Arturo Humberto Illia murió el 18 de enero de 1983, en Buenos Aires, a los 82 años. Su fallecimiento ocurrió en un momento cargado de simbolismo: apenas unos meses antes de que la Argentina celebrara las elecciones que pondrían fin a la última dictadura militar e iniciarían la recuperación democrática.
La desaparición física del expresidente coincidió así con el ocaso de un régimen autoritario y con el renacer de valores que Illia había encarnado como pocos a lo largo de su vida pública: la honestidad, el respeto por las instituciones y la convicción de que la política debía estar al servicio del bien común.
Médico de profesión y militante radical por vocación, Illia fue presidente de la Nación entre 1963 y 1966, en un contexto de profunda inestabilidad política, con el peronismo proscripto, las Fuerzas Armadas como actor tutelar y una democracia severamente condicionada.
Aun así, su gobierno se propuso reconstruir el Estado de Derecho, fortalecer la legalidad institucional y devolverle centralidad a la soberanía popular.
En el plano institucional, Illia gobernó sin censura a la prensa, sin presos políticos y con pleno respeto por la división de poderes. Su estilo, austero y deliberativo, contrastaba con una cultura política acostumbrada a liderazgos fuertes y decisiones de facto. Esa misma austeridad fue, paradójicamente, utilizada por sus detractores para construir la imagen de un presidente “lento” o “débil”, una caricatura que no resistió el paso del tiempo ni el análisis histórico serio.
El golpe de Estado del 28 de junio de 1966, que lo derrocó y dio inicio a la llamada “Revolución Argentina”, puso fin abrupto a su mandato. Illia se retiró sin resistencia armada y sin claudicar en sus principios, convencido de que la violencia solo profundizaba la degradación institucional. A partir de entonces, volvió a una vida sencilla, sin privilegios ni enriquecimiento, residiendo en su casa y sosteniéndose con su jubilación y su profesión médica. Esa coherencia entre discurso y vida privada se convirtió en una de las marcas más elocuentes de su figura.
Durante los años de la dictadura iniciada en 1976, Illia fue una referencia moral silenciosa pero firme. Sin ocupar cargos ni buscar protagonismo, expresó su rechazo al autoritarismo y defendió la necesidad de recuperar la democracia, el pluralismo y el respeto por los derechos humanos. Su figura adquirió entonces una dimensión simbólica: la de un político que había demostrado que era posible ejercer el poder sin corrupción, sin persecuciones y sin traicionar las reglas republicanas.
Su muerte, en enero de 1983, fue leída por muchos como el adiós de una generación que había creído profundamente en la política como herramienta de transformación ética y social. Illia no llegó a ver las elecciones de octubre de ese año ni la asunción de un gobierno constitucional, pero su legado estuvo presente en ese proceso de reconstrucción democrática.
En un país marcado por golpes de Estado, violencia política y desencanto ciudadano, su trayectoria ofrecía un punto de apoyo moral para pensar una democracia distinta.
A más de cuatro décadas de su fallecimiento, Arturo Humberto Illia sigue siendo recordado como uno de los presidentes más honestos de la historia argentina. No por la grandilocuencia de sus gestos ni por el brillo del poder, sino por algo más perdurable: la convicción de que gobernar implica servir, que la ley está por encima de las conveniencias y que la democracia no es sólo un sistema electoral, sino una ética de vida pública.