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Los meses de calor y la pérdida de rutinas disparan los primeros diagnósticos de trastornos alimentarios en jóvenes. Por qué la neurobiología explica que no es una cuestión de voluntad, sino una patología compleja que requiere detección temprana.
El verano suele presentarse como una pausa. El cierre del año escolar, las vacaciones, el sol, la ropa liviana y una aparente sensación de libertad marcan el inicio de una etapa asociada al disfrute1. Sin embargo, para el sistema de salud mental, los meses de calor encienden una alerta: es durante el verano cuando se registran más primeros episodios de trastornos de la conducta alimentaria (TCA), especialmente en adolescentes y jóvenes. No se trata solo de recaídas o descompensaciones en personas ya diagnosticadas.
Clínicas, hospitales y consultorios advierten que, año tras año, el verano concentra nuevas consultas de pacientes que nunca habían sido tratados por un TCA, pero que comienzan a manifestar conductas restrictivas, obsesión con el peso, atracones o purgas. Distintas instituciones especializadas coinciden en que una parte considerable de los primeros diagnósticos de anorexia, bulimia y conductas alimentarias de riesgo se detectan durante o justo después del verano.
La combinación de exposición corporal, presión estética y cambios abruptos en la rutina crea un escenario propicio para que aparezcan los primeros síntomas. Durante esta etapa, el cuerpo se vuelve visible y evaluado: la ropa deja más piel al descubierto, las comparaciones se intensifican y las redes sociales refuerzan ideales corporales asociados al éxito, la felicidad y la aceptación social. Para muchas personas, en especial adolescentes, este contexto puede detonar una primera decisión restrictiva: “comer menos”, “cuidarse”, “bajar unos kilos para el verano”.
Lo que empieza como una conducta socialmente validada puede transformarse, progresivamente, en un trastorno. Profesionales de la salud advierten que muchos TCA no comienzan con un rechazo explícito a la comida, sino con intentos de adaptación a un mandato estético estacional. El problema es que, en personas vulnerables, esa conducta inicial se vuelve rígida, obsesiva y cada vez más difícil de controlar.
ADOLESCENTES Y JÓVENES: LA POBLACIÓN MÁS EXPUESTA
El inicio del verano coincide con una etapa particularmente sensible del desarrollo: la adolescencia. El fin del ciclo escolar, los cambios corporales propios de la edad y la búsqueda de pertenencia social conforman un terreno fértil para la aparición de TCA. Durante las vacaciones, se pierde la estructura diaria que ofrecen la escuela y otras actividades formales. Los horarios se desordenan, las comidas se vuelven irregulares y aumenta el tiempo libre, muchas veces atravesado por pantallas y redes sociales. En ese contexto, los pensamientos sobre el cuerpo y la alimentación encuentran más espacio para instalarse. Según observaciones clínicas, una parte significativa de los diagnósticos de anorexia y bulimia se realizan por primera vez después del verano, cuando las familias advierten cambios abruptos: descenso de peso, aislamiento, irritabilidad, negación de comidas o conductas compensatorias.
El verano también instala un discurso social que naturaliza el control extremo del cuerpo18. Frases como “hay que cuidarse”, “en verano se come liviano” o “hay que llegar bien a la playa” circulan con fuerza y rara vez son cuestionadas. En muchos casos, los primeros síntomas de un TCA pasan inadvertidos porque se confunden con hábitos saludables. Esta normalización dificulta la detección temprana. Padres, docentes y entornos cercanos pueden tardar en identificar que una conducta aparentemente inofensiva se está convirtiendo en un problema de salud mental. Cuando la consulta llega, el trastorno ya suele estar instalado.
EL "SECUESTRO" DEL CEREBRO: LA NEUROBIOLOGÍA DEL TCA
Para entender por qué un TCA es tan difícil de revertir, hay que mirar más allá de la conducta y observar el cerebro. No se trata de falta de voluntad, sino de una alteración en los circuitos de recompensa y control.
• Alteración de los neurotransmisores: En estados de restricción alimentaria, niveles de neurotransmisores como la serotonina (que regula el ánimo) y la dopamina (vinculada al placer) se desequilibran.
• Ciclo adictivo: En personas vulnerables, el cerebro empieza a encontrar una "recompensa" química en el hambre o en el cumplimiento de reglas rígidas, creando un ciclo adictivo de difícil salida.
• La trampa de la restricción: Cuando el cuerpo entra en desnutrición, el cerebro activa mecanismos de supervivencia que aumentan la rigidez cognitiva.
• Obsesión circular: Esto significa que el pensamiento se vuelve obsesivo y circular, centrándose exclusivamente en la comida y el peso, lo que explica por qué los pacientes no pueden "simplemente parar" aunque deseen hacerlo.
• Falla en el procesamiento de señales: Los TCA afectan la ínsula, una región cerebral clave para la intercepción (la capacidad de sentir el propio cuerpo).
• Dificultad interpretativa: Esto genera que la persona no pueda interpretar correctamente las señales de hambre, saciedad o incluso el cansancio físico, distorsionando por completo la percepción de sus necesidades vitales.
• Consecuencias a largo plazo: Sin un tratamiento temprano, estas alteraciones pueden afectar la plasticidad cerebral, consolidando patrones de conducta que impactan en la salud integral y el desarrollo emocional de jóvenes y adolescentes.
MÁS QUE UNA CUESTIÓN ESTÉTICA
Los trastornos de la conducta alimentaria no responden únicamente al deseo de adelgazar. Son enfermedades de salud mental complejas que afectan la relación de una persona con la comida, el cuerpo y la imagen corporal. El verano no es la causa, pero sí un contexto que expone y acelera procesos internos preexistentes. Entre los más frecuentes se encuentran la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón, aunque existen otras formas menos visibles. Estos trastornos involucran pensamientos obsesivos, miedo intenso a subir de peso y una autoevaluación basada casi exclusivamente en la apariencia física.
Sus consecuencias físicas pueden ser severas, incluyendo desnutrición, debilidad extrema, alteraciones hormonales, problemas cardiovasculares, digestivos y metabólicos. En el plano emocional, los TCA suelen ir acompañados de ansiedad, depresión, culpa, irritabilidad y aislamiento social, afectando la autoestima, los vínculos y la vida cotidiana. Sin tratamiento adecuado, pueden volverse crónicos y poner en riesgo la salud integral e incluso la vida de quienes los padecen. Por ello, cuanto antes se interviene, mayores son las posibilidades de recuperación.
LA IMPORTANCIA DE LA DETECCIÓN TEMPRANA
Lo que ocurre con los TCA en verano no es un mero efecto de estación, sino un reflejo de cómo las presiones culturales sobre la apariencia pueden desencadenar conductas muy dañinas que de otro modo habrían permanecido latentes. Este patrón de inicio estacional subraya la importancia de la vigilancia temprana y la educación sobre la imagen corporal en los entornos familiares. Especialistas recomiendan prestar atención a señales como: cambios bruscos en la forma de comer, evitación sistemática de comidas o reuniones sociales, comentarios recurrentes sobre el cuerpo o el peso, aumento excesivo de la actividad física y alteraciones del estado de ánimo.
La recuperación de un trastorno de la conducta alimentaria suele ser un proceso largo, complejo y no lineal. No implica únicamente “volver a comer”, sino reconstruir una relación dañada con el cuerpo, la comida y las emociones. A lo largo del tratamiento pueden aparecer avances y retrocesos, recaídas y resistencia al cambio, especialmente cuando se modifican conductas que funcionaron como formas de control.
Además, requiere un abordaje integral que incluya acompañamiento psicológico, nutricional y médico, así como un entorno comprensivo que evite juicios. Sin apoyo sostenido, muchas personas enfrentan procesos prolongados que impactan en su vida social y emocional.
Hablar de TCA en verano implica correr el foco del ideal de disfrute y reconocer que esta estación puede marcar el inicio de una enfermedad silenciosa. Visibilizar estos casos no busca generar alarma, sino promover una mirada más responsable sobre los mensajes que circulan en esta época. Repensar el vínculo con el cuerpo, la comida y el descanso es también una forma de prevención. Porque mientras el verano avanza entre promesas de felicidad, hay quienes comienzan una lucha interna que deja huellas profundas. Nombrarla es el primer paso para evitar que se profundice en silencio.