El 2 de febrero de 1536 no marca únicamente una fecha fundacional en el calendario argentino. Es, sobre todo, el punto de partida de una historia atravesada por la incertidumbre, la fragilidad y la persistencia, rasgos que acompañarían al territorio —y a la ciudad— mucho antes de que se llamara Argentina.
Ese día, Pedro de Mendoza, primer Adelantado del Río de la Plata, fundó el Puerto de Nuestra Señora del Buen Aire, no fue un acto de consolidación, sino un intento fallido, condicionado por la geografía, la resistencia indígena, la falta de recursos y los errores de planificación de la empresa colonial española.
Pedro de Mendoza llegó al Río de la Plata al frente de una de las expediciones más grandes que España había enviado hasta entonces al Nuevo Mundo. Más de mil hombres, decenas de naves y una misión clara: afianzar la presencia española en el extremo sur del continente, frenar el avance portugués y encontrar riquezas que justificaran la inversión de la Corona.
El lugar elegido para la fundación —la actual zona del Parque Lezama— ofrecía un puerto natural, pero presentaba severas limitaciones. El suelo era poco apto para la agricultura, el clima resultaba extremo para los europeos y las expectativas de encontrar metales preciosos se desvanecieron rápidamente.
A diferencia de México o Perú, donde los españoles encontraron civilizaciones complejas y sistemas productivos establecidos, el Río de la Plata ofrecía una estructura social indígena diferente, Los pueblos originarios, especialmente los querandíes, inicialmente mantuvieron contactos pacíficos, pero pronto surgieron tensiones ante los abusos y exigencias de los recién llegados.
La historia temprana del Puerto de Nuestra Señora del Buen Aire está marcada por un elemento central: el hambre. La incapacidad de producir alimentos suficientes y la ruptura de las relaciones con los indígenas condujeron a una situación desesperante. Las crónicas de la época relatan episodios extremos, incluidos casos de antropofagia, que reflejan la degradación absoluta de la vida en el asentamiento.
A esto se sumaron los enfrentamientos armados, las enfermedades y la desorganización interna. Mendoza, gravemente enfermo, abandonó el territorio en 1537 y murió en altamar sin ver consolidada su empresa. El asentamiento sobrevivió apenas unos años más, hasta ser finalmente abandonado y destruido en 1541 por sus propios habitantes, que se trasladaron a Asunción.
A diferencia de la segunda fundación de Buenos Aires en 1580, a cargo de Juan de Garay, la de 1536 no dio origen a una ciudad continua en el tiempo. Sin embargo, su importancia histórica es indiscutible. Representa el primer intento serio de establecer un núcleo urbano permanente en la región y el inicio del proceso de colonización del estuario del Plata.
Con el paso del tiempo, la figura de Pedro de Mendoza fue oscilando entre el héroe fundador y el símbolo del fracaso colonial. La historiografía moderna ha tendido a complejizar esa mirada, entendiendo la fundación de 1536 no como un error individual, sino como el resultado de una lógica imperial que subestimó el entorno y sobreestimó sus capacidades.
Buenos Aires no nació fuerte: nació vulnerable. Y quizás en esa fragilidad inicial se encuentre una clave para comprender su historia posterior.
Casi cinco siglos después, la ciudad que emergió de aquel intento fallido es una de las grandes metrópolis de América Latina. Pero su historia inicial recuerda que los procesos históricos no son lineales ni inevitables, y que incluso los fracasos pueden convertirse, con el tiempo, en puntos de partida.