Y, como quien no quiere la cosa, estamos promediando la primera quincena del año. Todavía algunos escaparates están orlados de guirnaldas ya vetustas, otrora pretenciosas. Será que los dueños de los negocios añoran el tiempo reciente en que el aguinaldo se utilizaba para comprar su mercadería, necesaria o innecesaria, pero presta a satisfacer necesidades perentorias. Las que hacen fluir la dopamina por el cuerpo, la hormona del placer, ese que es efímero y que en épocas de fin de año migra por el cuerpo, las redes, las calles, las mentes con un vértigo que ni Alfred Hitchcock hubiera tramado en su famosa película homónima.
A esta altura de enero, primera quincena del año, algunos (no pocos) están lamentando los excesos de las fiestas y el impulso descontrolado que lleva a todo tipo de exageraciones, compras, regalos, comidas, bebidas, gastos...
Estos últimos, justamente, provocan una baja considerable de la hormona antes mencionada y promueven una reflexión tardía. Algo así como "no debí haber comprado esto", "fulana no se merecía mi regalo", al final...
Al final, es esa la trampa macabra del sistema.
Crear un clima de placer y jolgorio destinado a que todos pierdan el control y gasten y se gasten en ambiciosos proyectos recreativos, muchos de los cuales terminan mal, cuando acontecen los famosos encuentros familiares forzados, y en otra escala, más marginal si se quiere, las noticias dan cuenta de encuentros fatales intrafamiliares, en que el alcohol lleva incluso a asesinatos. De esas noticias están plagados los diarios virtuales el día después. Cuando no, los accidentes por velocidad y por alcoholismo.
Quien se sumó a estas festividades con pasión descontrolada, se encuentran pagando un alto precio por los tales desmanes (los de los excesos económicos, alimenticios y demás).
"Tengo que bajar tres kilos que subí en las fiestas", "tomé de más", "me quedé hasta las cinco de la madrugada", "es una vez en el año... dos".
Justamente la última es la mayor trampa del sistema. Hacer creer que después del fin de año de consumo y falta de límites, no hay otra ocasión de ser felices. Nos venden la felicidad en forma de pan dulce. Nos hacen creer en algo así como que es ahora o nunca.

Y pocos advierten que están cayendo en una trampa del bendito sistema que abreva de las carencias afectivas y los pocos acendrados valores que tiene la mayoría de los mortales.
Si la felicidad depende de comprar el arbolito más grande que el del año pasado, estamos muy perdidos como sociedad.
La sádica trama social enreda a una sociedad cada vez más inmadura, y la lleva por caminos insondables que no dan el mínimo resquicio a la reflexión.
Todos los que hoy sienten el vacío en este "día después", son rehenes de un muy sádicamente pergeñado guión social, que tiene como único fin capturar mentes para el cumplimiento de paradigmas que solamente mantienen un entramado en el que las personas no son ni siquiera dignas de pensar por sí mismas y discernir si algo los colma, les hace bien, lo necesitan, los completa.
Que mejor manera de manejar un grupo si no es con el placer inmediato?
Y, visto a la distancia, una guirnalda, per se, es poca cosa, no llena ningún vacío existencial de modo consistente, pero hace como que sí.
En el fragor, en el tumulto de diciembre, el que va en la turbamulta, si no llega a ese objeto aparentemente valioso, se siente poco menos que un desgraciado. Es por eso que, después, enero es el mes de las lamentaciones.
Con suerte, una familia tipo va unos días de vacaciones, otra quimera. Generalmente a cumplir con otro mandato social. Está comprobado que no todas las personas que vacacionan descansan. Una cosa es vacacionar, otra descansar.
Es otra trampa. "Me quiero desenchufar", "me las merezco", "trabajo todo el año". Y es cierto. Pero, muchas veces y cada vez más, por imperio de las dificultades económicas, los ajustes, que la carpa, que los chicos, que el viaje, que cuántos días, son temas directamente atentatorios contra el placer que deberían traer las vacaciones.
Y como el tiempo es vertiginoso, los tres, cinco o diez días de vacaciones (lo que se haya podido) pasan como un suspiro y, a la vuelta, las vidrieras anticipan la llegada del período escolar.
Abarrotados ya los escaparates de delantales y útiles escolares premonitorios, la nueva angustia llega. Y así, la gente rehén actúa como saltimbanqui dentro del inexorable tiempo que llega, pasa y se va.
En el fondo de cada persona que cae en la trampa de no valorar el presente, bajar las pretensiones y vivir una vida más acorde a las propias necesidades y no satisfacer las del entorno, esas que atiborran las redes sociales, es una víctima insalvable.
Por eso tenemos una sociedad inestable, porque basa sus logros en objetivos impuestos por otros, otros a los que no les interesa nuestra real y objetiva realización como seres humanos.
Somos rehenes de un complejo mecanismo de arbitrariedades. Por ahí, comprando menos en diciembre, comiendo la nochebuena y la noche de año nuevo lo mismo que el resto del año, yendo de vacaciones, si y sólo si se puede, estaríamos arriesgando menos nuestra salud mental.
El movimiento constante e inevitable del tiempo, ese que no podemos controlar en su fluir inexorable, puede conducir o arrastrar. Lamentablemente, hay más gente arrastrada que protagonista de su propia vida.
En esta ya perdida carrera contra el tiempo, vamos perdiendo lo más importante, lo único importante diría yo, que tiene un ser humano: su paz.
Estar en la complacencia de la mirada ajena constantemente no es gratis. Lleva un esfuerzo que va minando nuestra salud mental. Salud mental que, por otro lado, va dando, al menos en estas latitudes, cifras cada vez más alarmantes de personas que caen en depresión, aun sin saberlo. Y se cae en un estado de mera subsistencia.

Ya no hay espacio para el presente absoluto, el momento que transitamos ahora. Ese que se esfuma sin piedad.
Para poner un paño frío a tanta crudeza, la propuesta es vivir el momento con más calma, aprender a respirar (aunque parezca una perogrullada). Está estudiado: "Cuando respiramos bien, oxigenamos mejor el cuerpo, lo que aumenta la energía celular y la asimilación de nutrientes, reduce el estrés y la ansiedad, mejora el control emocional, disminuye la presión arterial y fortalece la salud mental y física general al calmar el sistema nervioso y mejorar la función pulmonar. Respirar profunda y conscientemente, preferiblemente por la nariz, activa el diafragma, oxigena profundamente y ayuda a eliminar toxinas". Así lo dice Google.
Establecer límites entre lo urgente y lo necesario, saber qué necesitamos, con consciencia plena, y mirar el mundo sin tanta atención a la mirada ajena.
Hace unos años, en otras épocas no tan lejanas, no había tantos autos de alta gama y muchas familias no viajaban y no por eso aumentaban las tasas de depresión. Cosa que, lamentablemente, hoy ocurre y mucho.
El oxímoron de pretender vivir siendo zombis es un toro que debemos tomar por las astas.
Resetear nuestras prioridades y vivir en plena paz debe ser la mayor ambición, aunque no reúna muchos likes en redes sociales.