12 de febrero, 2026
Entrevistas

En el contexto de una provincia atravesada por casos emblemáticos de violencia de género, como la causa de Sebastián Corti que aún interpela a la sociedad santiagueña, la psicóloga Emily Azar analiza las consecuencias psíquicas del maltrato, los círculos y los desafíos que enfrentan las mujeres para reconstruir su vida después del abuso.

La violencia de género sigue siendo una de las problemáticas más persistentes y dolorosas en Santiago del Estero. No siempre se manifiesta con golpes visibles, pero deja marcas profundas que atraviesan la subjetividad, los vínculos y la vida cotidiana de quienes la padecen. En la última edición de Revista La Columna, la psicóloga Emily Azar aborda esta realidad desde una entrevista que pone el foco en la mente, las emociones y los procesos de sanación de las mujeres que atravesaron situaciones de maltrato.
Con una mirada clínica y a la vez profundamente humana, Azar responde a preguntas clave que permiten comprender por qué la violencia no termina cuando cesa la agresión y qué se necesita para reconstruirse después.

—¿Qué sucede en la mente de una mujer maltratada?
—Lo primero que se produce es una ruptura interna. La mujer comienza a dudar de sí misma, de sus percepciones, de su valor personal. En muchos casos aparece la culpa, aunque no haya responsabilidad real. La violencia sostenida genera un desgaste psíquico profundo: se altera la autoestima, se normaliza el maltrato y se pierde la capacidad de registrar el daño. En Santiago del Estero, donde muchas veces el silencio se aprende desde chicas, esto se potencia, porque se refuerza la idea de que hay que soportar.
Azar explica que el miedo constante modifica el funcionamiento mental. La mujer vive en estado de alerta, anticipando el conflicto, adaptándose para evitar nuevas agresiones. “La mente se acomoda para sobrevivir”, señala, y aclara que ese mecanismo, aunque protector en el momento, deja secuelas a largo plazo.

—¿Qué consecuencias presentan aquellas que pasaron por situaciones de violencia?
—Las consecuencias son múltiples y no siempre inmediatas. Pueden aparecer trastornos de ansiedad, depresión, ataques de pánico, dificultades para dormir, somatizaciones y problemas en los vínculos. Muchas mujeres sienten que ya no son las mismas, que perdieron la alegría o la confianza. También es frecuente la dificultad para tomar decisiones, porque durante mucho tiempo alguien decidió por ellas.
En el contexto local, Azar observa que muchas mujeres llegan a consulta cuando el cuerpo empieza a hablar: dolores persistentes, agotamiento extremo, angustia sin causa aparente. “La violencia deja marcas invisibles, pero muy profundas”, afirma en la entrevista publicada por La Columna.

—¿Existe un patrón característico en las mujeres que sufren violencia de género?
—No hay un perfil único, y eso es importante aclararlo. La violencia atraviesa edades, niveles educativos y realidades sociales. Sin embargo, sí se repiten ciertos patrones emocionales: baja autoestima, miedo al abandono, dificultad para poner límites y una fuerte tendencia a responsabilizarse por lo que ocurre. Muchas crecieron en entornos donde la violencia estaba naturalizada, y eso influye en lo que consideran normal.
Azar remarca que en Santiago del Estero todavía pesan mandatos culturales muy fuertes sobre el rol de la mujer, el sostén de la familia y el “aguantar por los hijos”, lo que muchas veces prolonga situaciones de maltrato.

—¿Por qué algunas no pueden salir de ese círculo o regresan a espacios violentos?
—Porque la violencia no es solo física, es psicológica y emocional. El agresor suele generar dependencia, aislamiento y miedo. Salir implica enfrentarse a la incertidumbre, a veces a la soledad y a la falta de recursos. Muchas mujeres sienten que no van a poder solas o que nadie les va a creer. Además, después de la agresión suele venir el arrepentimiento, la promesa de cambio, y eso reactiva la esperanza.
Azar explica que no se trata de falta de voluntad, sino de un entramado complejo de factores emocionales, económicos y sociales. “Juzgar desde afuera es muy fácil, pero salir de la violencia es un proceso”, sostiene.

—¿Cómo es el proceso para sanar luego de situaciones de agresión?
—Sanar no es olvidar, es resignificar. El primer paso es recuperar la palabra y validar lo vivido. La terapia permite reconstruir la identidad, fortalecer la autoestima y volver a confiar en una misma. Es un camino que lleva tiempo y requiere acompañamiento. En muchos casos, también es fundamental el apoyo de redes familiares, sociales e institucionales.
La psicóloga destaca que cada mujer tiene su propio ritmo y que no hay recetas universales. “Lo importante es que entiendan que no están solas y que pedir ayuda es un acto de valentía”, afirma.

Emily Azar propone una mirada profunda y necesaria sobre una problemática que sigue interpelando a la sociedad santiagueña. Desde una escritura clara y comprometida, la nota pone en palabras lo que muchas veces permanece oculto y refuerza una idea central: hablar de violencia de género y de salud mental es un paso indispensable para romper el círculo y empezar a sanar.

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