19 de marzo, 2026
Espectáculos

El grupo vocal femenino Soles y Lunas celebró dos décadas de trayectoria con un espectáculo especial realizado el 13 de marzo en el Centro Cultural del Bicentenario. El concierto recorrió la historia del conjunto nacido en 2006, cuando once cantoras santiagueñas se reunieron para homenajear a las mujeres de la música local. Con el paso del tiempo, el proyecto se consolidó como uno de los espacios colectivos más representativos de la escena folclórica femenina de la provincia.

La historia de Soles y Lunas había comenzado casi sin proponérselo, como suelen nacer algunos de los proyectos culturales más persistentes. Corría el año 2006 y un grupo de mujeres vinculadas al canto popular santiagueño se reunió para preparar una presentación especial por el Día Internacional de la Mujer. La propuesta buscaba rendir homenaje a las cantoras de la provincia, reunir generaciones distintas y compartir un escenario donde la voz femenina fuera protagonista.

Aquellos primeros ensayos se realizaron en la casa de Elsita Corvalán. Las reuniones, al principio informales, reunieron a cantoras de diferentes edades, trayectorias y estilos. Nadie pensó entonces que ese encuentro inicial terminaría convirtiéndose en un proyecto artístico que atravesaría dos décadas de trabajo, escenarios y transformaciones.

Patricia “Pato” Herrera recordó que aquellas jornadas marcaron el punto de partida de un camino inesperado. Las mujeres se juntaban a cantar, a compartir repertorio y a buscar una identidad colectiva. Con el correr de los ensayos, el grupo fue tomando forma y comenzó a gestarse una propuesta musical que combinaba el respeto por la tradición folclórica con la fuerza de un ensamble vocal poco frecuente en la escena local.

El primer gran paso llegó con la presentación de un espectáculo titulado Noche de Lunas, realizado en el Teatro 25 de Mayo. Aquella puesta en escena no sólo significó la primera aparición pública del proyecto, sino también el momento en que el grupo encontró su nombre definitivo. Según recordaban las integrantes, fue el propio público el que empezó a sugerir distintas denominaciones hasta que finalmente quedó el que las acompañaría durante los años siguientes: Soles y Lunas.

Desde entonces, el nombre comenzó a circular en festivales, peñas y encuentros culturales de la provincia. Con el tiempo, muchos espectadores también empezaron a referirse al conjunto con un apodo afectuoso: “Las Soles”.

Lo que en un principio fue un homenaje ocasional se transformó progresivamente en una experiencia artística sostenida. Ninguna de las integrantes imaginó que el proyecto alcanzaría dos décadas de continuidad.

Herrera recordó que el paso del tiempo sorprendió incluso a quienes formaron parte del proceso desde el comienzo. Mirar hacia atrás y dimensionar veinte años de trabajo colectivo resultó una experiencia tan inesperada como emocionante.

Daniela Anríquez compartió esa misma sensación. Cuando el grupo comenzó, explicó, la motivación principal era cantar y disfrutar del encuentro artístico. El proyecto fue creciendo con el tiempo, impulsado por la pasión de sus integrantes y por la respuesta del público que acompañó cada presentación.

Durante los primeros años, Soles y Lunas estuvo integrado por once mujeres. Aquella formación numerosa reflejaba la diversidad del movimiento de cantoras que existía en Santiago del Estero. Sin embargo, como ocurre en muchos proyectos colectivos, el paso del tiempo fue generando cambios.

Algunas integrantes se alejaron por razones personales, laborales o familiares. Cada salida obligó al grupo a replantear su continuidad. Daniela Anríquez recordó que esos momentos solían convertirse en instancias de reflexión interna.

Cada vez que una compañera dejaba el proyecto, las integrantes restantes se preguntaban si debían continuar. En más de una ocasión, el grupo estuvo frente a la posibilidad de disolverse. Sin embargo, cada ensayo terminaba funcionando como un nuevo comienzo. La música volvía a reunirlas y reforzaba la decisión de seguir adelante.

Con los años, el conjunto se fue reduciendo hasta consolidarse en la formación actual de cuatro integrantes. Esa transformación no significó una pérdida de identidad, sino más bien una nueva etapa en la evolución del grupo.

Las integrantes coincidieron en que la clave de la permanencia estuvo en la convivencia humana tanto como en el trabajo artístico. La posibilidad de debatir ideas, respetar opiniones y construir acuerdos fue fundamental para sostener el proyecto durante tanto tiempo.

El escenario también fue un espacio de encuentro que fortaleció los vínculos. Cada actuación reafirmó el sentido colectivo del grupo y consolidó una forma de trabajo basada en la colaboración y el respeto.

Tere Pereyra destacó que el paso del tiempo permitió que las integrantes se conocieran no sólo desde lo vocal, sino también desde lo personal. Ese conocimiento mutuo facilitó la dinámica del grupo y ayudó a construir una relación basada en la solidaridad y la comprensión.

En paralelo con el crecimiento artístico, Soles y Lunas también atravesó un proceso que reflejó una realidad más amplia dentro del folclore argentino: el desafío de abrir espacios para las mujeres dentro de un ámbito históricamente dominado por varones.

A lo largo de estas dos décadas, el grupo buscó consolidar su presencia en escenarios donde la participación femenina no siempre había sido habitual. Las integrantes reconocieron que conseguir oportunidades no siempre resultó sencillo.

Patricia Herrera señaló que, a pesar de que la mirada sobre la participación de las mujeres en la música fue cambiando con los años, el camino para ocupar un lugar en los festivales y circuitos folclóricos continuó siendo exigente.

A esa dificultad se sumó otro desafío frecuente en la trayectoria de muchas artistas: el equilibrio entre la actividad musical y las múltiples responsabilidades que forman parte de la vida cotidiana.

Daniela Anríquez explicó que las mujeres que integraban el grupo también desarrollaban otros roles como madres, hijas, docentes o trabajadoras. Sostener una carrera artística en ese contexto implicó un esfuerzo constante, aunque el respaldo familiar fue un factor decisivo para que el proyecto pudiera mantenerse en el tiempo.

A pesar de las dificultades, Soles y Lunas logró construir un recorrido propio dentro de la escena cultural santiagueña. Sus presentaciones se caracterizaron por un repertorio que rescató clásicos del cancionero folclórico y también incluyó composiciones que reflejaban la identidad regional.

El grupo entendió desde el principio que el folclore no era únicamente una expresión artística, sino también una forma de transmitir memoria, identidad y pertenencia.

Las integrantes coincidieron en que la música de raíz continuó dialogando con nuevas generaciones. Para ellas, el interés de los jóvenes por redescubrir el folclore fue una señal alentadora para el futuro del género.

Anríquez señaló que las raíces culturales funcionaban como una brújula para los pueblos. Sin ese vínculo con la tradición, explicó, las comunidades corrían el riesgo de perder una parte esencial de su identidad.

Roxana Alieno compartió una mirada similar. A su entender, el folclore siempre encontró la manera de renovarse y de acercarse a nuevos públicos sin perder su esencia.

Esa idea estuvo presente también en el espectáculo con el que Soles y Lunas celebró sus veinte años de trayectoria. El concierto realizado el viernes 13 de marzo en el Centro Cultural del Bicentenario propuso un recorrido musical y emocional por la historia del grupo.

 

Momento de emociones

La presentación repasó momentos significativos del camino recorrido desde aquellos primeros ensayos de 2006 hasta la actualidad. Canciones que marcaron distintas etapas del conjunto volvieron a sonar ante el público como una forma de reconstruir la memoria compartida.

El espectáculo funcionó al mismo tiempo como una celebración y como un gesto de gratitud hacia quienes acompañaron al grupo a lo largo de los años. Familiares, amigos y seguidores formaron parte de una audiencia que reconoció en esas voces una expresión genuina de la cultura santiagueña.

Para las integrantes, el aniversario no representó únicamente una marca temporal. También simbolizó la confirmación de que un proyecto nacido de manera espontánea había logrado sostenerse gracias al compromiso colectivo, la pasión por la música y la convicción de que el canto podía convertirse en un espacio de encuentro.

A veinte años de aquel primer ensayo en una casa familiar, Soles y Lunas miró su historia con sorpresa y emoción. El camino recorrido demostró que, cuando las voces se unen alrededor de una misma raíz, la música puede atravesar el tiempo y transformarse en memoria viva de una comunidad.

 

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