01 de enero, 2026
Entrevistas

Un sobreviviente de Cromañón, trabajador de la música y parte activa de la memoria colectiva, asegura que el infierno de Once vuelve todos los días, en forma de recuerdos, preguntas sin respuesta y una ausencia que no se apaga. A 21 años de la tragedia que dejó 194 muertos.

Cada 30 de diciembre, el país vuelve a detenerse. No es una fecha más: es el recordatorio de una de las tragedias más dolorosas de la historia argentina reciente. El incendio del boliche República Cromañón, en el barrio porteño de Once, dejó 194 personas muertas, entre ellas 13 niños menores de 12 años y una beba de apenas 10 meses. La mayoría falleció por inhalación de monóxido de carbono. Desde entonces, la memoria insiste, incomoda y exige justicia.

Gustavo Pascual, conocido por todos como “Pasky”, es uno de los sobrevivientes. Salió con vida junto a su novia de aquel entonces, Florencia. Pero, como él mismo dice, Cromañón no terminó esa noche. Desde aquel 30 de diciembre de 2004, una imagen, un olor o una sensación regresan a su cuerpo casi a diario, recordándole que sobrevivir también tiene un costo.

En diálogo exclusivo con La Columna, Pasky habló sobre esa noche, el después inmediato, los años que siguieron y el presente, atravesado por la memoria, el trabajo y la necesidad de no olvidar.

 

—¿Qué significan los 30 de diciembre desde hace 21 años?

 

—Siempre se hace complicado pensar en ese día. Son fechas muy tristes, no solo para mí, sino para amigos, compañeros y familiares de las víctimas. Más allá de que uno recuerda Cromañón todos los días, el 30 de diciembre todo se potencia. Vuelve con más fuerza lo que se vivió esa noche. Yo recuerdo absolutamente todo lo que me pasó ese día, no hay nada que se me haya borrado.

 

—¿Qué imágenes aparecen primero cuando pensás en esa noche?

 

—Fui con Florencia, que era mi novia en ese momento. Llegamos temprano porque queríamos ver a Ojos Locos, que era la banda telonera. Ya desde la entrada había cosas raras: una sola fila para ingresar y después separaban hombres y mujeres. Nos hicieron sacar las zapatillas, algo que nunca había pasado en otro recital. En ese momento no dimensionás nada, pero hoy todo eso vuelve como una señal de alerta que nadie escuchó.

 

—Una vez adentro, ¿qué recuerdas del lugar?

—Entramos, nos encontramos con amigos y subimos al primer piso, al sector VIP, donde siempre íbamos a ver los shows. Nos llamó mucho la atención ver muchas familias con chicos, algo que no era habitual. Y estaban las bengalas, como en tantos recitales de esa época. Era algo naturalizado, lamentablemente.

 

 

 

—¿Recordás el momento previo al incendio?

 

—Sí. Después de que tocó Ojos Locos, salió Omar Chabán a hablar. Lo hizo de una manera muy violenta, muy grotesca. Dijo que no tiraran pirotecnia, que si seguíamos con bengalas íbamos a morir todos como en el shopping de Paraguay. Nos insultó, nos trató de “negros de mierda”. Cuando alguien te habla así, no le das bola. Todo lo contrario: tiraron más bengalas.

 

—¿Cuándo tomaste real dimensión del peligro?

 

—Cuando arrancó Callejeros, el recital duró muy poco. Pero antes de eso, cuando Chabán habló, me quedé mirando las banderas que colgaban del techo. Yo estaba justo en el medio del lugar, a la altura donde después se prendió fuego la media sombra. No vi el segundo exacto en que empezó el incendio, pero sí vi cómo, a los pocos segundos, empezaban a caer gotitas de fuego desde el techo.

 

—¿Qué pasó en ese momento?

 

—El sonidista corta el sonido, la banda deja de tocar y el fuego empieza a expandirse muy rápido, en forma circular. Ahí agarré a Florencia y encaré para las escaleras. Conocía el lugar y sabía por dónde ir. Pero cuando llegamos a la puerta, había una multitud intentando salir y las puertas no se movían.

 

—¿Cómo lograron avanzar?

 

—Se cortó la electricidad y avanzábamos como podíamos, empujados por la desesperación. Yo tenía a Florencia adelante mío. Me saqué la remera y le dije que respirara ahí, porque ya no se podía respirar del humo. En un momento pensé que me moría. Me acordé de mi mamá y pensé: “No me puedo morir, no le puedo hacer eso”. Cuando llegamos al hall de otra puerta, había cientos de personas más taponando la salida. No sé cómo, pero logramos salir.

 

—¿Qué hicieron al salir a la calle?

 

—Llegamos a la esquina del boliche. Le dije a Florencia que llamara a su mamá. Yo llamé a mi casa. Después intentamos buscar a nuestros amigos. A uno lo encontré al rato. Pero una amiga que había ido con nosotros murió ahí, no pudo salir. Entramos un par de veces más a ayudar a sacar gente y llevarla a las ambulancias. Estuvimos bastante tiempo hasta que Florencia se empezó a sentir muy mal y decidimos irnos.

 

—¿Cómo fue el regreso a casa después de eso?

 

—Fuimos a la casa de Florencia, sus padres estaban de vacaciones. Llegamos y nos sentamos a mirar la tele toda la noche. No podíamos creer cómo subía el número de muertos minuto a minuto. Al otro día tuvimos que ir a trabajar. Ella a un local, yo a una veterinaria. El 31 de diciembre bajamos las persianas y brindamos, pero solo por estar vivos y por todos los chicos y chicas que ya no estaban.

 

 

—Con el paso del tiempo, ¿con qué frecuencia vuelven esos recuerdos?

 

—Cromañón empezó ese día. Desde entonces pasan cosas que uno no puede creer. No dejo de preguntarme por qué yo pude salir y otros no. Qué podría haber hecho para salvar o ayudar a más gente. Son preguntas que no tienen respuesta, por más que me las haga hace 16 años. Todos los días tengo presente Cromañón.

 

—¿Cómo mirás hoy el tema de las responsabilidades?

 

—Es una cadena de responsabilidades enorme. Hay responsabilidades penales, civiles, políticas. Muchos fueron juzgados y tuvieron penas mínimas. La causa judicial se cerró, ya no se puede hacer más nada. Pero eso no significa que esté todo resuelto. Hubo responsabilidades del dueño del lugar, de los organizadores, de las bandas, del Gobierno de la Ciudad. Con el correr de los días nos fuimos enterando de todas las irregularidades: salidas de emergencia cerradas, ventilación sellada, matafuegos que no funcionaban, sobreventa de entradas. Nosotros fuimos confiados a ver un recital.

 

—¿Te costó volver a un recital después de eso?

 

—Muchísimo. Estuve ocho meses sin salir. El primer recital al que fui fue La Renga, en agosto, al aire libre, en Vélez. Me quedé bien atrás, no lo pude disfrutar, pero lo vi. De a poco intenté retomar la vida normal. El fantasma siempre aparece y uno aprende a convivir con eso.

 

—Desde tu experiencia como trabajador de la música, ¿mejoraron los controles?

 

—Algo se mejoró, pero todavía faltan lugares realmente aptos para shows. Trabajé como músico, ahora como sonidista y DJ, y se ven más controles. Pero también siguen existiendo lugares que no son legales. Eso sigue siendo un riesgo.

 

—¿Te vinculaste con otros sobrevivientes?

 

—Sí. Formo parte de una asociación que se llama “No nos cuenten Cromañón”, integrada por sobrevivientes y familiares. Todos los 30 de diciembre hacemos actos para recordar. Este año, por la pandemia, fue vía streaming. Es la única forma de sentirse acompañado, de estar con personas que vivieron lo mismo. Nos faltó el abrazo, pero estuvimos juntos igual.

 

—¿El mundo de la música acompañó ese proceso?

 

—Sí, muchas bandas se acercaron. De rock y de otros géneros. En el último streaming participaron Sebastián Mendoza y Rodrigo Tapari, desde la cumbia. Bandas como Los Gardelitos, Ojos Locos, La Renga, Molotov y muchas más apoyaron nuestro pedido. Nosotros siempre defendimos que Callejeros no fue culpable legalmente.

A 16 años de la tragedia, Gustavo Pascual sigue hablando. No para revivir el horror, sino para que no se repita. Porque mientras haya memoria, Cromañón no es solo pasado: es una advertencia permanente.

 

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