Nacida de la madera, la calabaza y la memoria, la sachaguitarra cumplirán 55 años este 2026. Sin Elpidio Herrera, pero con su espíritu intacto, el instrumento continúa su viaje de la mano de su hijo Manolo. Un repaso por la vida del insturmento identitario de Villa Atamishqui.
Villa Atamisqui no figura en los mapas del ruido. No tiene avenidas apuradas ni bocinas constantes. Tiene, en cambio, una música que se aprende escuchando: el crujir del monte, el viento sobre la tierra seca, las voces que vuelven. De allí, de ese territorio donde el tiempo parece moverse a otro ritmo, nació hace 55 años un instrumento que no pidió permiso para existir. La sachaguitarra no fue inventada: fue revelada.
En julio, ese sonido cumplirá 55 años. Lo celebrará sin la presencia física de su creador, Elpidio Herrera, fallecido en 2019, pero con su huella repartida en cada rincón del pueblo. En la casa, en el museo, en el patio, en las manos de su hijo Manolo, la sachaguitarra sigue diciendo lo mismo de siempre: que hay músicas que nacen del monte y no se callan nunca.
Elpidio Herrera escuchó antes de construir. Antes de la sachaguitarra existió la caspiguitarra, esa forma primitiva de arrancarle sonido a la madera, como hacían los antiguos campesinos. Una tabla, cuerdas atadas, un gesto mínimo y una necesidad enorme. Aquella primera versión tenía un mástil, trastes, cuatro cuerdas y ningún cuerpo que amplificara el sonido. Pero tenía intención. Después vino la calabaza, grande, redonda, convertida en caja de resonancia. Llegaron el clavijero, las cuerdas metálicas, una quinta cuerda más grave. Así nació la sachaguitarra: un instrumento que no se parecía a ninguno y, al mismo tiempo, parecía haber estado siempre ahí.
La consagración fue lenta, paciente, casi artesanal. Escenario tras escenario, la sachaguitarra fue encontrando oídos atentos. El apoyo de artistas como León Gieco fue decisivo para que ese sonido cruzara fronteras. Antes, Leo Dan —otro hijo de Atamisqui— ya había llevado el nombre del pueblo lejos. La sachaguitarra continuó ese camino desde un lugar más íntimo, más terroso.
Con el tiempo, Elpidio y su hijo Manolo crearon una nueva versión: la Sachaguitarra X10. Dos cuerdas primas, una muy grave y otra extremadamente aguda, tocadas con un arco de doble cerda. Fue Sixto Palavecino quien sugirió el nombre definitivo: sachaguitarra, guitarra del monte. El nombre quedó como quedan las cosas verdaderas.

LA HERENCIA
Manolo Herrera habla con la calma de quien sabe que el tiempo no se apura. Creció entre guitarras, fiestas, silencios y viajes. Elpidio no fue solo su padre: fue su compañero de ruta. Hoy, Manolo es quien sostiene el legado, con la nostalgia justa y la mirada puesta hacia adelante.
Cuando se le pregunta si Elpidio imaginaba festejar los 50 años de la sachaguitarra, la voz se le quiebra. Recuerda el último cumpleaños celebrado juntos, el número 48. Una amiga alemana que llegó tarde a la fiesta prometió volver para los 50. Elpidio, con una certeza que hoy estremece, respondió: “Cuando cumpla 50 años, yo ya no estaré”. No era tristeza. Era intuición.
Las cinco décadas de la sachaguitarra no fueron un camino recto. Hubo alegrías y dificultades, escenarios grandes y otros pequeños. Pero en ese andar se construyó un estilo propio, con condimentos únicos y raíces firmes. “Se me nublan los ojos cuando recuerdo”, dice Manolo en charla con LA COLUMNA. “Pero nunca dejamos de respetar lo que somos”.
Manolo debutó en el grupo siendo apenas un adolescente. Tenía 17 años cuando subió por primera vez al escenario, aunque desde mucho antes ya caminaba detrás del grupo. Su recuerdo está marcado por una siesta del Mundial Italia 90. Argentina perdía con Camerún. Estaban en Córdoba. Esa noche tocaban. En la peña se presentaban Jaime Torres, Los Manseros Santiagueños, Jacinto Piedra y Elpidio Herrera con Las Sachaguitarras. Ahí empezó su historia pública.
El vínculo con artistas nacionales fue clave. León Gieco aparece como una figura central, no solo por el impulso que le dio al instrumento, sino por el contacto que aún hoy se mantiene para homenajear a Elpidio. La sachaguitarra encontró allí otro puente hacia el mundo.
Hoy, Las Sachaguitarras siguen siendo familia. Manolo comparte escenario con su hijo y con su hermano. Para la fiesta, se suma toda la parentela. La música, en Atamisqui, no se hereda: se vive.
“Mi viejo decía que todo llega a largo plazo”, repite Manolo a LA COLUMNA. “Ahora entiendo. La sachaguitarra es la estampita de un pueblo llamado Atamisqui. Ojalá algún día sea también de toda la provincia”.
El sonido no se explica del todo. Está entre la guitarra y el violín, pero no es ninguno de los dos. Es un sonido propio. Se reconoce solo. Como la voz de alguien querido.
El RITUAL
La fiesta de la sachaguitarra nació en 2006, impulsada por el propio Elpidio. Fue al lanzar un disco con canciones de su repertorio, pensado como puntapié para celebrar 35 años de camino. De ese gesto también surgió el museo que hoy guarda cada instrumento creado por sus manos.
Las primeras celebraciones duraron un solo día. Después, el pueblo quedó chico. Llegaron visitantes de Buenos Aires, Rosario, Mendoza, Salta, Córdoba. La fiesta se extendió a dos jornadas y se hizo coincidir con los festejos de Santiago Capital.
El “Patio de los Encuentros”, ubicado entre la casa de Elpidio y el museo, se convirtió en el corazón de todo. Por allí pasaron academias, bailarines, músicos emergentes y artistas consagrados: Dúo Coplanacu, Néstor Garnica, Horacio Banegas, Edith Corpos, Ñaupa Cunan, Los Coyuyos Atamishqueños, Mullieris, Mosoj Ñaupa, Kalama, Juan Saavedra, Mario Álvarez Quiroga, Bruno Arias, entre otros.
El nombre del patio fue idea de Adriana Chazarreta, esposa de Manolo. Resume lo que ocurre allí: el regreso de quienes se fueron, el abrazo postergado, el tiempo suspendido.
EL HOMBRE
Elpidio Herrera nació el 23 de diciembre de 1948, y falleció el 30 de mayo de 2019, a los 71 años. Creció entre músicos. De niño tocó la armónica y la guitarra. Aprendió el oficio de la madera de su padre, guitarrero y orfebre. Estudió en La Banda, se recibió de docente en Física y Matemática y ejerció durante un tiempo. Hincha de Chacarita Juniors, poco afecto al fútbol, amante del cabrito.
Creó la sachaguitarra para que su pueblo tuviera voz. Integró grupos, fue solista, grabó con León Gieco, participó de proyectos emblemáticos como De Ushuaia a La Quiaca y Semillas del Corazón, compartió escenarios con Sixto Palavecino y Divididos, viajó a Alemania. En 2007 inauguró el museo. En 2012, Buenos Aires lo homenajeó con su propio festival.
Elpidio no está. Pero su música sigue. Como el monte después de la lluvia. Como el sonido que, una vez nacido, ya no se puede callar.