Desde que el mundo es mundo y desde que la música alusiva al amor significó una gran inversión de los grandes empresarios discográficos, ha crecido exponencialmente. Se ha convertido, en sus distintas formas, desde la balada, el bolero, hasta la propia cumbia aluden al amor.
El tema no es ese. El tema es el usufructo afectivo, el mensaje subliminal de que uno no es uno sin el otro. La dependencia que se desprende de letras que tocan, no inocentemente, el corazón de las personas, mucho más si están en estado de vulnerabilidad.
Esta nota intenta explicar cómo se maneja dicho negocio y cuáles son las consecuencias en el inconsciente colectivo.
DE LETRAS Y OTRAS HIERBAS
“No podré vivir jamás
Y pensar que nunca más
Estarás junto a mí
Sin ti
Que me puede ya importar
Si lo que me hace llorar
Está lejos de aquí
Sin ti.”
Esta es la letra de la canción “Sin Ti”, que inmortalizó el Trío Los Panchos y que hizo “renacer” Luis Miguel.
En este tenor de contenido lírico, podría nombrar muchas canciones. Por no decir casi el noventa por ciento de las mismas. Es eso que llamamos “el negocio discográfico del amor”.
Desde el gran Armando Manzanero hasta las versiones cuarteteras de Luk Ra, las letras son más o menos románticas, pero todas abordan el tema del amor. El amor en todas sus formas, desde las más estéticas hasta las más pasatistas.
Pero esa no es la cuestión. La cuestión es el uso cuasi morboso que se hace del amor en los contenidos de todas las composiciones.
Morboso porque hace pensar que el amor es una trampa en la que debemos caer todos estrictamente, sin espacio para el escape.
Desde la expresión “media naranja” (uno es una mitad, no un ser completo sin el otro) en adelante, todo está destinado a llenar la usina de vacío emocional que generan muchísimas de esas letras. “Después de ti ya no hay nada”, “la otra tarde vi llover y no estabas tú”, “Definitivamente de ti estoy enamorado. Y no hay nadie que me contradiga. Gracias a Dios, él me mandó, quien le va a dar sentido a mi vida”, y tantas otras.
Si no se habla del amor, parece que no existiera la música, y no porque uno desdeñe tan noble sentimiento como lo es el amor. Lo que se critica aquí es la sensación de indefensión que prodigan ciertas letras que tocan fibras íntimas.
Estas canciones funcionan como productos culturales que generan ingresos masivos a través de streaming, licencias, y la identificación del oyente con sentimientos, siendo crucial para la industria pop y la música en español.
El efecto dopamínico del enamoramiento es crucial para sustentar dicho negocio. Mientras la chica llora por el muchacho, algún magnate de la música se está haciendo millonario al compás del dolor que provoca la misma.
El amor existe, pero también existen los que se sirven maliciosamente de él.
Tanto el amor como el desamor son motores económicos. Canciones sobre corazones rotos son un negocio millonario.
Para colmo de males, la música nos acompaña en todas las formas y en muchas ocasiones. Uno va a un bar, una fiesta o sube a un auto de aplicación y escucha la letra de la canción que, como un contenido subliminal, llega a las entrañas de los más sensibles y hace desquicios mentales y emocionales.
Lo que ocurre es que el packaging es muy tentador y deliberadamente diseñado.
Héctor Fouce, profesor de Musicología en la Universidad Complutense de Madrid y gran experto en la música popular contemporánea, con títulos como “El futuro ya está aquí: Música pop y cambio cultural” decía que “somos producto de lo que oímos y vemos. Eso crea nuestro imaginario. Y es inconsciente. El sentido de la normalidad nos viene desde esas pequeñas unidades de sentido, como las canciones, más incluso que lo que nos enseñan en la escuela de forma consciente. Una canción puede no cambiar el mundo, pero 50 años de canciones repitiendo tópicos y modelos crean el sentido común en el que vivimos”.
Si las personas que consumen la música con este contenido, carecen de madurez emocional (en independencia de las edades), los resultados son catastróficos.
El hacernos creer que vivir sin el otro es no vivir es un mensaje recurrente. Perdemos identidad y no podemos apartarnos de la trampa.
Laura Viñuela, experta en música y feminismo y autora del análisis “La perspectiva de género y la música popular: dos nuevos retos para la musicología” dice que “la forma en que se construye el lenguaje musical amplifica y traduce la forma en que sentimos nuestras emociones, ya sean de alegría, de tristeza o de rabia, pero, especialmente, cómo nos sentimos cuando nos enamoramos. Y esto es importante tenerlo en cuenta porque la mayoría de las veces las canciones de amor no hablan tanto de amor como de enamoramiento, de esta etapa inicial en la que todas las emociones están a flor de piel y solo vemos lo bueno de la otra persona y no sabemos qué hacer con nosotros mismos”.
¿Y NOSOTROS?
Bien, gracias. No podemos fingir que algo de ese tan abstruso negocio no nos llega. Al contrario. Y si no nos llega a nosotros, le llega a algún ser querido.
La cuestión está en saber poner los pies sobre la tierra, y ser uno mismo en independencia del mensaje reiterativo, sea cual fuese la letra, sea cual fuere el ritmo, de que no se puede vivir sin el amor de la otra persona. Como mecanismo de manipulación es de un sadismo instalado y del que nos debemos desprender.
“Ellos” no deben ganar.
Chan chan.