Con una probabilidad cercana al 60 %, el fenómeno dominará entre noviembre y enero. Su llegada advierte menos lluvias, más calor y un escenario de riesgo para los cultivos de verano.
La tarde todavía no cae sobre el Este santiagueño, pero el aire, espeso y quieto, parece querer anticipar la estación que viene. En el borde de un lote barbechado, un productor repasa con la punta de la bota el suelo resquebrajado. “No llueve donde tiene que llover”, dice, sin dejar de mirar el horizonte. No es una percepción aislada: lo que siente se refleja en los modelos climáticos que, una vez más, ponen a la región en el centro de un escenario adverso.
El análisis internacional del fenómeno ENOS confirma que el Pacífico ecuatorial atraviesa una fase fría: La Niña muestra una temperatura de hasta –0,6 °C por debajo de lo normal, un valor que la ubica dentro de la categoría “débil”, pero lejos de la inofensividad. Organismos como NOAA y la OMM coinciden en que esta condición tiene alrededor del 60 % de probabilidad de persistir hasta enero y de retornar a la neutralidad recién en el verano–otoño de 2026, una transición lenta que vuelve más incierta la campaña agrícola.
La Niña funciona como un engranaje planetario: baja la temperatura del Pacífico, reorganiza la circulación atmosférica y altera las lluvias en Sudamérica. Para Argentina, y especialmente para el Litoral, esto suele traducirse en precipitaciones inferiores a lo normal. Los modelos climáticos apuntan a que, para noviembre–diciembre–enero, existe más del 45 % de probabilidad de lluvias deficitarias en provincias como Entre Ríos, Santa Fe, Chaco y Corrientes, un patrón que se proyecta hacia el Este de Santiago del Estero.
Mientras tanto, el centro-noroeste del país podría recibir lluvias por encima del promedio, un contraste frecuente en episodios Niña. La OMM señala que estos comportamientos regionales no solo responden al ENOS, sino también a otros factores forzantes: este año, el Dipolo del Océano Índico se encuentra en fase positiva, lo que suele acentuar la sequedad en Sudamérica y elevar las temperaturas.
Los últimos 10 a 15 años dan cuenta de un fenómeno silencioso: las Niñas recientes han registrado temperaturas más altas, incluso cuando el océano marca condiciones frías. Este patrón vuelve a aparecer en 2025/26. En el NEA, los modelos proyectan una probabilidad superior al 45 % de temperaturas por encima de lo normal.
La combinación de suelo seco más menor humedad atmosférica y más circulación de aire cálido favorece la ocurrencia de olas de calor más intensas y prolongadas. Según el servicio europeo Copernicus, la persistencia de eventos de calor extremo se amplifica cuando la humedad del suelo se encuentra por debajo del 20 % de su capacidad, condición que hoy se observa en amplias zonas del Norte argentino.
SIN ALIVIO
Aunque el invierno y la primavera trajeron lluvias destacadas en otras regiones, aquí el agua volvió a faltar. En esta zona, ya se acumulan entre tres y cuatro campañas con precipitaciones por debajo de los valores históricos, una tendencia que erosiona lentamente la capacidad productiva del suelo.
Las reservas de humedad son insuficientes y la napa freática —en aquellos lugares donde incide en el cultivo— se encuentra por debajo de los 4 metros, lejos de aportar agua útil. Sin humedad profunda, los cultivos dependen casi exclusivamente de las lluvias futuras, que los modelos anticipan como irregulares y escasas.
El período crítico se concentrará entre noviembre y febrero, cuando La Niña estará en su máxima expresión y las temperaturas alcanzarán los picos más altos. Son menos sensibles para etapas como floración y llenado de granos; cualquier combinación de calor extremo y sequedad puede recortar rendimientos de forma drástica.
La historia reciente lo demuestra: 2020/21, 2021/22 y 2022/23 dejaron una sucesión de campañas castigadas que, aun sin alcanzar niveles “fuertes”, fueron devastadoras por el agotamiento previo del perfil hídrico. Los especialistas advierten que la intensidad del evento —medida solo por la anomalía térmica del Pacífico— no determina la magnitud del daño.
A esto se suma un factor de largo plazo: desde 2007–2008 se incrementaron los ingresos de vientos polares, lo que limita el aporte de humedad del Atlántico, intensifica los veranos y provoca más heladas tempranas o tardías. En un contexto de clima más variable y extremo, cada campaña se vuelve un tablero de precisión.

El consenso técnico recomienda desplazar las fechas de siembra de los cultivos de verano. Las implantaciones deberían realizarse entre finales de diciembre y enero, e incluso extenderse a los primeros días de febrero, aprovechando las lluvias esporádicas.
Si bien existe margen, no se recomienda sembrar después del 15 de febrero, ya que el riesgo de heladas tempranas —que en promedio ocurren después del 10 de mayo— aumenta considerablemente.
En el caso del maíz, el cuidado es doble: evitar que la floración coincida con olas de calor es clave, porque la esterilidad del polen puede reducir el rendimiento incluso en suelos con agua disponible. La planificación fina, el uso de híbridos tolerantes y las decisiones basadas en pronósticos subestaciones serán herramientas determinantes.
VERANO
La Niña que ya asoma puede ser débil en los mapas, pero es fuerte en sus consecuencias para la región. Entre la falta de humedad, la baja napa y el pronóstico de lluvias escasas, el Este de Santiago del Estero afronta una campaña de alto riesgo hídrico y térmico.
En este escenario, cada milímetro de lluvia será un recurso estratégico y cada decisión agronómica, una apuesta.
Entre la incertidumbre climática y los ciclos productivos que no se detienen, el desafío será —una vez más— sembrar con información, ajustar expectativas y gestionar el riesgo en un territorio cada vez más expuesto a los extremos climáticos.