19 de febrero, 2026
Actualidad

Lejos de ser solo una tendencia viral, la comunidad therian sostiene una vivencia identitaria profunda. El fenómeno, protagonizado en su mayoría por jóvenes, abre debates sobre adolescencia, salud mental y pertenencia en la era digital.

Espacios públicos, como plazas y parques, se vuelven escenario para nuevas comunidades. Jóvenes con colas, máscaras y accesorios representan diferentes animales, se desplazan por los lugares saltando, corriendo, o caminando en cuatro patas. Y aunque esto pareciera una performance divertida, está muy lejos de ser simplemente una actuación para quienes lo realizan.
Los “therians”, como se denominan, son personas que se identifican con un animal no humano. Para quienes forman parte de esta comunidad, esta conexión no es un juego ni una elección voluntaria. Se percibe en un plano espiritual, psicológico o neurológico.
Sostienen que su “esencia” o alma tiene características animales, por lo que se describen como un animal atrapado en un cuerpo humano.
El origen del término “therian” se remonta a grupos de noticias de internet de la década de 1990, derivado del griego ther (bestia salvaje) y anthropos (humano).
Si bien la palabra comenzó a circular en foros digitales de los años noventa, la idea de la conexión identitaria entre humano y animal es mucho más antigua. 
Mitos, religiones y cosmovisiones de distintas cultura, desde el chamanismo hasta relatos de licantropía en Europa medieval, han narrado experiencias de transformación o identificación con animales.
Lo que sí es reciente es su viralización. TikTok, Instagram y YouTube multiplicaron la visibilidad de adolescentes y jóvenes que comparten videos realizando desplazamientos en cuatro extremidades que imitan movimientos animales, o relatando experiencias personales vinculadas a su identidad therian.
Las redes no crearon el fenómeno, pero lo amplificaron y, en muchos casos, lo simplificaron. Entre filtros, tendencias y desafíos virales, lo que para algunos es una vivencia identitaria profunda queda reducido a fragmentos de pocos segundos que pueden resultar desconcertantes o incluso ridiculizados.

THERIAN NO ES LO MISMO QUE FURRY
En el debate público suele confundirse a los therians con la comunidad furry, donde jóvenes se visten o disfrazan de diferentes animales, pero se trata de fenómenos distintos.
Los furries participan de una subcultura basada en el interés por personajes animales antropomorfizados, es decir, con rasgos humanos Se expresa en convenciones, arte, literatura, diseño de trajes (“fursonas”) y comunidades creativas. Es, fundamentalmente, un espacio cultural y artístico.
En cambio, para los therians la identificación no es estética ni recreativa. No se trata de “gustar” de los animales o de construir un personaje, sino de experimentar una identidad interna vinculada a un animal específico. No es un hobby ni una performance pensada para eventos, aunque pueda tener manifestaciones externas.
Mientras el furry construye un personaje, el therian afirma ser, en un plano identitario, ese animal.

IDENTIDAD EN PRIMERA PERSONA
Detrás de las colas y las máscaras hay un relato más complejo. Muchos therians describen su experiencia como una identidad no elegida, que suele manifestarse desde la infancia o la adolescencia. Hablan de recuerdos corporales que no encajan con su anatomía humana, sensación de tener cola, orejas, hocico, o de una afinidad emocional y conductual intensa con una especie particular.
En la comunidad se utiliza el término “shift” para describir momentos en los que la conexión con su identidad animal se intensifica. Existen distintos tipos de shifts:
• Mental shifts, en los que cambia el estado emocional o la percepción de sí mismos.
• Phantom shifts, donde sienten partes corporales que físicamente no están.
• Dream shifts, sueños en los que se perciben como su animal identificado.

Estas vivencias son subjetivas y no implican una transformación física real. Se experimentan en el plano psicológico y sensorial.
Por otro lado, los quadrobics, que se volvieron virales entre preadolescentes, consisten en entrenamientos físicos para moverse en cuatro patas, saltar obstáculos o correr imitando animales. Aunque algunos therians los practican, no todos lo hacen. Y no toda persona que practica quadrobics es therian. En muchos casos, se trata simplemente de una actividad física o recreativa.
Reducir el fenómeno a saltos en plazas es desconocer el trasfondo identitario que algunos miembros de la comunidad describen como central en su vida.

¿TRASTORNO MENTAL O IDENTIDAD?
Una de las preguntas más recurrentes frente a estas conductas inusuales es si constituyen un trastorno mental. Desde la perspectiva clínica, la respuesta no es automática.
No existe un diagnostico o una categoría específica para la identidad therian. La psicología contemporánea distingue entre identidad y patología. Una vivencia subjetiva no es, en sí misma, un trastorno, salvo que genere sufrimiento clínicamente significativo, deterioro funcional o pérdida de contacto con la realidad.Es decir, identificarse con un animal no constituye automáticamente una enfermedad mental.
El límite aparece si la persona pierde la capacidad de reconocer su condición humana biológica o si esa identificación produce aislamiento extremo, deterioro social o dificultades severas para desenvolverse en la vida cotidiana. En ese caso, podría ser síntoma de otro cuadro psicológico que requiera evaluación profesional.
Por ejemplo, si un therian muerde a una persona, podemos hablar de un problema patológico o una señal de alerta, ya que sale del comportamiento socialmente aceptado.
La clave está en el criterio de funcionalidad y en la conciencia de realidad. Muchos therians afirman saber que son humanos en términos físicos, aunque describen su identidad como animal en un plano interno.

UN DESAFÍO SOCIAL Y CULTURAL
La presencia de jóvenes moviéndose en cuatro patas en una plaza puede resultar llamativa. Pero detrás de esa imagen hay discusiones sobre identidad, salud mental, pertenencia y cultura digital.
La mayoría de quienes se reconocen como therians son adolescentes o jóvenes. Y esa etapa vital está atravesada, precisamente, por procesos intensos de construcción identitaria. La adolescencia es el momento en el que se ensayan pertenencias, se exploran límites, se cuestiona y se busca un lugar propio en el mundo.
Desde la psicología del desarrollo, se entiende que la identidad no es un bloque cerrado sino una elaboración progresiva. Implica probar, descartar, reafirmar. En ese marco, las comunidades digitales ofrecen algo que generaciones anteriores no tuvieron con esta magnitud: validación inmediata, lenguaje compartido y grupos de pares que legitiman experiencias que, en otros contextos, podrían vivirse en soledad.
Esto no significa descalificar la vivencia therian como una “etapa” pasajera, pero sí obliga a mirarla dentro de un contexto evolutivo. Muchos jóvenes atraviesan momentos de intensa identificación con determinadas estéticas, movimientos culturales o categorías que les permiten nombrar lo que sienten. Con el tiempo, algunas de esas identificaciones se consolidan y otras se transforman.
El desafío social, entonces, no es ridiculizar ni celebrar acríticamente. Es comprender que detrás del fenómeno hay adolescentes buscando sentido, pertenencia y definición personal, diferenciarse de generaciones anteriores, en un escenario atravesado por hiperconectividad y exposición permanente.
Si bien no se puede hablar de patología, muchos profesionales señalan que muchos de los casos encubren sufrimiento emocional y falta de contención.

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