A la luz de los últimos acontecimientos que versaron sobre casos de violencia de género y otros delitos graves en nuestra ciudad, cabe una reflexión, si no varias.
No es desdeñable el dato esencial de la coincidencia etaria de los victimarios, como tampoco otras características que se repiten. En general, los hombres en cuestión, responsables primarios de los delitos de marras —violencia hacia sus parejas—, responden a un patrón: rondan los cuarenta años, exhiben una dudosa y súbita prosperidad, buscan muscular sus cuerpos, tienen temperamentos agresivos y circulan por la ciudad en autos de alta gama. Son ostentosos y poseen fortunas repentinas que no podrían explicar, al menos si se les exigieran papeles en regla que acrediten la licitud de los fondos.
No son naturalmente apuestos: buscan serlo, y quizá lo logran con ese extra de atractivo que confieren los bienes materiales. No provienen de familias pudientes; pertenecen a la clase media común que abunda en nuestra ciudad capital, pero presentan un alto índice aspiracional de ser millonarios.
Pertenecen al paisaje urbano: el que circunda nuestros bares de moda cualquier día de la semana, pero especialmente los fines de semana y las fiestas de guardar.
Hace poco, un hecho tomó resonancia mediática cuando su protagonista, luego de pagar una fianza, fue buscado sin éxito en su domicilio.
Tienen —reiteramos— una edad en la que ya deberían estar definidos los pilares de sustentación de cualquier ser humano común, sobre todo en estos confines. Nada más que ellos los buscan con celeridad. Si uno se remonta a otras épocas, nuestros padres —sobre todo con aquella expectativa de vida y forma de concebir los logros— ya estaban casados y tenían sus familias casi completamente conformadas. Tenían su casa, quizá lograda con un préstamo bancario, y la oficina era el lugar cotidiano del reaseguro de que esa cuota se pagaría.
A la mayoría de los hombres de esta casta aquí referida les falta la explicación. Eso: les falta la explicación, la justificación.
No se les conoce actividad alguna; nadie los vio madrugar, salvo para salir de los boliches. Son de antecedentes poco claros y poseen una prosperidad súbita, producto de cualquier cosa, menos de un trabajo o un negocio que uno pueda evaluar o percibir como razonable y fácilmente explicable.
En otra época, se hubieran encuadrado perfectamente en lo que entonces se llamaba los yuppies.
LOS YUPPIES DE ESTA ERA
Tal vez el término esté fuera de moda, pero los yuppies fueron una tribu urbana que englobó a personas, allá por los años ochenta. El acrónimo de Young Urban Professional (joven profesional urbano) definía a adultos jóvenes, educados y con altos ingresos que vivían en grandes ciudades y trabajaban en finanzas, derecho o marketing. Se caracterizaban por el consumo ostentoso, la ambición extrema, la moda corporativa —trajes de marca, hombreras— y el uso de alta tecnología para la época.
Su denominación, similar a la de los hippies —otro movimiento social de los años sesenta y setenta—, pretendía ser justamente una antítesis de estos. Los hippies buscaban la paz y el amor, desdeñaban los bienes materiales, eran pacifistas y tuvieron su Woodstock.
Woodstock fue un encuentro musical icónico que reunió a quienes enarbolaban esa contracultura. Aquel legendario evento congregó a artistas como Janis Joplin, Jimi Hendrix y The Who, entre otros. Fue un episodio cultural que marcó la brecha entre los rebeldes y los atildados.
Dos décadas después aparecieron los yuppies, íconos del éxito en los años ochenta. Y aquí surge la pregunta: ¿qué es el éxito para ellos? Lo desarrollaremos más adelante. Antes, recordemos quiénes eran.
Vivían enfocados en el éxito profesional, el estatus y el materialismo. Consumían artículos de lujo como autos europeos, relojes Rolex y tecnología avanzada. Vestían según el llamado power dressing o vestimenta de poder: trajes a medida, tiradores y corbatas llamativas para los hombres; trajes con hombreras marcadas para las mujeres, reflejando autoridad. Surgieron durante el auge económico de la era Reagan y se asociaron con la cultura de la codicia, siendo el término utilizado a menudo de manera despectiva.
Priorizaban la ética del trabajo, el culto al cuerpo —gimnasio— y la ambición por ascender rápidamente en la jerarquía corporativa. Fueron figuras icónicas en películas y libros de la época, como Wall Street y American Psycho.
Esta última muestra descarnadamente lo que era un yuppie en su estado puro y hasta dónde podía llegar en la búsqueda de sus objetivos. El film retrata la adicción del protagonista a sustancias que mantenían sus sentidos alertas para producir, producir y producir, a cualquier costo. Y —como su nombre lo indica— un altísimo grado de psicopatía.
EN BUSCA DEL ÉXITO
Si analizamos lo relatado sobre los yuppies, podemos colegir que estos hombres que responden al patrón descripto buscan, fundamentalmente, el éxito.
Aquí aparece la diatriba respecto de los modos y mecanismos que este ghetto con privilegios utiliza para lograr sus objetivos. Graves, en general, porque si bien —como dijimos— no pueden sostener una declaración jurada de bienes que se compadezca con la realidad, en el peor y más común de los casos andan con la eximición de prisión en el bolsillo. No tanto por la legalidad o ilegalidad de sus actividades, sino porque, en general —y tal vez como parte de su psicopatía—, tienden a agredir a su entorno más débil: su mujer.
Generalmente se trata de una nueva novia, elegida del catálogo de bellas damas que circundan nuestras calles. Si se parece a la “China” Suárez, mejor. Tras el encandilamiento inicial, con regalos que pueden incluir viajes a Europa, llega el manejo violento de los impulsos.
No pueden con sus genios, tal vez producto de la ingesta de sustancias que los mantienen despiertos y activos para seguir “generando”.
Nunca un kiosco, una ferretería o un minimarket. Tienen, quizá, una idea equivocada del éxito y la fama, tan en boga hoy, y una noción errada de lo que los hace felices.
No se conforman con poco: quieren todo y mucho. Y ahí derivamos nuevamente en la pregunta: ¿qué es el éxito?, ¿qué llena el concepto de éxito para esta nueva casta?
La pileta, la casa en el country, el auto de alta gama, el dinero en abundancia y la novia perfecta, que luego es castigada porque el hombre en cuestión no puede ni sabe manejar su cerebro reptiliano.
No se trata de instintos de supervivencia, sino de colmar más de lo que la cubeta necesita para estar completa. Y allí sobreviene la catástrofe: violencia de género, denuncias familiares, policía y justicia.
Aquí, en Santiago, tenemos una joven cuya familia asegura que fue asesinada por su pareja. Forma parte de una larga lista de hombres que responden a este estereotipo, que formula a la perfección el oxímoron éxito-fracaso.
Porque estar siempre vigentes en los sentidos en los que consideran sus triunfos los lleva a traspasar cualquier límite, incluso el de la vida o su proximidad.
Así, lastimosamente, vamos conformando una sociedad precarizada en sus valores, en oposición a las riquezas obtenidas. Las redes sociales inciden de manera fundamental, aunque parezca prosaico. Pero la vida de estos hombres es prosaica.
En el medio mueren mujeres, se naturaliza el delito y se erosionan los valores, y al ritmo en que se mueve el mundo, no será fácil ni inmediata su detención.
Volver a expectativas lógicas, a la normalidad de la vida; no confundir simpleza con mediocridad; buscar la paz y, sobre todo, no creer que todo lo que tiene precio tiene valor.
Ojalá este sea un mal momento que pase y se esfume, como ocurrió con otras tribus urbanas que se extinguieron. Nuestra cordura social lo requiere con urgencia.