse y establecerse quién las ejerció.
El caso Estrella Roja todavía tiene un final abierto. La justicia tiene la última palabra.