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Rosa Cianferoni: Vivir para el teatro
02 de abril, 2026
Actualidad

En el Día Mundial del Teatro, Rosa Cianferoni, ctriz y formadora, traza un diagnóstico crudo sobre la escena cultural: precariedad, falta de políticas públicas y pérdida de comunidad entre artistas. Lejos del estrellato, reivindica el teatro como una práctica de compromiso, capaz de interpelar y transformar incluso en tiempos de crisis.

Con 65 años de edad y casi 50 de trayectoria,  Maria Rosa Cianferoni se define como una pionera del teatro santiagueño. Licenciada en gestión educativa y profesora de música y declamación,  su camino comenzó a los 16 años con La zapatera prodigiosa de García Lorca. Para ella, la actuación no es solo una disciplina, es una necesidad vital: "Sin teatro yo no puedo vivir, es como el oxígeno. Es una forma de vida. Yo creo que es una misión”

Desde entonces, atravesó escenarios, crisis, viajes, salas vacías, salas llenas, y también largos períodos donde sostener el teatro en Santiago del Estero implicaba, simplemente, no abandonarlo.

Porque si algo marca su relato es eso: la insistencia. Recuerda cuando en la provincia directamente no había teatro “Cuando nosotros empezamos, hacía 30 años que no se hacía teatro en Santiago del Estero”, cuenta. Y en esa frase refleja a su generación,  la de los que no solo actuaban, sino que tenían que construir el espacio para poder hacerlo.

María Rosa fue parte de ese proceso. Confiesa que en algún momento se preguntó por qué le tocó vivir en aquí porque no hay nada, hasta que reflexionando llegó a una conclusión clara “Y bueno, tal vez esa sea la misión, generar, crear”.

De esta manera se dedicó a crear grupos independientes, formó actores, impulsó proyectos, fue creado el taller de Teatro de la Universidad Católica, con Fabián Torres, el cual estrenó el auditorio de la universidad, con dos obras que escribieron alumnos.

Fue parte de la formación de Tunse, el Teatro Universitario, del que fue parte durante 12 años junto a colegas como Rafael Nofal, Jorge Hacker, Raúl Dargoltz como autor, con quienes ha recorrido todo el país e incluso México.

Siempre siempre abriendo puertas, “Yo siento que esa es mi tarea, aquí”.

 

 El arte que cura, y también incomoda

En su extensa trayectoria, Rosa se ha encontrado con la idea reduccionista de que el teatro se limita solo al disfrute. Sin embargo, señala que es un grave error reducirlo solo  al entretenimiento. “El arte salva, el arte cura”, afirma.

Y no lo dice con la intención de  romantizar la actividad, explica que existen disciplinas como el  arteterapia o el psicodrama, materia de estudio de la psicología , e incluso en prácticas alternativas  como constelaciones familiares. “La dinámica consiste en tomar distintos roles, incluso cambiar los roles, hacer representación de los conflictos. Me ha tocado participar en un juego, en donde yo tenía que tomar el rol de mi hijo, y mi hijo tenía que tomar mi rol, y llegamos a entendernos, es maravilloso.”

Resalta la formación en los valores que requiere la formación artística, en lo que se transmite arriba y abajo del escenario: “El teatro enseña respeto, escucha, tolerancia. Te obliga a mirarte y a mirar al otro”.

Sostiene de manera contundente que no es solo un pasatiempo. También es terapia, es política, es una forma de entender lo que nos pasa.

Esa dimensión política aparece cuando recuerda obras que dialogaban con momentos duros de la provincia, cuando el escenario funcionaba como espacio de reflexión colectiva. El teatro abierto, por ejemplo, ha sido el principio de la resistencia argentina

ante la dictadura  Y de esta manera agrega “El teatro que representa al pueblo, no puede fracasar. Hoy en día, estamos observando que se hace un tipo de teatro muy de consumo masivo, es revisteril, estilo divertimento, incluso a la gente le preguntamos y nos dicen que quieren comedias queremos cosas para chicos, y quedarse ahí. Pero el teatro no es solamente para entretener”

A partir de este panorama, cita al dramaturgo Bertolt Brecht para reforzar su postura “Tal vez sin proponérselo, él dice que no hay que emocionar, hay que lograr que la gente piense cuando salga del teatro. Porque de nada vale que el espectador salga llorando, y a la salida siga cometiendo los mismos errores.”

 Entre la pasión y la precariedad

La vocación, sin embargo, no alcanza para resolver las condiciones materiales.

Rosa lo dice sin rodeos: “No hay políticas de Estado, y lamentablemente el Instituto Nacional del Teatro ha estado casi por cerrarse. No es que nosotros queramos que nos subsidien permanentemente, sino que haya una cobertura, digamos, un sostén de la actividad.”

Muchos artistas viven de otras profesiones para poder seguir creando. Y no es algo nuevo, recuerda que con sus compañeros pioneros trabajan gratis siempre pensando en que no se deje de actuar.

Ahora las salas son caras, las producciones salen del propio bolsillo, y la gente no va a los espectáculos, en gran medida se debe a la situación económica, pero la actriz cree que también son los cambios de hábitos post pandemia. “Es mucho el resabio de la cuarentena, que nos han prohibido incluso trabajar. Innecesariamente, porque se podía hacer el teatro al aire libre, como que lo hemos hecho, resistiendo”

La explosicion del consumo por pantallas juega un papel clave. Reconoce que la tecnología sirve como herramienta pero no se la puede pensar como un sustituto.  Ahí aparece una de sus definiciones más claras: “El teatro tiene que ser contacto humano ante todo.”

En un presente que describe como “hostil”, atravesado por crisis económicas, tensiones sociales y falta de apoyo al sector, Rosa no habla de cierre, sino de continuidad. “Mientras haya un actor, un espectador y un mensaje, hay teatro”.

Y aunque la tarea se dificulta, la única opción es resistir. “Es muy dura la tarea del artista en esta provincia. Siempre hay que reiniciar, empezar de nuevo”.

La frase vuelve varias veces, con distintas formas, pero el mismo sentido: el teatro en Santiago no se consolida, se sostiene.

A lo largo de su trayectoria, hubo momentos de desgaste. “Hubo un tiempo en que me sentí cansada. Pensaba: ¿hasta cuándo?”, admite.

Pero nunca dejó del todo. Siguió actuando en fiestas populares, en espacios alternativos, en funciones para públicos que muchas veces veían teatro por primera vez, en comedores y hogares.

“El teatro también tiene una función social, de acercamiento y de hacerl sentir a la gente que también tiene derecho a la cultura”. Ahí, en esa idea, aparece otra forma de entender la resistencia: no solo como permanencia, sino como compromiso.

A raíz de esto, celebra la recuperación del Teatro del Pueblo, la existencia del Paraninfo de la Universidad Nacional de Santiago del Estero y la importancia de espacios alternativos, como Adatise, donde estan sperando la autorización para la normalización de actividades y la llamada a elecciones. “Eso estamos esperando, es una sala que nos ha costado mucho, fundada por el Instituto Nacional del Teatro, que queremos conservar”, agrega.

 

Cuando la escena deja de ser individual

Para Rosa, el teatro pierde sentido cuando se lo piensa desde el ego. Por eso marca distancia con la idea de éxito asociada a la exposición o al reconocimiento individual. Pone el foco en el rol de quienes hacen teatro y en la ética que implica subirse a un escenario. “No es como en Hollywood, donde hay que vender el alma, aquí entregamos el alma en cada función. Y si nos hemos quedado es justamente porque vemos la necesidad. Santiago nos necesita mucho. Es una ciudad llena de historia, con mitos, leyendas que hay que conservar.” aclara, y enseguida redefine el lugar del actor: “Nosotros no somos estrellas, nosotros buscamos que la historia sea la estrella para que la gente pueda cambiar o haga un cambio”.

Sin embargo, señala que ese horizonte colectivo se fue debilitando: “antes nos acompañábamos más entre colegas, veíamos los trabajos de todos, hoy eso se ha perdido”. Y es por esto que resalta "El teatro es un centro de poder también. Una obra en manos de una mala persona, con malas intenciones, puede ser muy peligrosa. Por eso es que nosotros tenemos que trabajar más que nunca el interior, los valores de la gente que se acerca al arte."

Su concepción del oficio se consolida con una idea clara “Lo nuestro también es como una especie de sacerdocio, en la antigüedad el actor era como el oficiante, como el cura, era un sacrificio y era un ritual para la comunidad. Cuando es buen teatro, eleva, siempre busca la trascendencia del individuo en el buen sentido, no por soberbia, sino para entender que no todo termina en la materia, todo lo contrario, la materia es un vehículo de la emoción, de los sentimientos, de los ideales, del alma. Y aquí estamos para aprender.”

En un contexto de crisis, plantea que el desafío es reescribir el sentido de la creación, volver a construir comunidad y recuperar un teatro que no solo se haga, sino que también se piense. “Ojalá que el teatro sea un motor para descubrir la verdad, el amor y la justicia”.

Actualmente Maria Rosa se encuentra trabajando en una obra de  Belén Cianferoni, titulada “Una vedette en Santiago del Estero”.  Una sátira sobre la hipocresía, sobre la superación y sobre la fortaleza de la mujer. “Creo mucho en la mujer. Siento que a esta sociedad la llevamos adelante las mujeres” reflexiona en base a su nuevo trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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