Nunca fue tan fácil difundir una mentira ni tan difícil recuperar la verdad. Redes sociales, inteligencia artificial, algoritmos y cadenas de mensajería aceleran la circulación de contenidos engañosos que influyen en decisiones personales, políticas y económicas. ¿Quiénes producen la desinformación? ¿Cómo logran instalar determinados relatos? ¿Qué intereses se esconden detrás?
Es un martes caluroso de invierno en Santiago del Estero. Son las dos de la tarde y en la peatonal Absalón Rojas el flujo de transeúntes comienza a mermar bajo la tregua de la siesta. En una mesa exterior de una tradicional confitería, un hombre observa la pantalla de su teléfono. Suspira, frunce el ceño y le muestra el aparato a su acompañante:
—Mirá lo que mandaron al grupo del barrio... Dice que van a cortar el agua en toda la zona sur por tres días y que la municipalidad está regalando bidones en el Parque Aguirre.
El acompañante no duda. En tres segundos, presiona “Reenviar a todos”. No consulta la página oficial de Aguas de Santiago, ni busca en los portales locales, ni espera el boletín informativo de las radios o diarios. El mensaje rueda como una piedra por la ladera de un cerro. Para cuando el hombre termine su café, el rumor habrá cruzado el puente Carretero hasta La Banda, saturado los grupos de mamás y papás de los colegios céntricos y provocado filas de vecinos atemorizados con baldes vacíos en las inmediaciones del lugar citado.
Hubo un tiempo —no tan lejano, apenas guardado en la memoria analógica de la provincia— en que la información recorría un camino previsible. Los diarios impresos que llegaban de madrugada, la radio matutina y el noticiero del mediodía marcaban la pauta del debate público. El periodismo profesional actuaba como un filtro estricto que contrastaba planillas, llamaba a la fuente oficial y cotejaba datos antes de imprimir o salir al aire.
Hoy, ese edificio conceptual se ha desmoronado. La revolución digital transformó cada smartphone en una redacción ambulante, una imprenta instantánea y una antena transmisora. En la geografía santiagueña, donde el uso de telefonía móvil creció a ritmos exponenciales en la última década, este fenómeno ha reconfigurado la vida cotidiana de forma tangible. La verdad dejó de ser un consenso de partida para convertirse en un territorio ferozmente disputado.
“La mentira no necesita grandes inversiones para propagarse en Santiago del Estero: solo necesita la confianza ciega de un vecino que presiona compartir”.

La velocidad se convirtió en el principal aliado de la mentira. Mientras una falsedad puede alcanzar a miles de santiagueños en un puñado de minutos, la rectificación institucional o la verificación periodística llega tarde, cuando el ecosistema social ya digirió la versión apócrifa. La discusión de fondo ya no es únicamente quién tiene la razón, sino quién posee la tecnología y la audacia para construir la versión de la realidad que la sociedad terminará asumiendo como cierta.
La economía de la atención
Para entender por qué una mentira prospera en las calles de Santiago del Estero no hay que buscar únicamente motivaciones ideológicas; hay que seguir la ruta del dinero. En el vasto mercado de internet, la atención humana es la moneda de cambio más codiciada. Cada clic, cada comentario furioso en una publicación de Facebook, cada interacción en TikTok y cada segundo extra de permanencia frente a una pantalla generan ingresos publicitarios para plataformas globales y sitios web fantasmas.
Ese diseño económico premia, de manera deliberada, el contenido capaz de activar las emociones más primarias. La rabia cotiza; el miedo vende; el escándalo factura. La explicación racional de un fenómeno complejo —como el trazado de un plan de obras públicas o la dinámica tarifaria del transporte urbano— raramente se viraliza. En cambio, un titular catastrofista redactado para escandalizar logra picos de tráfico inmediatos.
En este engranaje, las plataformas actúan como amplificadores ciegos. Sus algoritmos detectan qué contenido hace que la gente reaccione con mayor vehemencia y lo empujan hacia las pantallas de miles de usuarios en la provincia. El resultado es un círculo donde las posturas más polémicas o las invenciones más estrambóticas reciben una visibilidad desproporcionada. La mentira, en términos estrictamente financieros, resulta ser un modelo de negocios extraordinariamente rentable.
Detrás del caos informativo existe una estructura profesionalizada. Empresas especializadas en comunicación digital ofrecen servicios para posicionar tendencias ficticias, sembrar rumores sobre empresas competidoras o erosionar el prestigio de figuras políticas. En este tablero operan granjas de perfiles falsos administradas desde cualquier rincón del planeta, bots programados para replicar etiquetas de forma masiva y consultoras que moldean la conversación pública a pedido.

No todas las operaciones persiguen volcar el resultado de una elección en la provincia. Muchas tienen fines estrictamente comerciales:
La producción de desinformación es escalar. En el nivel superior se ubican los estrategas que diseñan la narrativa y fabrican la pieza gráfica o el audio manipulado. En el medio, algoritmos automáticos multiplican la distribución. En la base, miles de ciudadanos bienintencionados reenviaban el material a sus círculos íntimos sin detenerse a dudar. La mentira ya no requiere millonarias campañas publicitarias: se alimenta del comportamiento colectivo y de la inercia del usuario hiperconectado.
Inteligencia Artificial y deepfakes
Hasta no hace mucho, adulterar una prueba visual exigía un diseñador gráfico calificado y horas de trabajo en software especializado. Hoy, la Inteligencia Artificial Generativa ha democratizado el engaño. Con solo ingresar una instrucción en texto dentro de una plataforma gratuita, cualquier persona puede fabricar una fotografía hiperrealista o clonar la voz de un funcionario provincial con una precisión pasmosa.
Los llamados deepfakes —videos o audios generados por computadoras donde una persona parece decir o hacer algo que jamás ocurrió— representan el quiebre de una de las reglas de oro de la convivencia humana: la confianza en lo que ven nuestros propios ojos.
Imaginemos un escenario no muy lejano en el contexto local: un audio circulando por WhatsApp a las seis de la mañana con la voz perfectamente clonada de un dirigente político convocando a un paro general de transportes, o un video manipulado que muestra a un comerciante del sector gastronómico admitiendo irregularidades en su local. Para cuando la víctima logre desmentir la autenticidad del archivo, la percepción pública habrá sido alterada sin remedio.
La tecnología ha permitido enormes avances en medicina, investigación y producción audiovisual en las universidades locales, pero también ha reducido a cero el costo de fabricar mentiras personalizadas. Un solo individuo con una conexión Wi-Fi desde una habitación en el barrio Tradición puede generar decenas de piezas engañosas en cuestión de minutos.

Algoritmos, nuevos editores de la realidad
Durante décadas, la jerarquía de las noticias en la provincia la determinaban los jefes de redacción y directores de radio. Hoy, esa potestad pertenece a líneas de código diseñadas en Silicon Valley. Plataformas como Facebook, Instagram, TikTok, X y YouTube no priorizan el orden cronológico; muestran lo que el algoritmo predice que mantendrá al usuario pegado a la pantalla.
Analizan cada interacción: cuántos segundos se detuvo la mirada en un video de TikTok grabado en la costanera del río Dulce, qué tipo de comentarios se dejan en las publicaciones de los medios locales, qué temas provocan rechazo o adhesión. Con esa montaña de datos, las corporaciones construyen un perfil psicológico y de consumo de cada ciudadano.
El peligro de este sistema es la creación de cámaras de eco: entornos digitales donde el usuario solo ve reflejadas las ideas que coinciden con sus sesgos preexistentes. Si un vecino consume contenido que critica severamente una medida de gobierno, el sistema lo inundará de publicaciones con esa misma perspectiva, desterrando de su pantalla cualquier dato que lo contradiga. Así, la sociedad se fragmenta en compartimentos estancos donde cada grupo cree habitar una realidad paralela.
En el territorio provincial, la adopción tecnológica presenta características particulares. Mientras Facebook se mantiene firme en la franja de adultos mayores e Instagram domina en el segmento joven, WhatsApp es el verdadero corazón palpitante de la circulación informativa.
En los 27 departamentos de la provincia, los grupos de WhatsApp vertebran la vida laboral, escolar, comunitaria y familiar. Es en esas conversaciones privadas donde se cruzan las placas de noticias reales con cadenas anónimas, audios alarmistas sin firma y mensajes que apelan a la urgencia.
La comunicación en Santiago posee una impronta fuertemente interpersonal. Las relaciones de vecindad, el parentesco y la cercanía comunitaria hacen que la confianza sea traslativa: un usuario tiende a creer en un mensaje no por la solvencia de la fuente original, sino porque se lo mandó su primo, su compadre o la maestra de su hijo. Ese componente afectivo convierte a la aplicación de mensajería en el vehículo más veloz e incontrolable para la expansión del rumor.
Cuando la desinformación vulnera esa trama de confianza, el impacto salta del mundo digital a la convivencia cotidiana. Se erosionan las relaciones entre vecinos, se infunde pánico infundado sobre la seguridad en las plazas públicas y se mina la credibilidad de instituciones esenciales como los centros de salud o las escuelas del barrio.

La alfabetización mediática
Frenar la marea de mentiras no es un problema que pueda resolverse únicamente mediante la censura de cuentas o el filtrado tecnológico. La respuesta más sólida consiste en armar conceptualmente a los ciudadanos a través de la alfabetización mediática e informacional.
Saber navegar por internet no equivale a saber informarse. La alfabetización digital implica desarrollar habilidades críticas para identificar la arquitectura de un mensaje: Reconocer si un portal web tiene un equipo editorial responsable o es una página anónima. Detectar inconsistencias en la iluminación o el audio de un video sospechoso. Comprender cómo las plataformas monetizan el sesgo y la indignación. Incorporar el hábito reflexivo de pausar antes de hacer clic en “Compartir”.
El Reuters Institute subraya que solo dos de cada diez personas han recibido algún entrenamiento formal sobre verificación de contenidos en redes. Sin embargo, aquellas que pasaron por instancias educativas muestran una predisposición sensiblemente mayor a verificar los datos y una cautela superior ante los titulares escandalosos. En las aulas de la provincia, desde el nivel primario hasta las aulas universitarias, la enseñanza del pensamiento crítico sobre el consumo digital se ha vuelto una urgencia pedagógica insoslayable.
A este escenario se suma un dilema de libertades públicas: ¿dónde termina la moderación responsable y dónde empieza la censura previa? Otorgar a un puñado de firmas multinacionales el poder de determinar qué es verdad y qué debe ser borrado del debate público genera suspicacias en sectores políticos y jurídicos por igual.
Mientras ese debate escala a nivel global, Santiago del Estero experimenta las consecuencias cotidianas de la aceleración informativa. Las instituciones públicas locales se ven obligadas a montar esquemas de comunicación de crisis para desmentir cadenas falsas que amenazan con desbordar la atención en hospitales o paralizar trámites en oficinas estatales. La desinformación erosiona la confianza institucional y deja a la comunidad en un estado de sospecha permanente.
Investigación local
Si bien los estudios académicos centrados específicamente en el impacto algorítmico en la provincia son incipientes, la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) —a través de sus carreras de Comunicación, Educación e Informática— ha comenzado a articular proyectos que indagan en la cultura digital, la circulación de noticias y los nuevos hábitos de consumo en el territorio.
Investigadores locales coinciden en que la manipulación informativa dejó de ser un asunto meramente técnico para transformarse en un desafío sociocultural que compromete la calidad de la vida democrática provincial.
Por su parte, informes recientes elaborados conjuntamente por la UNESCO y la consultora IPSOS revelan datos inquietantes sobre el contexto global en el que se inserta la provincia. Estas cifras exponen la enorme fragilidad sobre la que se construye la opinión pública en la actualidad.
Desde la Licenciatura en Periodismo de la Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud, docentes y estudiantes impulsaron el proyecto de extensión "Alfabetización mediática y construcción de la realidad en la era de la posverdad: Fake news, criterios de noticiabilidad y agenda setting", cuyo propósito fue analizar cómo circula la información entre los integrantes de la comunidad universitaria y fortalecer el pensamiento crítico frente a las noticias falsas.
La iniciativa, dirigida por el docente Omar Layús Ruiz, combina investigación, extensión universitaria y capacitación. El equipo realizó encuestas para conocer los hábitos de consumo informativo de estudiantes, docentes, egresados y personal no docente, además de organizar talleres destinados a desarrollar herramientas para reconocer contenidos manipulados y comprender cómo funcionan los mecanismos de la desinformación.
El proyecto parte de una premisa central: en un contexto donde cualquier usuario puede producir contenidos y difundirlos de manera instantánea, la formación de ciudadanos críticos resulta tan importante como el acceso mismo a la información.
La investigación de la UNSE reflejó una realidad que atraviesa a toda la provincia. Cada vez más santiagueños acceden a las noticias desde el teléfono celular y, especialmente entre los sectores más jóvenes, las redes sociales compiten directamente con los medios tradicionales como fuente principal de información.
Este cambio tecnológico modificó la manera en que se construye la opinión pública. Las plataformas digitales permiten acceder a una enorme diversidad de voces, pero también facilitan la circulación de rumores, contenidos fuera de contexto y materiales generados mediante inteligencia artificial.
En ese contexto, el proyecto desarrollado por la UNSE adquiere una importancia estratégica. No solo busco medir cómo se informan los santiagueños, sino también contribuir a formar ciudadanos capaces de distinguir entre información verificada, propaganda, opinión y manipulación digital.
La disputa por la verdad ya no se define únicamente en las redacciones periodísticas. También se libra en las aulas, en las universidades y, sobre todo, en cada teléfono celular desde el que diariamente se decide qué información compartir y cuál poner en duda.