Pero quizás este aniversario permita formular una pregunta algo más incómoda, ¿qué pensaría Sarmiento si pudiera caminar hoy por nuestras calles, entrar a una escuela, conversar con un maestro y observar nuestra realidad cultural?
Probablemente se sorprendería y quizás, después de observar detenidamente, se enojaría. Sarmiento perteneció a un país muy distinto, no existían internet, teléfonos inteligentes, redes sociales ni inteligencia artificial, la escuela era, la puerta de entrada al conocimiento y también una herramienta fundamental para construir ciudadanía.
Hoy tenemos tecnologías que aquel hombre difícilmente habría podido imaginar. Tenemos acceso inmediato a millones de libros, universidades, bibliotecas, investigaciones, idiomas y conocimientos producidos en cualquier lugar del planeta. Y, sin embargo, seguimos discutiendo algo mucho más elemental, si nuestros chicos están aprendiendo lo que necesitan aprender.
Tal vez Sarmiento preguntaría cuántos alumnos terminan la escuela comprendiendo correctamente un texto, preguntaría cuántos pueden escribir con claridad, cuántos dominan las operaciones matemáticas elementales, cuántos conocen la historia de su propio país y seguramente preguntaría algo que podría resultar todavía más incómodo: ¿qué lugar ocupa hoy el esfuerzo dentro de nuestra cultura educativa?
Porque Sarmiento podía tener defectos, contradicciones y posiciones propias de su época. Los tuvo, como todos los grandes protagonistas de nuestra historia, pero jamás confundió educación con entretenimiento. Para él, educar significaba transformar y ello implicaba esfuerzo. Quizás tampoco comprendería del todo una sociedad en la que muchas veces se pretende eliminar cualquier frustración del proceso educativo.
Una sociedad donde aprobar parece, en determinadas circunstancias, más importante que aprender; donde la exigencia puede ser confundida con autoritarismo y donde señalar que un alumno no alcanzó los conocimientos necesarios puede convertirse en un problema antes que en una oportunidad para corregirlo.
Tal vez Sarmiento observaría nuestras estadísticas educativas y preguntaría, con aquella incomodidad que lo caracterizaba, quién decidió que bajar las exigencias era una forma de inclusión. Porque incluir no debería significar enseñar menos, debería significar darle más herramientas al que tiene menos.
También recorrería nuestras bibliotecas o quizá preguntaría primero dónde están. Encontraría una sociedad que consume enormes cantidades de información pero que, paradójicamente, parece tener cada vez mayores dificultades para distinguir información de conocimiento, opinión de argumento, propaganda de verdad y entretenimiento de cultura.
Y probablemente descubriría algo que le resultaría desconcertante, hemos conseguido democratizar extraordinariamente el acceso a la información y, al mismo tiempo, hemos debilitado en muchos sectores el hábito de leer, estudiar y pensar.
Quizás entonces miraría al maestro y allí probablemente encontraría una contradicción todavía mayor. Porque seguimos diciendo que el docente es fundamental, pero muchas veces lo dejamos solo frente a problemas que exceden ampliamente la enseñanza. Le exigimos que eduque, contenga, alimente, incluya, resuelva conflictos familiares, compense desigualdades sociales y, finalmente, enseñe.
Y después nos sorprendemos cuando la educación no funciona. Tal vez Sarmiento recordaría que una nación no construye su futuro solamente inaugurando edificios escolares, lo construye formando maestros y alumnos, ciudadanos y una cultura que valore el conocimiento.
Puede discutirse a Sarmiento, cuestionar sus ideas, sus métodos, sus contradicciones y hasta algunos de sus sueños, pero resulta mucho más difícil discutir una de sus convicciones fundamentales, sin educación no hay verdadero progreso.