La política argentina atraviesa una encrucijada compleja donde el empecinamiento de Cristina Kirchner en mantenerse en el poder y la obstinación de sus seguidores más cercanos han devenido en un tema recurrente.
A lo largo de los últimos años, la ex presidenta ha logrado mantenerse en el centro de la escena, resistiéndose a dar un paso al costado, a pesar de las condenas judiciales que pesan sobre ella, el desgaste de su figura pública y la necesidad de renovación política que exige el país.
Desde su aparición en la política argentina, Cristina Kirchner ha demostrado un control casi absoluto sobre el espacio que lidera, pero también ha alimentado un culto de seguidores que, a través de La Cámpora y otros sectores afines, la mantienen como la figura central, sin posibilidad de sustitución.
La militancia, joven y apasionada, se ha entregado por completo a su causa, sin cuestionar las pruebas en su contra ni las investigaciones, procesamientos y condenas que han sido dictadas por tribunales independientes.
De hecho, su negativa a reconocer que ha sido investigada por supuestos ilícitos de forma transparente y que no es una "perseguida política" se ha convertido en uno de los pilares de su discurso.
La narrativa de victimización ha sido tan efectiva que, incluso ante la evidencia de fallos judiciales legítimos, sus seguidores insisten en que todo es parte de una estrategia persecutoria.
La cuestión que nos planteamos mezcla incredulidad con la inquietante duda de una persistencia problemática: ¿por qué la ex presidenta sigue siendo la única figura capaz de consolidar una estructura política tan sólida, incluso frente a los escándalos y los procesos judiciales que la han marcado?
Es aquí donde surge una de las preguntas clave para entender la situación actual del kirchnerismo: ¿por qué, después de tantos años, no ha logrado generar un sucesor que tome las riendas del espacio?
El kirchnerismo ha vivido una sucesión de figuras que han sido absorbidos por la figura de Cristina, y pese a los intentos de algunos miembros de su gabinete de ocupar cargos importantes o presentarse como alternativas, ninguno ha logrado imponerse como el verdadero relevo.
Daniel Scioli, Axel Kicillof, Wado de Pedro, Aníbal Fernández, su propio hijo, entre otros, son figuras que han tenido protagonismo, pero siempre bajo la sombra del liderazgo de la ex presidenta.
Esta falta de renovación es una de las contradicciones más evidentes del proyecto kirchnerista. Por un lado, se habla de una causa política y social, de una renovación, que la juventud gracias a ellos ha vuelto a creer en la política y participar activamente, pero, por otro, no parece haber un espacio real para que surjan nuevos liderazgos.
En el análisis político de estos últimos años, se plantea otra cuestión aún más profunda: ¿por qué se sigue blindando a personas cuya reputación está irremediablemente manchada por la corrupción?
Los escándalos que se han sucedido a lo largo de los años, desde las investigaciones por el caso de los cuadernos hasta las causas vinculadas con la obra pública, no parecen haber mermado el apoyo de los sectores más acérrimos de La Cámpora.
Estos seguidores no solo defienden a Cristina Kirchner como líder, sino también a quienes la rodean, incluso cuando las pruebas parecen aplastantes, indubitables, que no pueden ser contrastadas bajo ningún punto de vista porque los pesos de las mismas concluyen en una sola dirección, la comisión de ilícitos. Entonces nos debemos preguntar ¿cómo puede explicarse la ceguera política y la tozudez para proteger a figuras comprometidas en hechos de corrupción?
La falta de autocrítica y la nula capacidad de generar un debate interno en el espacio kirchnerista dejan claro que el blindaje no es solo para la figura de Cristina, sino también para un sistema político que, por años, ha estado estructurado bajo el signo de la impunidad y la lealtad inquebrantable.
En este contexto, surge otra pregunta que alimenta la preocupación: ¿hasta qué punto este empecinamiento en mantener el poder a toda costa no está contribuyendo a que se perpetúe una crisis política y económica que ya no tiene retorno?
Es difícil comprender cómo un espacio tan poderoso, con tantas bases sociales, se ha cerrado tanto en sí mismo, aferrándose a una figura que ya no es capaz de generar consensos amplios, donde mantiene una base sólida, pero que solo implica una primera minoría y encapsulada en el conurbano, con un rechazo casi masivo en todo el país y en sectores de la clase media.
Al mismo tiempo, no parece haber un horizonte de alternativas dentro del kirchnerismo, lo que genera una paradoja política difícil de resolver.
Hace pocos días aparecieron afiches que dan cuenta de la disputa entre ella y su ahijado político, Axel Kicillof. Desde las filas del gobernador bonaerense se salió a publicitar que este es el futuro, ni lerda ni perezosa Cristina y sus acólitos le salieron a responder con una andanada de afiches que plantean que ella es el “presente”. Entonces, para qué lo querrían a Kicillof si él es el futuro.
Mientras la figura de Cristina Kirchner continúa acaparando la atención de los medios, la sociedad comienza a preguntarse si realmente existe un plan a largo plazo para el país o si el proyecto político del kirchnerismo se ha reducido a una lucha de poder personal, donde el egocentrismo acérrimo de ella eclipsa toda posibilidad de una sucesión ordenada y necesaria de cuadros políticos jóvenes.
Es probable que el tiempo se encargue de demostrar si el empecinamiento de la ex presidenta y su círculo cercano logrará mantenerse en pie frente a un contexto cada vez más adverso.
Sin embargo, la historia de la política argentina demuestra que, más allá de las figuras y las coyunturas, el país necesita renovarse constantemente.
Pero nada nos puede asombrar, porque desde el otro campamento político también se observan las mismas tensiones y posturas.
Mauricio Macri, desde su salida de la presidencia, ha mantenido una postura firme en no ceder terreno dentro de la conducción del PRO, su partido fundado en 2005.
A pesar de las críticas internas y los desafíos que enfrenta la coalición opositora, Macri sigue actuando como una figura clave y central, marcando la pauta en el rumbo estratégico del PRO.
Su insistencia en mantener el liderazgo del espacio refleja una postura de control, donde se resiste a ceder protagonismo a otras figuras dentro del partido.
Este aferrarse al poder, a menudo interpretado como caprichoso, también se extiende a su visión sobre una posible alianza con Javier Milei, con quien comparte algunas coincidencias ideológicas, pero, al mismo tiempo, se enfrenta a tensiones por la independencia de cada uno.
Macri parece dispuesto a liderar una coalición con Milei, sin dar espacio a una negociación más flexible que incluya una mayor autonomía para otras fuerzas dentro de la coalición opositora.
Esto ha generado fricciones dentro del PRO y de la oposición, quienes cuestionan su capacidad para impulsar una verdadera renovación política si no logra dar paso a nuevos liderazgos.
Ahora, con las listas para las próximas elecciones en la ciudad de Buenos Aires, que eligen legisladores, se observa esta disputa casi antropofágica, se comen entre ellos: una lista con un radical converso como Leandro Santoro que junto a sectores que representan a Grabois, la Cámpora y cualquier cosa menos al peronismo tradicional.
Pero no están solos, se enfrentan a un Adorni en nombre de la Libertad Avanza y el propio presidente, aunque le aparece un Marra empoderado en las encuestas y un DT que siempre te salva de los descensos, como Caruso por el MID asociado al mileismo, pero también hay lugar para Lospenato. que representa a la familia Macri, pero dejando afuera al pelado Larreta que va por su cuenta.
Como se ve, tras las rencillas y enconos que se esconden detrás de bambalinas entre los popes máximos como Cristina, Mauricio y Javier, públicamente lo que se ofrece es una diáspora absoluta, donde al fin de cuentas no se sabe quién podrá salir airoso.
Lo cierto es que, si la lógica imperara y el diálogo fructifica, Macri y Milei deberían ceder posiciones y unirse porque ambos tienen un mismo objetivo y un mismo opositor.
De igual manera, la oposición podría ser más coherente y sumar y no restar, la ciudad de Buenos Aires, nunca conjugó con el peronismo pero mucho menos con el kirchnerismo, en vez de aglutinar a sectores hoy dispersos se vuelve a encerrar en su ombliguismo ideológico.
Por lo que vemos, tanto Cristina como Mauricio se consideran como “imprescindibles” y, ya lo dice el viejo refrán: el cementerio está lleno de personas que se creían imprescindibles, y ahora a ellos, pareciera que se suman Javier y su alter ego, the boss, Karina.
En ellos se mezcla la perpetuación como una manera política de la inmortalidad. Ya lo decía el genial Arthur Schonpenhauer: “Desear la inmortalidad es desear la perpetuación de un gran error”. Y estos líderes persisten en su tozudez de mantenerse al frente del poder, cuando la sociedad ya les picó los boletos, por lo menos a los ex presidentes, y al actual le van contando las costillas.
El gran interrogante es si el kirchnerismo y el Macrismo, que en su momento representaron una esperanza para muchos, podrán trascender su propia crisis interna y construir una propuesta más madura y sostenible. O si, por el contrario, se verán atrapados en una dinámica de perpetuación del poder, donde la falta de autocrítica seguirá siendo la piedra de tope para su futuro.