05 de febrero, 2026
Actualidad

Autodidacta, versátil y con una obra atravesada por lo emocional, la artista santiagueña construyó un recorrido propio entre la pintura, la ilustración y la maternidad. Con una obra que nace de lo emocional y se sostiene en la práctica cotidiana, demuestra que el arte no es solo inspiración, sino también constancia y oficio.

Desde muy chica, el dibujo, la pintura y la música tenían gran presencia en la vida de Sonia Orellana. Aunque no pueda precisar un momento exacto, el arte estuvo desde siempre: a los tres o cuatro años ya dibujaba, y en la escuela primaria sus compañeros le pedían retratos, láminas y escenas históricas. A los ocho, casi sin proponérselo, entendió que ese iba a ser su camino.
Nació en Santiago del Estero, pero a los diez meses se mudó con su familia a Mar del Plata, donde vivió gran parte de su infancia. Hoy, Santiago vuelve a ser su base, aunque su tonada, mezcla de lugares y experiencias, da cuenta de ese tránsito constante.
Madre de tres hijos, con una hija pianista a punto de recibirse, otra estudiante de nutrición y un niño de siete años que vive con ella, Sonia reparte su tiempo entre la vida familiar y una producción artística que, en los últimos años, comenzó a tomar mayor visibilidad.
El vínculo con el arte no fue alentado desde lo formal. En su entorno familiar, la pintura y la música eran concebidas como pasatiempos, y no como un camino profesional posible. Esa idea, muy común en la actualidad, de que “del arte no se vive” marcó su recorrido.
Estudió parte del profesorado en artes plásticas, pero debió interrumpirlo por razones laborales y mudanzas. La formación académica quedó inconclusa, aunque su camino continuó de manera autodidacta, sostenido por la práctica constante y la exploración personal.
La música también estuvo presente desde temprano, antes incluso que la pintura. De chiquita, Sonia de pequeña comenzó a sacar melodías, primero en teclados de juguete y luego en instrumentos reales. Nunca estudió música de manera formal: todo fue intuición, oído y experimentación. “A los seis años ya me compran un tecladito... antes no había celular, no había juguetes en abundancia. Entonces era yo todo el día con el tecladito sacando canciones de oído”, recuerda.
Con la pintura ocurrió algo similar. La ausencia de una estructura académica rígida se transformó, con el tiempo, en una fortaleza: versatilidad, curiosidad y una búsqueda permanente de materiales, técnicas y lenguajes.
Durante muchos años, su obra permaneció en un círculo reducido. Pintaba por encargo, realizaba trabajos a pedido y producía sin pensar en muestras ni exposiciones. Su expresión artística seguía siendo catalogada como un pasatiempo, un hobby. “En casa no estaba la idea de que yo me dedicara al arte, que tiene que ser un hobby porque te vas a morir de hambre con el arte”, comenta.
El punto de inflexión llegó en 2023, cuando fue invitada a participar de la Feria Artesanal del aniversario de la ciudad. La respuesta a sus creaciones fue inmediata. La gente se detenía, preguntaba, compraba. Obras suyas viajaron a Santa Fe, Jujuy y otras provincias, y comenzaron a pedirle un espacio donde ver su producción. Así nació su presencia en redes y, con ella, una etapa de mayor exposición pública.
A partir de ese momento, las muestras colectivas e individuales se sucedieron en  Tucumán para después continuar en La Banda y Santiago del Estero.  Reconoce  que para  ese proceso, el acompañamiento de referentes del ámbito artístico y cultural fue clave. 
El artista Rodolfo Soria tuvo un rol fundamental en sus primeras experiencias fuera de la provincia, facilitando el contacto con espacios y artistas de Tucumán y ampliando su horizonte expositivo. Más adelante, Lito Garay se convirtió en una figura central en su recorrido, acompañando y curando sus muestras locales. 
A ese entramado se sumó Marcos Vizoso, gestor cultural y referente del circuito independiente, cuyo apoyo contribuyó a abrir nuevos espacios de exhibición y a fortalecer la circulación de su obra. Estos padrinazgos, basados en el reconocimiento y el intercambio, resultaron decisivos para consolidar su camino como artista. Entre otros colegas que han sumado su granito de arena para verla crecer en su carrera.
VISCERAL
La serie Visceral marcó un punto de quiebre en el recorrido artístico de Sonia Orellana. A diferencia de trabajos anteriores, esta muestra nació desde una necesidad personal de expresión. No buscó agradar ni decorar: buscó decir.
Las obras que integran la serie presentan cuerpos fragmentados, rostros atravesados por fisuras, miradas tensas y gestos que oscilan entre la introspección y el desborde. En algunos retratos, los rostros parecen resquebrajarse, como si la piel no alcanzara para contener lo que ocurre por dentro. En otros, el trazo se vuelve más violento, casi gestual, con líneas que envuelven, aprietan o deforman la figura humana. Predominan los tonos neutros, grises, negros, tierras,  interrumpidos por contrastes que refuerzan la carga emocional.  
“Uso colores neutros porque usar colores es como un impacto fácil para quien lo ve. Mi idea no es llegar tan fácil, la idea es que sea todo un combo", comenta.
La corporalidad aparece como canal de lo no dicho, como una forma de narrar procesos internos, estados de caos, quiebre y posterior reconstrucción. Cada obra responde a un momento distinto, a una etapa emocional concreta, lo que convierte a la serie en un registro casi cronológico de un proceso personal.
“En la época donde yo hice esto realmente estaba en una situación de caos... después hice otro donde ya sentía un poco más de calma... necesitaba expresar, que salga", explica Sonia.
Durante la exposición, la respuesta del público superó las expectativas de la artista. Lejos de generar rechazo, las obras provocaron identificación. Personas que se detenían frente a los cuadros y encontraban allí algo propio: experiencias, dolores, etapas atravesadas. En más de una ocasión, espectadores se acercaron a compartir brevemente su historia, al reconocerse en esas imágenes.
“Me decían: me llegó mucho tu obra porque yo también pasé por situaciones así... es como si hablara mi subconsciente por medio de esa persona", comenta Orellana. 
Esa devolución confirmó algo que Sonia ya intuía: que el arte, cuando es honesto, genera un diálogo directo con quien mira. Incluso en contextos donde la obra no resulta “amable” o fácilmente decorativa, la potencia expresiva abre un espacio de encuentro. En Visceral, la pintura no busca respuestas, sino conexión.
No fue solo una muestra: fue una declaración de principios. Un momento en el que la artista dejó de producir para otros y comenzó a producir desde sí misma, asumiendo el riesgo de mostrarse sin filtros. A partir de allí, su obra empezó a circular con mayor fuerza, abriendo nuevas puertas y consolidando un camino que, durante años, había permanecido en segundo plano.

VIVIR DEL ARTE
Vivir del arte no es una consigna romántica ni una promesa fácil. Es un trabajo cotidiano que exige adaptación, constancia y, sobre todo, autenticidad. Sonia reafirmó una idea que atraviesa todo su recorrido: del arte se puede vivir, pero no únicamente pintando cuadros. Su trabajo siempre fue amplio y diverso. 
Durante años realizó manualidades, carteleras escolares para maestras, trabajos por encargo y piezas funcionales que le permitieron sostener su práctica artística. Hoy, ese mismo espíritu de adaptación la encuentra ilustrando la portada y el interior de un libro, ampliando su campo de acción sin abandonar su identidad visual.
La versatilidad, en su caso, no implica diluir el estilo. Por el contrario, se trata de trasladar un mismo lenguaje a distintos formatos: pintura, ilustración, diseño. Cambian los soportes, no la mirada. La textura, el trazo, la elección cromática y la búsqueda expresiva siguen presentes, incluso cuando el destino de la obra es otro.
En un contexto donde el arte suele pensarse como un lujo o un hobby, el recorrido de Sonia Orellana da cuenta de otra posibilidad: la del arte como oficio, como trabajo real y como forma de vida. Un camino que no es lineal ni cómodo, pero que se construye a partir de la pasión, la honestidad y la capacidad de reinventarse sin dejar de ser fiel a lo propio.
"Yo creo que de todo lo que realmente te apasiona y te guste hacer, si lo haces con todas las energías y el gusto, todo se puede... poder hacer y vivir de lo que te gusta creo que es la clave de la felicidad", reflexiona.
Además de exponer, comenzó a dictar talleres, primero para niños y luego con la idea de ampliar la propuesta a adultos. Aunque al inicio se sentía insegura, la experiencia resultó positiva, especialmente en el trabajo con infancias, donde destaca la creatividad libre y espontánea.
Hoy, Sonia Orellana produce desde un lugar más consciente y propio. Lejos de los encargos mecánicos y la lógica de serie, apuesta a una obra que dialogue con quien la mira, que incomode, que emocione y que cuente algo más allá de lo visible.

Compartir: