La disputa de la Copa del Mundo por la Selección Argentina no fue la excepción, a la admiración deportiva que despertó el equipo de Messi y Scaloni le siguió una catarata de críticas, insultos y descalificaciones que trascendieron ampliamente el terreno deportivo.
Desde distintos medios de comunicación, redes sociales, dirigentes políticos e incluso algunos deportistas extranjeros comenzaron a multiplicarse acusaciones que calificaban a la Argentina como un país racista, xenófobo o discriminador. En muchos casos, esas afirmaciones no estuvieron acompañadas de análisis históricos, datos objetivos ni conocimiento de la realidad argentina.
Bastó una canción de cancha, un video aislado o una frase desafortunada para construir un juicio general sobre cuarenta y siete millones de personas y a ello sumemos la pasión argentina que se convierte en furor escénico, muchos confunden ese sentimiento, que es la suma de todos, a una crispación antológica sumida en la soberbia egocéntrica.
La facilidad con la que se formularon esas acusaciones obliga a preguntarse si realmente se estaba analizando un fenómeno social o si, por el contrario, se estaba recurriendo a un estereotipo conveniente para determinados discursos contemporáneos. Porque una cosa es condenar expresiones discriminatorias concretas -algo que corresponde hacer siempre- y otra muy distinta es transformar a un país entero en símbolo del racismo mundial.
La diferencia no es menor y aquí debemos desandar la memoria selectiva. Resulta llamativo que muchas de las críticas más severas provinieran precisamente de sociedades cuya historia está atravesada por algunos de los procesos de discriminación racial más profundos que conoció la humanidad.
Durante siglos, numerosas potencias europeas construyeron buena parte de su riqueza mediante el comercio transatlántico de esclavos. Millones de africanos fueron capturados, vendidos como mercancía y trasladados en condiciones inhumanas hacia América.
La esclavitud no fue un episodio marginal de la historia europea; constituyó uno de los pilares económicos sobre los cuales se edificaron grandes imperios coloniales. España, Portugal, Inglaterra, Francia y los Países Bajos participaron, con distinta intensidad y en diferentes períodos, de ese sistema comercial que convirtió a seres humanos en bienes transables.
No se trata de formular reproches retrospectivos ni de atribuir culpas hereditarias a las generaciones actuales. Pero sí resulta legítimo señalar una contradicción evidente cuando algunos discursos contemporáneos parecen olvidar completamente esa historia para presentarse como jueces morales de otros pueblos.
La memoria histórica no puede ser selectiva, no puede recordar únicamente aquello que resulta útil para condenar al otro mientras silencia los propios antecedentes.

La historia argentina siguió un camino distinto, la esclavitud existió durante el período colonial y nadie puede negar esa realidad. Sin embargo, el proceso de construcción institucional iniciado con la Revolución de Mayo avanzó tempranamente hacia su eliminación. La Asamblea del Año XIII aprobó la libertad de vientres, impidiendo que los hijos de mujeres esclavizadas continuaran naciendo bajo esa condición. La Constitución Nacional de 1853 dio un paso decisivo al prohibir definitivamente la esclavitud y declarar libres a quienes ingresaran al territorio argentino.
Décadas después, en 1913, la denominada Ley Palacios convirtió a la Argentina en uno de los primeros países del mundo en sancionar específicamente la trata de personas con fines de explotación sexual, reflejando una preocupación temprana por combatir formas contemporáneas de esclavitud.
Estos antecedentes no convierten a la Argentina en una sociedad perfecta ni inmunizan al país frente a episodios discriminatorios. Lo que demuestran es otra cosa. Demuestran que la tradición jurídica argentina incorporó muy tempranamente principios igualitarios que luego fueron profundizados por sucesivas generaciones.
A diferencia de otras sociedades, la Argentina nunca desarrolló un sistema de segregación racial institucional semejante al que existió durante décadas en los Estados Unidos. Mientras en ese país persistían escuelas separadas, transporte segregado, prohibiciones matrimoniales y restricciones electorales para ciudadanos afroamericanos, la Argentina organizaba su convivencia social sobre bases diferentes.
Ello no significa que nunca hayan existido prejuicios, discriminaciones individuales o desigualdades. Ninguna sociedad está completamente libre de esos fenómenos. Pero existe una diferencia sustancial entre episodios discriminatorios aislados y sistemas jurídicos construidos para separar personas por razones raciales.
La segregación legal estadounidense perduró hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Paralelamente, organizaciones como el Ku Klux Klan ejercieron durante décadas una violencia sistemática destinada a intimidar y perseguir a ciudadanos afroamericanos y a quienes defendían sus derechos civiles.
Recordar esa historia no implica desconocer los enormes avances que la sociedad estadounidense ha realizado desde entonces. Implica simplemente poner las acusaciones en perspectiva. Antes de repartir certificados de superioridad moral conviene recordar el propio recorrido histórico.
Con frecuencia se sostiene que la escasa presencia de jugadores afrodescendientes en la Selección Argentina constituiría una prueba de racismo. Ese argumento parte de una premisa equivocada, la composición étnica de una selección nacional refleja, en gran medida, la composición demográfica de su población.
La Argentina recibió una inmigración masiva proveniente principalmente del sur de Europa durante los siglos XIX y XX, circunstancia que influyó decisivamente en la estructura demográfica del país. Esa realidad histórica no puede interpretarse automáticamente como consecuencia de una política contemporánea de exclusión racial.
La diversidad de una sociedad responde a procesos históricos complejos, no a consignas ideológicas. Reducir esa complejidad a una acusación simplista constituye una forma de desinformación.
Existe además una consecuencia particularmente preocupante, cuando todo desacuerdo termina siendo calificado como racismo, el propio concepto pierde fuerza. El racismo auténtico existe, produce sufrimiento, destruye oportunidades, genera violencia, precisamente por ello debe ser denunciado con seriedad. Pero banalizar esa acusación utilizándola como herramienta para desacreditar adversarios deportivos o naciones enteras termina perjudicando la lucha contra la verdadera discriminación.
La historia merece más respeto y el debate público también.
Julio César Coronel