29 de enero, 2026
Opinión

Hay una nueva escena de la vida moderna que ya se volvió tan habitual como preparar el desayuno, miramos el celular y aparece una publicidad de algo que, curiosamente, veníamos pensando. Un par de zapatillas, un electrodoméstico, un regalo para un cumpleaños, un pasaje, un celular nuevo. En un par de toques ya estamos frente a una oferta irresistible, una promesa brillante o un descuento que parece imposible.

Comprar online dejó de ser una actividad excepcional para convertirse en una parte integrante de la cotidianeidad. Desde el supermercado hasta el pago de un impuesto, desde una cama para el perro hasta un repuesto del auto; todo, absolutamente todo, vive en esa vidriera infinita que es internet.
Pero junto con la comodidad vino el riesgo. Si antes temíamos olvidarnos la billetera en un taxi o perder una tarjeta en un cajón, ahora el temor es más etéreo. Ya no se trata de un ladrón que nos saca algo de la mano, sino de alguien que ni sabemos quién es, que puede estar en otra ciudad o incluso en otro continente, y que se vale de nuestra confianza para vaciarnos una cuenta, robar nuestra identidad o simplemente desaparecer con nuestro dinero. Internet trajo lo mejor y lo peor del comercio humano: ofertas increíbles y engaños elaborados, oportunidades reales y trampas muy bien disfrazadas.
Lo más inquietante es que nadie está exento. No importa la edad, el nivel de estudios, el conocimiento tecnológico o la experiencia de vida. Las estafas online no funcionan por ingenuidad: funcionan por psicología. Funcionan porque todos somos humanos, porque nos entusiasma encontrar una buena oportunidad, porque queremos resolver rápido, porque confiamos, porque estamos distraídos. Y porque los estafadores aprendieron a hablar nuestro lenguaje, a imitar a las marcas y a mezclarse entre miles de ofertas legítimas.
Por eso vale la pena pensar, con calma, sin miedo, cómo podemos caminar este mundo digital sin caer en trampas, cómo comprar con confianza, cómo distinguir una oferta real de una que busca estafarnos, cómo mantener la sensatez en un entorno que a veces parece diseñado para confundirnos.
No se trata de desconfiar de todo, sino de aprender a mirar con otros ojos.
Las estafas digitales rara vez se presentan como amenazas. No aparecen con luces rojas ni con música de suspenso. Al contrario: suelen llegar disfrazadas de oportunidad. Un precio demasiado bueno para ser verdad. Un producto “última unidad”. Un envío gratis que termina hoy. Una promoción exclusiva a la que “fuiste seleccionado”.
Los estafadores conocen el funcionamiento de nuestro cerebro mejor que nosotros mismos. Saben que cuando vemos algo que sentimos que no podemos dejar pasar, actuamos rápido. Nos apuran. Nos hacen sentir únicos. Nos envuelven en la idea de que, si no hacemos clic YA, perdemos.
La primera defensa contra ese impulso no es técnica: es emocional. Es aprender a reconocer el entusiasmo extraño que nos provoca esa oferta “perfecta”. Si algo te da demasiada adrenalina, si una parte de vos piensa “esto es demasiado bueno”, entonces probablemente lo sea. Ese es el momento para frenar, mirar con otro ángulo y preguntarte: ¿cómo sé que esto es real?
En el mundo físico, si querés comprar algo, sabés perfectamente dónde estás parado: en un local, en un shopping, en una feria. Ves paredes, personas, objetos. Tenés información visual que te ayuda a confiar o no confiar.
En internet, la “puerta de entrada” es la dirección web. Y aunque suene técnico, no lo es. Una dirección confiable se ve, se siente y se reconoce.
A veces la diferencia entre un sitio real y uno falso es una letra: amaz0n.com en vez de amazon.com, merdadolibre.com en vez de mercadolibre.com, tiendasoficial-adidas.net en vez de adidas.com. Los estafadores no necesitan crear algo totalmente nuevo, les alcanza con imitar.
Pero hay algo más, los sitios legítimos cuidan su estética. Navegarlos se siente “normal”. Si una página se ve desordenada, con logos deformados, con textos mal escritos, o si al hacer clic en algo te lleva a un lugar distinto, esa es una bandera roja que no falla.
El truco no es ser experto en tecnología. El truco es prestar atención. Igual que no entrarías a un local físico que parece abandonado, tampoco deberías confiar en una web que parece armada a las apuradas.
Las grandes tiendas online, los comercios serios, las marcas reconocidas tienen algo que los estafadores no pueden imitar: la coherencia. Coherencia en los colores, en el dominio, en los textos, en los métodos de pago, en la forma de comunicarse.

Una tienda legítima:
• Tiene información clara de contacto.
• Tiene políticas de devolución visibles.
• Tiene reseñas reales y variadas.
• Tiene fotos que no parecen sacadas de un catálogo genérico.
• No te presiona por WhatsApp a pagar “por afuera”.
• Nunca te pide datos bancarios que no corresponden.
• Una tienda falsa suele fallar en alguno, o en varios, de esos detalles. Y basta con detectar uno para encender las alarmas.
• Instagram, Facebook y TikTok se convirtieron en mercados gigantescos. Pero también se llenaron de perfiles que venden productos inexistentes. Algunos tienen fotos robadas, otros inventan réplicas perfectas de marcas reconocidas, otros ofrecen precios imposibles.
• El problema no es la red social: es la falta de controles. Cualquiera puede crear una tienda falsa y desaparecer en 24 horas.
• ¿Cómo protegerse?
• Mirando lo que no se muestra:
• ¿El perfil tiene muchos seguidores, pero casi sin comentarios?
• ¿Los comentarios parecen todos iguales o demasiado elogiosos?
• ¿Las fotos parecen de catálogo, sin personas reales usándolos?
• ¿No hay direcciones, teléfonos ni datos fiscales?
• ¿No existe la marca en otro lugar más allá de ese perfil?
• Si la respuesta es sí a varias de estas preguntas, lo mejor es salir corriendo.
• A veces creemos que las estafas digitales son tan sofisticadas que cualquiera puede caer. Y es cierto. Pero también es cierto que la mayoría de los engaños tienen un patrón simple: ofrecer algo que no puede existir.
• Un iPhone nuevo a un 30% del valor real “solo por hoy”.
• Una notebook de gama alta al precio de una básica.
• Un televisor que supuestamente se remata por liquidación, pero siempre hay stock.
Las empresas reales sí hacen descuentos. Pero jamás al nivel de la fantasía. El cliente no necesita conocer el mercado: basta con usar el sentido común. Si algo es muy barato, pregúntate por qué. Si no encontrás una explicación razonable, entonces no hay una explicación honesta.
La forma de pago es el filtro más efectivo. Los estafadores siempre buscan que pagues por métodos que no permiten reclamos ni reversión, tales como: transferencias bancarias, depósitos, billeteras digitales a personas desconocidas, links raros, intermediarios improvisados.

Las tiendas reales permiten:
• Tarjetas de crédito.
• Plataformas conocidas.
• Medios con respaldo y posibilidad de reclamo.
• Una tienda confiable jamás te diría: “Transferime a esta cuenta personal que te hago descuento”.
• O: “El pago es por este link de un proveedor amigo, no por la web”.
• Eso es equivalente a que un vendedor de un shopping te diga que la caja no funciona y que le pagues a él en mano detrás del local. No lo harías jamás.
• Si hay algo que los estafadores perfeccionaron es el arte de apurarte. Son vendedores agresivos. Te cuentan historias diseñadas para que no pienses demasiado:
• “Última unidad, se la estoy por reservar a otro.”
• “Cerramos hoy, mañana ya no podemos entregarlo.”
• “Es de un familiar que necesita el dinero urgente.”
• “Reserva solo por transferencia porque la plataforma me cobra mucho.”
• Estas frases existen porque funcionan. Y funcionan porque apelan a dos emociones humanas muy profundas: la ansiedad y la solidaridad.
• La defensa, otra vez, no es técnica, es emocional. Cuando alguien te apura, cuando algo te hace sentir que si no decidís YA perdés la oportunidad, cuando te quieren empujar en vez de acompañar… es momento de frenar.
• Las reseñas pueden ser una bendición o una trampa. Hay sitios con miles de comentarios falsos escritos por bots. Hay perfiles de redes sociales con reseñas que claramente son copy/paste. Pero también hay espacios con opiniones genuinas, variadas, con quejas y elogios reales.

¿Cómo distinguirlo?
Buscá el matiz. Las reseñas reales no son perfectas. No todas dicen lo mismo. Algunas cuentan detalles cotidianos, otras elogian la atención, otras dan advertencias leves. Un conjunto sano de reseñas se parece más a una conversación humana que a un coro de robots.
Si todo es perfecto, si todo suena igual, si no hay una sola crítica, si el lenguaje parece artificial… sospechá.
Los humanos somos animales entrenados para detectar peligros. Nuestros instintos no desaparecieron, los silenciamos. A veces sentimos “algo raro” y lo ignoramos porque queremos creer en la oportunidad. Pero esa sensación es real. Cuando algo no cierra, no cierra. Cuando algo no te convence, aunque no puedas explicar por qué, escuchate.
La intuición no es enemiga de la razón, es su aliada silenciosa. Una estafa no siempre busca dinero inmediato. A veces busca tu información. Tu DNI, tu dirección, tu número de celular, tu correo, los datos de tu tarjeta, tu identidad digital. Esa información vale más que cualquier compra. Por eso, si una página pide demasiados datos, si te exige cosas que no corresponden, si te obliga a completar formularios sospechosos o si te pide claves que nunca deberías dar, salí de ahí sin mirar atrás.
Ningún sitio serio te pide códigos de seguridad, claves bancarias, token, PIN o verificación por WhatsApp. Internet no es peligroso por sí mismo. Lo peligroso es navegarlo sin criterio. Así como en la vida real evitamos ciertas calles, desconfiamos de ciertos vendedores ambulantes o nos alejamos de propuestas demasiado mágicas, lo mismo tenemos que trasladarlo al mundo digital.

Comprar online es seguro si:
• Elegís lugares conocidos o de buena reputación.
• Revisás la dirección web antes de pagar.
• Buscás información externa cuando algo es nuevo.
• No dejás que nadie te apure.
• Pagás por métodos que te protegen.
• Usás plataformas confiables.
• No entregás datos sensibles.
• Te escuchás a vos mismo.
• No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con criterio.
• Nos guste o no, hoy somos consumidores digitales. Y como tales, necesitamos desarrollar una mirada más madura, más crítica, más cuidadosa. Nadie lo va a hacer por nosotros. Las plataformas mejoran sus controles, los bancos hacen campañas, las marcas verifican cuentas… pero ninguna medida sirve si nosotros mismos no adoptamos la costumbre de revisar, dudar, preguntar y validar.

La educación digital consiste en saber cuidarse
Es importante decirlo: internet no es un campo minado. Es un mercado gigantesco donde la mayoría de las compras son legítimas. Miles de personas venden con honestidad, miles de tiendas trabajan bien, miles de marcas cuidan la experiencia del usuario. No podemos permitir que los estafadores nos roben la confianza en todo lo demás.
Comprar online es práctico, útil y muchas veces más económico. Solo requiere lo mismo que cualquier interacción humana: un poco de atención.
Cada año aparecen nuevas formas de estafa: suplantación de identidad, redes falsas de tiendas, links engañosos, productos inexistentes, cuentas hackeadas, perfiles clonados. Pero también aparecen nuevas herramientas de protección: sistemas antifraude, pagos con garantía, inteligencia artificial que detecta engaños, plataformas seguras, políticas de devolución claras.
La clave no está en huir del mundo digital, sino en entenderlo. En saber cuándo avanzar y cuándo frenar. En ser consumidores informados, pero no paranoicos.
La vida moderna nos empuja a hacer trámites, compras y gestiones desde la comodidad de un dispositivo. No hay vuelta atrás. Pero podemos elegir cómo hacerlo, a ciegas o con criterio. No hace falta ser experto para evitar estafas. Hace falta atención, calma y sentido común. Hace falta aceptar que, así como no abrirías la billetera en la calle para contar dinero frente a desconocidos, tampoco deberías entregar tu información online sin pensar.
El mundo digital es una vidriera infinita. Y como toda vidriera, tiene cosas verdaderas y cosas engañosas. La diferencia no está en la tecnología: está en tu mirada.
Comprar con seguridad no es solo proteger tu bolsillo: es proteger tu identidad, tu tranquilidad y tu futuro. Es aprender a caminar en un entorno nuevo sin perder la sensatez que siempre tuvimos en la vida real.


Columna de opinión por Maximiliano Ripani. Experto en ciberseguridad de ZMA IT Solutions

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