20 de agosto, 2026
Pienso, luego existo

Quizás deberíamos imaginar por un instante que San Martín regresa a la Argentina, que vuelve, no para montar nuevamente a caballo ni para atravesar los Andes, sino para caminar nuestras calles, escuchar nuestras discusiones y mirar, con el silencio de quien ya ha visto demasiado, el país que ayudó a construir.

¿Qué pensaría al encontrarnos tan divididos? Tal vez no comprendería que argentinos que nacieron bajo la misma bandera se miren hoy como enemigos. Que una elección pueda convertir al compatriota en adversario y al adversario en enemigo. Que discutamos con una violencia que muchas veces nos impide escucharnos, mientras los problemas verdaderamente graves continúan esperando una respuesta.

Quizás San Martín preguntaría qué hicimos con aquella libertad por la que tantos dejaron la vida. Y probablemente le resultaría todavía más difícil comprender que, mientras millones de argentinos luchan cada día para llegar a fin de mes, la corrupción continúe encontrando refugio en sectores del poder.

Que el dinero público, que debería transformarse en escuelas, hospitales, caminos, seguridad y oportunidades, pueda terminar alimentando privilegios, negocios oscuros o fortunas inexplicables.

¿Qué pensaría al saber que el narcotráfico ha penetrado barrios, familias y comunidades; que jóvenes mueren o quedan atrapados en el consumo?  Quizás preguntaría algo muy sencillo: ¿para esto luchamos?

Porque San Martín no cruzó los Andes para que la libertad significara solamente la posibilidad de elegir autoridades cada cuatro años.  La libertad también debía significar dignidad, la posibilidad de que un niño pudiera crecer sin hambre, estudiar, trabajar y construir su propio destino y aquí estaría quizás nuestra mayor deuda.

Mientras algunos discuten quién tiene razón, hay argentinos que no tienen qué comer. Mientras otros acumulan privilegios, hay familias que viven sin cloacas, sin vivienda digna o sin empleo estable. Mientras la política se consume en enfrentamientos, hay jóvenes que sienten que el futuro no les pertenece.

San Martín probablemente no nos pediría que todos pensáramos igual, Él mismo sabía que una Nación no se construye desde la uniformidad, sino desde un propósito común.

Tal vez nos exigiría algo mucho más difícil, que volviéramos a sentirnos argentinos antes que partidarios, durante el Mundial la Selección lo logró pero fue efímero.

Nos recordaría que la Patria no pertenece a un gobierno, a un partido, a una ideología ni a un dirigente, pertenece a todos.

También a quienes piensan distinto, a quienes protestan, a quienes gobiernan, y, fundamentalmente, a quienes esperan del Estado algo tan elemental como justicia, seguridad y una oportunidad.

Quizás, después de observarnos durante unos días, volvería a guardar silencio, miraría nuevamente hacia la cordillera y emprendería el regreso. Pero antes de irse podría dejarnos una pregunta que no admite respuestas partidarias, ¿Qué país estamos dejando a nuestros hijos?

Porque la Argentina no necesita otro héroe que venga a salvarla, necesita ciudadanos capaces de comprender que ninguna grieta puede ser más importante que la Nación, que ningún interés particular puede estar por encima del bien común y que ninguna bandera política puede justificar la corrupción, la impunidad, la violencia o la pobreza.

Si San Martín regresara hoy, quizá no nos pediría que volviéramos al pasado, nos pediría que estuviéramos a la altura del futuro. Y tal vez esa sea, todavía, nuestra verdadera batalla por la independencia.

 

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