22 de abril, 2026
Colaboración

En el tablero geopolítico contemporáneo, pocas disputas han sido tan persistentes, ambiguas y peligrosas como la que enfrenta a Estados Unidos con la República Islámica de Irán.

No se trata de una guerra formal, nunca declarada bajo los cánones tradicionales del Derecho Internacional, pero sí de un enfrentamiento material, constante y multifacético que se ha extendido, con sus dimes y diretes, durante décadas.

En este conflicto de baja intensidad -aunque de altísimo impacto- confluyen intereses estratégicos, tensiones ideológicas, operaciones encubiertas y episodios de violencia directa que han mantenido al mundo al borde de una escalada mayor.

El episodio más reciente, que concluyó con una tregua precaria de pocos días, deja un saldo complejo, difícil de encasillar en términos binarios de victoria o derrota. Sin embargo, si algo parece claro es que las expectativas iniciales de Washington -que había prometido debilitar de manera decisiva al régimen iraní- no se han cumplido.

Por el contrario, Teherán no solo resistió la presión, sino que logró imponer condiciones en el cierre del último capítulo de esta confrontación, ahora cierra el estrecho de Ormuz con más ahínco que antes de las frustradas negociaciones.

Trump nos tiene acostumbrados a declaraciones sensacionalistas, pero por su verborragia, uno no sabe si creer o no, pero en esta oportunidad, tenía una fuerte conmoción nacional e increíblemente participó con su delfín, el vicepresidente Vance, en una suerte de arremetida diplomática bajo un manifiesto apriete militar.

Si Irán no cedía, se prometía hacerla desaparecer a los tiempos de los primeros siglos, clara amenaza que destruiría toda infraestructura de servicios esenciales y que, ciertamente, llevaría al pasado a su población, que mira de manera desconcertada cómo el régimen los oprime y cómo los Estados Unidos pueden hacerla la vida aún más difícil.

Por lo pronto, Irán no cede, Estados Unidos acecha amenazante y el mundo desespera.

Debemos recordar que, desde la Revolución Islámica de 1979, la relación entre Estados Unidos e Irán ha estado marcada por la hostilidad. Sanciones económicas, sabotajes, ciberataques, asesinatos selectivos y enfrentamientos indirectos a través de actores regionales han configurado una dinámica de conflicto permanente.

En este contexto, el reciente recrudecimiento de las tensiones parecía anticipar un punto de inflexión. Washington endureció su postura con una retórica que rozaba la confrontación abierta, mientras que Irán respondió reforzando su presencia en puntos estratégicos del Golfo Pérsico y consolidando alianzas regionales.

Israel, por su parte, se mantuvo como un actor central y profundamente involucrado. Para el Estado israelí, Irán representa una amenaza existencial, no solo por su retórica, sino por su influencia en grupos armados en la región. Esta percepción llevó a Tel Aviv a respaldar -y en algunos casos impulsar- acciones destinadas a contener el poder iraní.

Uno de los elementos más críticos del conflicto fue y sigue siendo el control del estrecho de Ormuz, un corredor marítimo clave por donde transita una porción significativa del petróleo mundial.

La decisión de Irán de restringir la navegación en este paso estratégico genera una presión internacional creciente, disparando los precios de la energía y aumentando la preocupación global.

La reapertura del estrecho, como parte de la tregua alcanzada momentáneamente, fue presentada por algunos sectores como un triunfo diplomático. Sin embargo, un análisis más profundo revelaba matices menos optimistas y así sucedió.

La medida no surge como una concesión unilateral, sino como parte de una negociación en la que Irán lograba sostener su estructura de poder interno y evitar concesiones significativas en otros frentes.

Responder a la pregunta de quién gana y quién perdió hasta ahora implica reconocer la naturaleza asimétrica del conflicto. Estados Unidos, con su superioridad militar y económica, no logró traducir esa ventaja en un resultado político claro. Su objetivo de debilitar o aislar completamente al régimen iraní quedó lejos de concretarse.

Israel, en cambio, aparece como uno de los actores más perjudicados. Rodeado por una región mayoritariamente árabe y con Irán como adversario declarado, el Estado israelí no consiguió alterar el equilibrio estratégico a su favor.

La continuidad del régimen de los ayatolás implica que la amenaza percibida permanece intacta, y quizás incluso reforzada por la demostración de resiliencia iraní.

Por su parte, Irán emerge con una posición relativamente fortalecida. No solo resistió la presión externa, sino que logró imponer una tregua en sus propios términos, manteniendo intacto su sistema político y proyectando una imagen de firmeza hacia el interior y el exterior para luego desoír las amenazas estadounidenses.

El alto el fuego alcanzado tenía más de solución temporal que de acuerdo estructural. La limitación temporal -apenas unos días- reflejaba la fragilidad del entendimiento y la persistencia de las tensiones subyacentes.

En este marco, la reapertura del estrecho de Ormuz puede interpretarse como un gesto táctico más que como un cambio estratégico y el posterior cierre hermético la conclusión anticipada de lo que se preveía una contienda sin límite temporal hasta que uno de los enemigos este tumbado sin posibilidades de levantarse.

Otro elemento que añade complejidad al escenario es la presencia de millones de ciudadanos con doble nacionalidad, particularmente en el caso israelí. Esta realidad genera vínculos transnacionales que pueden influir tanto en la política interna como en la percepción del conflicto a nivel global.

Las lealtades múltiples, lejos de ser un factor secundario, se convierten en un componente clave en un mundo interconectado donde las decisiones locales tienen repercusiones globales.

Más allá de la estéril tregua, el conflicto entre Estados Unidos e Irán permanece sin resolver y no tiene visos de solución en la cercanía.

Las causas profundas -ideológicas, estratégicas y geopolíticas- siguen vigentes, y los incentivos para una confrontación futura no han desaparecido.

Lejos de una victoria clara, el episodio reciente deja un escenario de incertidumbre, donde todos los actores enfrentan costos y desafíos. Estados Unidos ve cuestionada su capacidad de imponer condiciones; Israel enfrenta un entorno estratégico adverso; e Irán, aunque fortalecido en el corto plazo, continúa bajo presión internacional.

En definitiva, se trata de una guerra que no se declara, pero que tampoco termina.

Una guerra que se libra en múltiples frentes —militar, económico, simbólico— y cuyos efectos se extienden mucho más allá de Medio Oriente.

La tregua fue, más que un cierre, apenas un capítulo en una historia que aún está lejos de escribirse por completo.

Julio César Coronel

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