29 de agosto, 2025
Pienso, luego existo

Cada 26 de agosto, el calendario argentino se tiñe de una luz especial. No es una fecha más: es el Día Nacional de la Solidaridad, instituido en honor a una mujer pequeña de estatura, pero inmensa en espíritu.

Sí, la Madre Teresa de Calcuta -nacida en 1910 en Albania, y convertida en símbolo mundial del amor desinteresado- dedicó su vida entera a los más pobres entre los pobres, y dejó una huella imborrable en los rincones más olvidados de la humanidad.

Su vida fue un acto de entrega. Sin flashes, sin discursos grandilocuentes, sin esperas.

Donde había dolor, ella estaba. Donde el abandono parecía definitivo, aparecía su ternura.

Fundadora de las Misioneras de la Caridad, trabajó incansablemente en los barrios marginales de Calcuta, pero su mensaje trascendió fronteras, credos y lenguas: “Que nadie se acerque jamás a ti sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz.”

Esa es la esencia de la solidaridad: el acto humilde de estar para el otro. De mirar al que sufre sin bajar la vista. De entender que la empatía no es una opción, sino un camino hacia un mundo más justo.

En tiempos donde el individualismo parece ganar terreno, este día invita a detenernos, a preguntarnos cómo estamos tejiendo nuestras relaciones, si realmente tendemos puentes o si estamos levantando muros.

La Madre Teresa decía que no todos podemos hacer grandes cosas, pero sí pequeñas cosas con gran amor.

Esa es la invitación que nos deja su legado. Ser solidarios no requiere heroicidades: alcanza con una escucha atenta, un gesto amable, una mano extendida en medio de la tormenta.

En sintonía con esta fecha nacional, el 20 de diciembre, el mundo conmemora el Día Internacional de la Solidaridad Humana, establecido por la ONU en 2005.

Ambas fechas se abrazan en un mensaje común: nuestra humanidad se fortalece cuando nadie queda atrás.

Hoy, más que nunca, recordar a la Madre Teresa es recordarnos a nosotros mismos.

Es volver a mirar con ternura, a comprometernos con el otro, a hacer del amor una forma de militancia cotidiana.

En cada acto solidario, grande o pequeño, ella vuelve a vivir. Y con ella, también, lo mejor de nosotros.

 

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